ENTRE LAS PIERNAS

El vapor de agua lamía los azulejos dejando húmedas estelas en forma de lágrimas. Yo estaba teniendo uno de esos momentos raros que me dan, en los que mi cabeza sufre de una extraña hiperactividad, y mi cuerpo no aguanta las concecuencias.

Decidí sentarme en la bañera, y llenarla. Miraba con atención el techo de pintura desconchada. Este techo es una perfecta metáfora sobre mi vida, pensé de repente. Un blanco y desconchado techo.

 

 

La tarde anterior había tenido una agotadora conversación con un nuevo compañero de trabajo. Hablámos de su religión, la musulmana. Me explicaba eso de que todo comedimiento tiene recompensa final; El paraíso.

Yo le miraba en silencio, dejando que acabara de hablar, entristecida ante su pobre argumentación. Mi cerebro funciona de un modo atípico, por eso he tenido tantos problemas con los estudios. Soy de esas personas que como no captures mi atención en los tres primeros segundos de conversación, lo tienes difícil para que retenga lo que me dices, o para que sienta el mínimo interés.

¿Cómo rebatir algo a alguien, que se lo llevan insertando, familia, entorno, colegio toda su vida?, ¿Cómo aprender a pensar por ti mismo, si nunca has tenido en consideración otra visión? Si no te enseña nadie a cuestionarte las cosas, como vas a lograr tu propia opinión.

 

Mira, dije al fin, digamos que soy la opinión más radical que ahora te puedes encontrar. No sólo no creo en Dios, sino que condeno cualquier religión que exponga a la mujer por debajo del hombre, como agitadora o incitadora de malos sentimientos. Sea la religión que sea, repito.

No creo que haya que ocultar el cuerpo de la mujer, todo lo contrario, creo que es algo a celebrar, al igual que el cuerpo del hombre. El desnudo no es una ofensa, es algo hermoso. Carente de maldad o de sexualidad.

No me gusta que una mujer musulmana tenga que cubrir su belleza con la explicación de evitar que el hombre no tenga ¨malos pensamientos¨,  porque amigo, el deseo no es un mal pensamiento, es algo natural. Y las mujeres sentimos exactamente el mismo deseo que un hombre puede sentir cuando conoce o simplemente ve a una mujer que le gusta. El mismo. El deseo no es intrínseco de la genitalidad, va con la persona, hay gente más sexual que otra, y ambas opciones son respetables y válidas.

Desapruebo las restricciónes e imposiciónes, creo que cada uno debemos leer, sentir, escuchar, pensar, viajar, probar y conocer, y sólo así podremos construirnos a nosotros mismos

La vida hay que vivirla en vida, no esperando una promesa post mortem. El pecado es una invención para restarnos libertad, lo único valioso que posee el ser humano.

Se quedó mirándome con una sonrisa en los labios que no acerté a entender y dijo. Y eso que eres rubia.

Me suelo hacer la tonta, es mi secreto. Y ésta es la primera y última vez que tú y yo hablamos de religión, sentencié categórica, ya conocemos nuestras opiniones, así que si quieres ser mi amigo, vamos a dejar éste tema de lado.

Me tendió la mano, me ofreció un chicle, y continuamos hablando de literatura y mascando ruidosamente la goma con sabor a menta.

 

 

La bañera estaba llena, siempre me ha dado una pereza horrible esperar a que el agua me cubra lo suficiente como para poder sumergirme, y me pongo a hacer algo mientras tanto y termino olvidando las ganas que tenía del baño.

Me estiré todo lo que el espacio me permitió, en el insípido útero blanco y respiré hondo. Mi caja torácica se llenó de aire, y se elevó. Pasé mis dedos por mis costillas. Que huesos tan raros y simétricos las costillas, que genialidad musical de la evolución. Darwin decía que el hombre viene del mono, supongo que debemos esperar otros cien años para que alguien averigüe de donde viene la mujer, porque al bueno de Darwin se le llenaba la boca al hablar del hombre, pero de la mujer ni pío.

Mi tórax seguía elevándose con cada inhalación, mi pelvis, descarada también se izaba como si una mano tirase de una invisible cuerda. Ofreciéndose muy bien no se a quién. Podía ver un puñado de vello rubio ondeando como algas en un mar de calma.

Qué ganas tengo de follar, pensé. ¿Cuánto tiempo hace que no follo?, ¿Cuatro meses? Nah, la última vez no cuenta, ni siquiera me corrí. Si no te corres no es sexo, es sólo cardio.

Qué mal estipulado está éste mundo, y creo que se debe a lo mal que folla la gente. Los hombres y los nombro e incluyo a todos, así como una masa genérica, se creen que una mujer se corre con recibir su polla dentro. Cinco empujones y ya. Satisfecha.

Mis pobres camaradas las mujeres, en cambio, a fuerza de tantos siglos de silencio, falsa moral aprendida y represión, preferirían cortarse un brazo, antes de reconocer que se masturban tres veces al día. Que les gusta chupar una polla porque les excita el tener el poder en la boca, al mismo tiempo que humillan la cabeza, se les moja la entrepierna. Decir tranquilamente que cuando tienes la regla te mueres por un buen polvo.

 

¡Es tan agotador educar! Supongo que por eso los profesores de instituto están tan deprimidos.

Sin duda alguna tienen miedo. Los hombres temen los coños. Sí, eso es lo que pasa. Me acaricié los pechos y bajé hasta mis labios.

Mira cielo, esto es un coño. Por aquí nos corremos, damos a luz, meamos, y sangramos las mujeres, y no pasa nada, es natural y hasta poético. No hay nada que temer o repudiar.

Me imaginé a mi misma dando una magistral clase, delante de un tembloroso pupilo.

Éstos son los labios mayores, indicaría con mi índice. Estos delgaditos son los labios menores. La bolita que ves aquí, en éste vértice, es crucial. Se llama clítoris, y es el centro de mi cuerpo, donde tengo infinidad de terminaciones nerviosas. Es el encargado de que viaje a la Luna y regrese. Así que míralo bien, respétalo y quiérelo, porque su poder es ilimitado. Puedes acariciarlo, succionarlo, lamerlo o rozarlo. No te de miedo ni asco, descubrirás nuevas texturas. Te sorprenderá comprobar como aumenta de tamaño con la excitación.

Aquí tienes la entrada de la vagina. Ni más arriba ni más abajo. Aquí. En ese túnel, tu meterás tu pene, y lo moverás hacia dentro y hacia fuera, puedes hacerlo muy lento al principio, y luego muy rápido. Puedes ser delicado o puedes hacerlo más duro, y de las dos maneras me va a gustar. No pongas esa cara, vas a notarlo en todo mi cuerpo. En mi respiración, en mis expresiones faciales, en la humedad y el calor que mi coño te va a ofrecer. Lo tensaré y notarás presión, y te va a gustar.

Cálmate, respira. Yo te guiaré,  te besaré el cuello, rodearé mis pechos con tus manos y te diré que me chupes los pezones mientras me acaricio el clítoris para correrme. Porque no debes olvidarte que la piel es el mayor órgano que tiene el ser humano. Reacciona de manera inmediata a éstímulos que van directamente a nuestro cerebro.

Y cuando me corra, va a ser hermoso. Una divinidad. Mi cuerpo se va a agitar, y yo ya no estaré en él, porque por un momento, estaré muerta cariño. Habré dejado de existir para simplemente sentir. Mi vagina se contraerá y te apretará de un modo que te volverá loco. Tú querrás gemir, gritar, y decirme cosas feas, y te dará miedo que me ofendan, pero no debes controlarte porque en el sexo todo vale siempre que estemos de acuerdo. No hay moral, ni Dios, ni infierno. Es la sarna que te mueres por rascar una y otra y otra vez.

Hay origen y pureza. Hay música y sinceridad. 

Quizá debería ir por los ayuntamientos de España en furgoneta, dando charlas sexuales a grupos de hombres. En el costado del vehículo rezaría un slogan; Aprende a follar con Andrea. El coño es tu amigo.

Me dio tal ataque de risa que me atraganté con la saliva, temí por mi vida. Menuda forma más tonta de morir hubiera sido.

Mis elucubraciones hicieron que me corriera dos veces en la bañera, así que creo que salí de la tibieza del baño más sucia de lo que había entrado. Cosas de la vida.

 

 

Qué puto dolor de piernas. ¡Pero esto qué mierda es!

Fijo que la edad, que mucho no los aparento pero mi coño, los años y todas las historias detrás no los puedo borrar, por suerte o no.

¿Será que me estoy quedando paralítica?

Para – lítica. Menuda palabra. ¿Será políticamente correcto decir paralítica?

¡Que ignorante soy ostias! Y donde demonios puedo aprender éste tipo de cosas. ¿Dónde se estudia eso? ¿Habrá tesinas de jóvenes estudiantes de pelo brillante que traten éste tipo de cuestiones? ¡Pero que digo!

¡Ay, estoy gilipollas! me regañé agachándome para sacar la ropa de la lavadora.

Tenía un aspeto gracioso con mi pijama de unicornio. Que pollo montara en el Primark cuando fui decidida a comprar un pijama de invierno.

– ¿Pero tú para que quieres un pijama si siempre duermes desnuda? me preguntaba Moldovan.

– Pues para estar cómoda en casa. Para escribir en la cocina, calentita mientras me tomo un café.

En la sección asignada a los pijamas empezó mi horror: Disney everywhere.

– ¿¡Pero ésto que cojones es?!

– ¿Qué pasa? preguntó Moldovan con ingenuidad sabiendo que se avecinaba el drama.

– Quién diseña ésta mierda y qué pretende. Cual es el jodido mensaje, que seas como seas, mientras tengas vagina vas a querer enfundarte en un estampado de la Dama y el Vagabundo o la Bella y la Bestia. Tengo treinta y dos jodidos años y no quiero un maldito pijama de La Cenicienta. Disney ya bastante daño nos ha hecho a las mujeres como para tenernos que acostar también con él. ¡Y una polla!

Me parece genial que haya pijamas, batas y zapatillas de todas las películas de Disney, ¿Pero todos? no había otra opción, otro estampado. Revolviendo vi uno con unicornios y fue como hallar un rayo de luz entre el gris de una tormenta.

Bajando las escalera Moldovan me miraba de reojo mientras yo sonreía de oreja a oreja.

– Osea, que Disney no, pero unicornios si.

– Exacto

– Madre mia Andre… sentenció por lo bajo Moldovan tapándose media cara con el dorso de la mano.

 

 

Acabé de tender la ropa recién lavada y saqué una cerveza de la nevera.

Me desnudé y doblé con esmero mi nueva adquisición.

Desnuda en a cama, encendí el ordenador y di un trago largo a la cerveza. Deliciosa de frío la bebida erizó de inmediato mi piel.

¨El coño es tu amigo¨, tecleé con decisión, y estallé en una sonora carcajada con la espuma de cerveza aún en mis labios.

 

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Las flores que crecen en las cunetas

Eché a andar en dirección al metro, tenía dinero en la Oyster card pero prefería ir caminando a pesar del trecho. Siempre me ha parecido que una de las cosas buenas del invierno, es poder sentir el frío en la cara. Nada como una bofetada climática en cada carrillo para hacerte sentir viva. El cielo estaba gris pero no llovía, me miré de reojo en el escaparate de un destartalado locutorio etíope. Me puse los auriculares y me subí las solapas de mi raído abrigo de paño marrón.

Me sentía muy triste, como el día que el Partido Popular ganó las elecciones, quizá más.

No podía sacar de mi cabeza decenas de imágenes de policías agrediendo a ciudadanos por el delito de querer votar. Mujeres arrastradas brutalmente escaleras abajo armadas tan solo con una arrugada papeleta en la mano.

Y en la capital una muchedumbre oscura sacando el pecho y cantando el ¨Cara al sol¨ con la mano alzada.

Que dolor.

Que rabia.

Que vergüenza.

La ley es la ley, y está para cumplirse, dicen. Pues quizá hay que cambiar la ley. Un país se sustenta de su pueblo, y éste debe ser escuchado y respetado siempre. ¿Cuál es el miedo de ser escuchados? De que voten pacíficamente. ¿Porqué negar el diálogo?

Que sarta de infamias la democracia. Que decepcionante espejismo. Una democracia a punta de porrazos para intentar parar lo que es imparable. Para dominar mentes e ideales a base de patadas. La dignidad no la pierde el agredido, la pierde el cobarde con casco que golpea,cumpliendo como sicario las órdenes de un mafioso ensordecido de poder.

Un PP orgulloso de lo sucedido, las fuerzas de orden han hecho gala de una actuación ejemplar, recalcó Soraya Sáenz de Santamaría. Ejemplar debe de ser para la señora vicepresidenta que un policía te rompa los dedos de una mano uno a uno y te manosee los pechos, esos que se supone que están para defender a la ciudadanía.

Un PSOE que nada tiene de social pero mucho menos de obrero. Coca-cola y Coca-cola Zero. La misma mierda en lata. En vez de azúcar edulcorante E952, E950 y aspartamo.

Y un Rey que nos calzaron porque sí, ejerciendo de Houdini,

La situación ha pasado de ser una pueril discusión entre Puigdemont y Rajoy para ver quien la tiene más grande, ahora es cosa de las mujeres y hombres que ayer ejercieron un derecho, el de expresar pacíficamente su decisión. Su sentimiento.

Ese mismo día pude leer también como recientemente Laura Escanes decía que se había comprado unas gafas de ver de esas con cristal de postureo, para ponerse los días que no iba maquillada, y supe que estamos jodidos de verdad. No es que el país se vaya a la mierda como muchos vaticinan, es que ya estamos viviendo en ella. Nos encanta.

 

 

Cambié dos veces de línea de metro, el pasillo de la central line me recuerda a los eternos corredores que hay en los hospitales. Serpenteé  apresuradamente a las gentes que caminaban en mi misma dirección.

Nadie miraba al pobre violinista de sonrisa heladora que tocaba en una esquina. Yo reparaba en sus hábiles dedos, ese prodigio de tendones y huesos. Me interesaba más su sincronizada destreza, que la música que salía través del instrumento. A mi me fascina la vibración de esa madera de caoba. No importa la melodía. Lo verdaderamente atrayente, lo asombroso, es esa obscena fricción entre las cuerdas tensadas a mano, no la manida pieza que aquel hombre reinterpretaba de manera cansina.

Volver al inicio, a la sencillez. La completa ignorancia que ciega y hace libre. Libre de percibir las cosas como tal, de manera pura y carente de significado predeterminado. Mesa. Flor. Gato. Sólo así creo que podremos alcanzar sabiduría. Esa de la que gozan los locos o las niñas.

Tristemente dura poco. Te haces mayor o tienes momentos de lucidez. Entonces aprendes para desaprender, y ya no hay vuelta atrás. No sé muy bien el porqué, pero así es, como todo en la vida. Como un estornudo. Simplemente sucede, es inevitable.

Como cuando en verano ibas a que te depilasen. Un poco de cera caliente y pegajosa en el coño, casi da gusto sentir esa inquietante tibieza resbalando por tus labios. Aprietas los dientes. Tiran. La piel se tensa, se estira. Allí está la carne rosa, caliente, hinchada. Deslizas con fascinación el dedo por la nueva superficie, y ya no recuerdas lo que era enredar tus yemas en el suave vello. Sientes el deleite de lo nuevo. Hasta que vuelve a crecer. Entonces ya no recuerdas el susto del dolor momentáneo. La carne caliente, hinchada. Es un truco, una quimera.

 

 

En el andén, calculé las paradas que me separaban del destino. Siete.

Estaba atestado de gente, un chico se paró a mi lado. Olía a jabón y a loción para después del afeitado. Me miró sonriéndome, sus ojos brillaban. Me acordé de ti. Y en mi cabeza sonó una pregunta que me hiciste una vez. ¿Cómo es Londres? A pesar de ser una pregunta tan necesaria supongo, como carente de originalidad, no supe cómo contestarla en su momento.

Ahora si sabría.

Te explicaría que aquí los amaneceres se producen cada tres minutos. El sol sale indistintamente desde el norte o desde el sur. Puedes verlo entre dos vías iluminando el túnel en un estado casi celestial.

Penetra sin titubeos, alargado, pleno de horizontalidad lo llena todo dejando viento a su paso. Con esa seguridad del que sabe que es esperado.

No puedes eludir su hipnótica luz. La deseas. La corriente arremolina mi falda entre mis piernas, cuando se produce su prodigiosa entrada.

Mi cabello se desordena jugando a esconder mi rostro. Sin duda hay milagros eléctricos sobre los sucios raíles de la ciudad de Londres.

Eso es lo que más me gusta, sus amaneceres.

Ahora ya lo sabes, o quizá no, que más da.

El traqueteo del vagón mecía mi cuerpo, incitándome al abandono del sueño.

 

 

¿A ti que te gusta hacer? Me preguntaron en la última fiesta en la que estuve.

A mi lo que verdaderamente me gusta es masturbarme antes de desayunar. Eso y cortarme las uñas. Respondí yo, muy seria. ¿ Y a ti?

La gente no quiere oír la verdad, prefieren una mentira bien contada, y yo ya tengo la nariz demasiado larga, y la vergüenza demasiado puta.

La gente, ese individuo plural de diferente cara pero de similar pensar, te va a decir que le gusta viajar. Que recientemente se ha ido a Tailandia. Te enseñará fotos de paisajes idílicos y turísticos. Posando tipo zen, a pesar de la obviedad de que alguien no tan zen le toma la foto porque hay que repetir el patrón que otro gilipollas ha marcado anteriormente. No sabes lo que es meditar, ni siquiera piensas mucho en la vida o en lo que quieres, si no, probablemente no estarías haciendo cola en el nuevo Starbucks de Vigo. hay que ir a Tailandia como antes hubo que ir a Nueva York, o a Punta Cana.

Hay que tener hijos como hubo que casarse.

¿Porqué?

Pues porque sí. Porque es así. Y más te vale no cuestionarte las cosas. Sigue las normas y ya está. No hay nada más aterrador que alguien que cuestiona lo predeterminado. El amor. La Constitución. La vida. La educación. La ley.

A mi no me gusta viajar, lo que me gusta es escapar y poner tierra de por medio. Alejarme hasta de mi misma. No me des Riviera Maya, dame Serbia, desolación palpable, cicatriz, añicos de URSS.

Algo real dentro de un mar de espejos sin reflejo. Entramos en el juego de mostrar lo que comemos. Enseñamos los libros que leémos,  las películas vemos. Somos sanos, cultos. Metemos barriga  para la foto, y vamos al gym o a hacer running. Somos guapos. Y así proyectamos una imagen que no existe, y alguien le dará like, a pesar de que se la sude. Pero eso nos hará sentir mejor.

¿Por eso lo hacemos no?

Para ser reconocidos, para agradar y encajar en lo que tiene que ser.

Kendrick Lamar dice en su último disco que está harto de tanto photoshop, que quiere que le muestren algo real. Un culo marcado por estrías.

Somos luz dicen algunas, somos energía dicen otros, y lo rematan con el consabido. ¨La energía no se destruye, se transforma¨. ¿Dónde lo habrán aprendido? ¿En la clase de Tecnología en la ESO?

No somos luz, mucho menos energía, somos un concepto mal aprendido. Una generación inflada en ego, que cree que merece todo por el hecho de respirar. No hemos luchado por nada ni conseguido nada tampoco. Nos consideramos especiales y sentimos la necesidad de mostrarlo, en fotos, en vídeos, en ciento cincuenta caracteres.

Somos efímeros, puede que incluso fraudulentos, como las estrellas del firmamento, que han muerto hace cientos de años, pero sin embargo aún podemos ver la estela de su luz.

 

 

Llegué al Barbican Center. Habían inaugurado una exposición sobre Jean Michel Basquiat. Y pensé que al menos me distraería por un rato de lo que estaba sucediendo en el mundo. Ninguno de mis amigos había querido acompañarme, lo cierto es que el precio de la entrada era algo elevado, no más que un mojito en el Soho, pero chica, cada uno a sus prioridades. Éste artista se había convertido unos años atrás en pintor de moda, el equivalente masculino a Frida Kalho. No hay moderno que no luzca en su pisíto de Malasaña una imagen de éstos dos artistas.

En la entrada un grupo de mujeres y hombres fumaban apresurados cigarrillos. Tragan el humo mezcla de tabaco, alquitrán e incertidumbre. Yo no los juzgo. Me da igual. Siempre estamos tragando algo, al fin y al cabo así es la vida. Somos un no parar de tragar. Tragar las opiniones. El semen agrio. Tragar el dolor. El problema surge cuando te haces adicto a tragar, porque entonces no habrá vuelta atrás.

Me tiré como unas tres horas y media en la exposición, buena parte del tiempo, escribiendo en mi libreta, sentada junto al cuadro que más me había gustado.

Pensé en un joven Basquiat postrado en una cama de hospital, ojeando el libro de anatomía que su madre de había regalado. Pensé en como con timidez, empezaría a bocetar, huesos y músculos, para terminar algún día, siendo un reconocido artista mundial y atemporal.

Lo que es la vida…

¿Qué pensaría Jean Michel de Laura Escanes?

¿Que pensaría del procés catalá?

¿Qué pensaría de todos las personas asesinadas en las cunetas durante una dictadura que mi país pretende negar y arrojar en una fosa común, bajo la tierra marrón del olvido?

Quizá Soraya Sáez le podría explicar al atractivo pintor, que todas aquellas torturas, asesinatos y vejaciones fueron fruto de una actuación ejemplar, y le mostraría orgullosa el Valle de los caídos.

Quién sabe. Lo que si sé, es que siempre habrá flores que crezcan en las cunetas. Fíjate. No es casualidad.

 

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No me llames Medusa, llámame Gorgona.

Quiero que te pongas aquí, en el centro de la cama, me ordenó Adri, sólo voy a probar la luz, pero creo que puede salir algo muy interesante.

Yo obedecí vehemente, y me dejé hacer y guiar en todas sus indicaciones. Me resultaba muy fácil posar para él.

Después de medir la iluminación y tomarme algunos retratos de prueba, empezó a disparar en serio, su transformación era evidente. De repente, su rostro y su cara se sumergen de lleno en un mundo que sólo él puede ver. Encaramado en el quicio de la ventana, me observaba muy quieto.

Dios mío Andrea, emanas una fuerza, algo tan poderoso… Eres preciosa, ojalá pudieras verte como yo te veo a ti. Sus palabras lograron emocionarme, pero lo disimulé bien.

Tumbada en la cama boca arriba mi pelo caía desparramado en todas las direcciones.  Él continuaba observándome siempre desde el silencio.

Te pareces a Medusa, dijo al fin. Medusa, repetí muy bajito, me sonaba lejanamente ese nombre, y sin embargo no sabía de qué.

Sí, la semana pasada fui a una exposición en el Tate, Medusa fue una Diosa de la mitología griega, una mujer de las que te gustan a ti. Deberías ir a verla, estoy seguro de que te gustará su historia. En su melena, en vez de cabello, la representan con una salvaje melena de serpientes, y en éstos momentos, me recuerdas a ella.

Belleza, ese animal de dos caras y afiladas fauces. Es importante ser bella, la fealdad es considerada desafío, insulto. A pesar de que no nos pertenece, es ajeno a nuestra voluntad. Uno no decide nacer bello, sin embargo si se nos castiga, se nos aparta o se nos devalúa si no somos poseedores o perdemos con el paso del tiempo ese preciado don.

Siempre he desconfiado de ella. Desde pequeña, conozco de cerca los estragos que puede provocar.

Lo he vivido con mi madre, cuando una tarde al volver de la peluquería se encerró en el baño, y no salía. Mi padre me puso los dibujos en la tele, a un elevado volumen que yo no entendí.

Me agazapé tras la puerta del salón para intentar averiguar cual era el motivo de tanto comportamiento extraño. Le susurraba dulcemente. Ella lloraba.

– Cris, que pasa, vamos abre la puerta, déjame entrar. Venga anda, que se va a asustar la niña.

Esas últimas palabras parecieron persuadirla e hicieron que el pomo se girara. Su pelo estaba totalmente despeinado. Mi padre la abrazó y la peinó con los dedos.

– La peluquera no ha dejado de decirme que se me cae mucho el pelo, que qué me pasa, que como siga así me voy a quedar calva y que es una pena con lo bonita que había sido siempre, decía mi madre temblando y con los ojos llenos de lágrimas.

– Pero vamos a ver Cris, ¿ Le vas a hacer caso a esa piojosa que lo único que sabe hacer en la vida es cotillear? ¿ Que lo más lejos que ha estado es en Canido? ¿Que lo único que ha leído en su vida son revistas del corazón? Mírame,  le agarró suavemente la cabeza posando ambas manos a cada lado de su cara, para elevarla. Tú eres preciosa. Eres una artista Cris, me oyes, una ar-tis-ta, estás por encima de toda esa mierda. No necesitas vestidos, ni maquillaje, ni tan siquiera una melena de lechera como tanto desea tu madre. Cristina empezó a reírse entonces.

Mira que sonrisa. Eres tremendamente hermosa. Es imposible Cris, escúchame bien, imposible no mirarte, no desearte, porque eres luz, esa pura y brillante luz que lo llena todo. Y después de haberte visto así, como yo te veo, es imposible apartar los ojos de ti.

Mi madre ya no sonreía, sólo se miraban el uno al otro en silencio, de un complejo modo que yo jamás he vuelto a ver.

Ella sabía que mi padre sentía cada palabra que decía, yo a pesar de mi corta edad, también lo sentía.

Años más tarde lo viví con mi padre. Yo estaba en el instituto, en plena adolescencia y ebullición hormonal.

Su cara y su cuerpo sufrieron un deterioro importante. La gente nos miraba como si tuviésemos tres cabezas. Los vecinos murmuraban a nuestro paso. Vivir en un pueblo, nunca nos ha favorecido, era como estar metidos en una pequeña caja de cartón, ambos sentíamos la asfixia atenazándonos.

Una tarde sentados en una cafetería un niño muy pequeño se acercó a nuestra mesa a recoger un balón que se le había escapado. Al ver a mi padre el niño tornó el gesto y empezó a llorar. La imagen de mi padre lo aterraba.

Yo vi el dolor en el gesto de mi padre, y empecé a hablar y hablar para intentar aturdirlo con mis tonterías y evitar que pensara en lo ocurrido.

Pero ya por la noche, lo encontré mirándose en el espejo del baño. Me acerqué hasta quedarme a su lado, ambos reflejados en ese cruel rectángulo de cristal.

Los niños me tienen miedo Andre, mi cara los asusta como si fuese un monstruo. Soy incapaz de reconocerme, ya no queda nada de lo que algún día fui.

Eso no es verdad, te queda la nariz. Contesté yo rápidamente y con el gesto serio, para intentar desviar el dolor que mi padre sentía, y que a mi misma me hacía sangrar el alma. Nos miramos un segundo, y estallamos a la vez en un ataque de risa tan fuerte, que nos dejó tirados en el suelo del baño durante media hora. Siempre me he sentido orgullosa de tener su nariz, y de usar el humor como cura y antídoto de los mayores pesares de la vida.

También lo he visto en alguna de mis amigas que ha llorado tardes enteras después de ahogar su vómito en la ducha, porque no era lo suficientemente delgada. Porque el chico que le gustaba, le había dicho que la quería pero que le daba vergüenza que sus amigos lo vieran con ella.

Si eres mujer naces con una carga mayor. Agradar, como si estuvieras en ésta vida para anteponer las necesidades de los demás a las tuyas propias.  Sonreir, como si la vida fuese un chiste o el Instagram de Laura Escanes tolrrato.

Competir con el resto de mujeres, como si fuésemos enemigas en vez de compañeras. Si no eres guapa no te querrán, como si la única valía de la mujer fuese temporal y estética.

No debes llamar la atención, ni hablar demasiado alto. No debes hablar de sexo de forma explícita, no debes vestir así o asá. Debes depilarte, porque las mujeres no deben tener vello en zonas donde a los hombres les abunda. Porque serás juzgada y sometida por hombres y mujeres al mismo tiempo.

Por tus amigas, que te dirán que si no tienes hijos te vas a arrepentir, como si sólo existiese un único modelo de vida posible. Por tus padres que creen que tu vida les pertenece, e insistirán en que estudies la carrera que a ellos les parezca más oportuna. Serás sometida por un cura que te dirá como y cuando debes usar tu cuerpo, ese que te pertenece sólo a ti amparándose en un supuesto pecado que tan sólo ellos tienen en su cabeza. Serás sometida por tu novio, que probablemente te diga que ese vestido es demasiado corto, y que vas demasiado maquillada.

Las fotos me parecieron sumamente potentes, crudas y dotadas de cierta fuerza impactante. Ambos quedamos muy satisfechos ante el resultado, y nos despedimos, contentos y emocionados con lo que éramos capaces de crear juntos.

De camino a casa, en un sucio vagón de la Victoria Line fui elucubrando sobre cómo redactaría el post para esas fotos, y en cuanto tuve señal en mi teléfono, tecleé las seis letras: MEDUSA.

La Diosa Atenea, decidió castigar a la bella Medusa, convirtiéndola en un monstruo, al enterarse de que su hijo Poseidón estaba enamorado de ella. La despojó de todos sus atributos de belleza. Su hermosa melena fue sustituída por cientos de serpientes. de sus labios entreabiertos sobresalían unos terroríficos colmillos. No contenta con eso, le robó también la capacidad de ser amada, por tanto, cada vez que alguien miraba a Medusa, éste se convertiría en piedra, o acabaría muerto.

No importó que se sospechara que Poseidón no la había seducido, sino que la había violado. La ira de Atenea, hizo que Medusa terminara literalmente despedazada, por el único pecado de ser hermosa.

Entonces recordé perfectamente, porqué me sonaba tanto el nombre de la Diosa de Grecia.

Yo era muy pequeña, y jugaba en el salón de casa junto a mi madre, que trabajaba en un enorme encargo que le había hecho una mujer del pueblo. A mi madre no le caía bien, pero decidió aceptar el encargo, porque no andábamos bien de dinero. La mujer iba a abrir una cafetería cerca de la iglesia, y por eso, le pidió a mi madre que le hiciese varios cuadros. entre ellos,  un retrato de su diosa de la mitología griega preferida, y que daría nombre a la cafetería, Atenea. También le encargó un óleo enorme, un árbol genealógico que había visto en un libro con todos los dioses y diosas de la Antigua Grecia.

Mi madre se obsesionó con la enorme pintura. Trabajaba sin descanso durante largas jornadas.  En aquella época empezaba a perder la visión del ojo izquierdo. El cuadro contaba con muchísimos detalles, meticulosamente plasmados, por lo que su esfuerzo aún era mayor.

La mujer del encargo había encontrado desorbitado el precio de veinte mil pesetas del último cuadro. Mi madre se había mantenido firme, y la compradora finalmente aceptó el trato.

Mi padre le suplicaba que no lo vendiese. Necesitamos el dinero, sentenciaba categórica mi madre. Sólo es un cuadro Suso. No lo fue. Fue su último encargo, después de eso decidió que no volvería a pintar para nadie más que para nosotros.

A mi me fascinaba verla pintar y solía sentarme junto a ella muy quieta a observarla trabajar en los pequeños rostros del árbol genealógico.

– ¿Que te parece Andre, te gusta?

– Me gusta mucho. ¿ Quien es esa de ahí mami?

– Oh, esa es Medusa, es la Diosa que más me gusta.

– Pero si no es guapa mami, me da miedo.

– No debe darte miedo, la belleza es desconsiderada y pasajera, no siempre es algo bueno. Hay una diferencia Andre, entre ser guapa y ser bella. Y Medusa era la más bella, a pesar de ese aspecto amenazante, ¿Sabes porqué?

– No mami.

– Porque era fuerte, era una luchadora, y en la vida no hay mayor belleza que esa.

 

 

A Cristina.

 

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FINEM

Los días antes son una mierda, desde siempre. Me imagino a Eva en el Edén nerviosica perdida, la noche antes de sentir el jugo de la ácida manzana del pecado corriendo por su mentón.

Esa intranquilidad que sientes cuando sabes que algo va a pasar, y que no puedes hacer mucho por evitarlo.

Así estaba yo esa mañana de Mayo, escondida debajo del edredón, y rezando para que cayese una plaga de langosta que me impidiera regresar al sucio y gris London.

Saqué la cabeza para echar un ojo y comprobar a través de la visión que me ofrecía mi ventana, que mis plegarias aún no habían sido escuchadas.

Salí de la cama y de puntillas me colé en la penumbra de la habitación de mi padre. Muy despacito me metí como una ladrona experta en su cama. Como cuando era niña y me aterraba que se muriese.

Con ocho años desrrollé un pánico horrible, a que el muriera, y me colaba en su cama temblando. El me abrazaba y le sacaba hierro al asunto.

La muerte forma parte de la vida Andre. Las personas no desaparecen aunque se mueran, porque siguen viviendo dentro nuestra. Una persona vive mientras se sienta querida de verdad. Yo se que tú me vas a querer toda la vida, por eso no me voy a morir nunca.

Yo lo miraba con los ojos como platos, no entendía como no era capaz de dibujarme una tortuga, pero si de explicarme el sentido de la vida con un par de frases.

– ¿Qué haces aquí?

– No puedo dormir más.

– Pues yo si, ésta noche me han dolido mucho las piernas y no he podido dormir, así que no hables mucho.

– Vale.

El silencio volvía a colmar la estancia de nuevo. Yo apoyaba mi cabeza contra su cálida espalda. Lo abrazaba y aspiraba su aroma, cerrando los ojos.

– Antes de comer te voy a llevar a una playa que conozco. En ésta época no hay nadie, y se conserva casi virgen, te va a gustar.

– Que bien Suso.

– ¿Bueno y cómo vas de amores? ¿Aquel chico que…?

– ¿En serio ha salido esa pregunta de tu boca?

– Será que me hago mayor. Vas a contestar o no!

– Ya no hay nadie. Me limito a tener sexo cuando me apetece y punto. No lo soporto más papá. Estoy cansada de intentarlo, y sentir cuando acaba que se quedan con un trozo de mi. Creo que no soy la típica mujer que pueda estar en pareja. Hay algo en mi que no…

– Claro que no eres la típica, y menos mal. ¿Que quieres casarte y tener hijos? No eres así, buscas otras cosas en la vida, disfrutas y te nutres de otros modos. La gente no siempre lo entiende Andre, pero no hay nada de malo, y acabarás topando con alguien que no sólo no tenga miedo, sino que no quiera estar sin ti.

– No sé.

Nos quedamos en silencio, y al rato nos dormimos. Me sorprendió notar como por primera vez en la vida, no se sentía feliz ante mi soltería.

Antes de comer recordé que tenía que devolver el libro que había cogido prestado en la biblioteca, y que no me había dado tiempo a terminar.

Me puse un vestido y unos tenis, metí en el bolso las llaves del coche y salí disparada.

– Mierda, el puto libro! Yo soy gilipollas! Exclamé en el portal.

Después de dar media vuelta y asegurarme tres veces de que ésta vez si llevaba conmigo, el motivo de mi salida, me fui.

Mientras esperaba el ascensor podía escuchar la amenaza de mi padre de que si llegaba tarde, se comería toda la tortilla, y que yo, tendría que comer mierda. Así es él. Cariño en capital letters.

Después de cumplir mi cívica obligación, y caminando hacia al coche a paso rápido para no perder la delicatessen que Suso estaría cocinando en nuestro pisito de protección oficial, me lo topé. Literalmente.

Caminaba mirando la acera, pensando en la ocasión propicia para dar el golpe y robar un barco, y cuando alcé la mirada, ahí estaba Luis paralizado.

No nos veíamos desde antes de irme a Londres. Luis había sido el primer hombre en mi vida que me había dicho con sinceridad, que yo podría lograr cualquier cosa que me propusiera. También había sido el primero en follarme.

Ahora parecía el la niña de dieciocho.

-Andrea, repetía en murmullos, como si no terminara de creerse lo que veía.

-Hola Luis. Me acerqué para besarle ambas mejillas, y pude palpar su nerviosismo.

– ¿Que tal estás? ¿Has vuelto? Estás más delgada, dijo agarrándome las manos y demorando la vista en mi cuerpo más de lo protocolariamente aceptado.

– Vai a merda. Estoy bien. He venido unos días de vacaciones. Y antes de escuchar quejas por no haber ido a verlo añadí; Necesitaba pasar tiempo con mi padre.

– Comprendo, dijo sonriendo.

-Tengo que irme ya. Cuidese mucho Luis Roberto.

– Me alegro de verte Andre, dijo cogiendome cariñosamente por el mentón. Estás… estás…

– Viva, añadí yo, con las mejillas ardiendo. Chao, dije evitando sus ojos, y seguí mi camino. Podía notar sus ojos clavados en mi espalda. En ella o quizá un poco más abajo. Me eché a reír, pensando que hay cosas que nunca cambian. Por muchos años que pasen.

La playa no podía ser más de mi agrado. No había nadie, estaba limpia y había plantas y dunas. Me quedé un instante atónita viendo el mar. Lancé los zapatos al aire y eché a correr hacia la orilla. La arena era suave y podía sentir la calidez del sol colándose entre los dedos de mis pies. Yo gritaba y saltaba en la orilla mojándome de espuma y sal el vestido que ondulaba al viento.

– Estás como una puta cabra. Decía Suso con el ceño fruncido, pero con una media sonrisa en los labios.

Nos sentamos en la arena a mirar el mar en silencio.

Suso comenzó a hablarme de la gran fuga de Alcatraz que es una historia que le fascina. Yo lo escuchaba tumbada sobre la arena, mientras observaba las nubes moverse. Cerré los ojos para grabar ese momento, el tono exacto de la voz de mi padre, el azul del cielo, la velocidad de las nubes al ser empujadas por el viento, el carácter salvaje de un mar que siempre me acogía como un amante anhelante. Allí, en ese mismo instante, al sentir la suave caricia del sol sobre mi piel, determiné que probablemente no sería más feliz en la vida. Y quizá tampoco necesitara más.

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PROGRESSIO

Estaba delante de la cinta giratoria, esperando mi maleta. Detrás de mi se abrieron las puertas automáticas, y pude verla, en una esquina. Siempre ha habido una sosegada prudencia en su carácter, que me da mucha tranquilidad, supongo que porque yo soy la antítesis. El caos.

Grité, por que soy una loca incapaz de controlar mis emociones. Ella no decía nada, pero no hizo falta. Estaba emocionada por verme, y temblaba ligeramente. Me había echado de menos. Yo a ella también. En cuanto pude echarle mano a mi maleta metalizada, corrí en su dirección. Tiré el bolso al suelo y la levanté en peso. Nos miraban. Pero nosotras no mirábamos a nadie. Ella repetía mi nombre, yo aspiraba su olor, el olor de una hermana.

– Que delgada estás Andre!

– Y tú que guapa.

Me había traído una empanadilla de atún, siempre hemos tenido el don de convertir lo cotidiano en una fiesta inolvidable. Yo comía, hablaba, y sacaba medio cuerpo de la ventanilla como los perros. Ella me miraba de reojo, asegurándome, que nada era lo mismo sin mi. Y contándome con la comedida prudencia del que ha sufrido, que por fin era feliz.

Al llegar al centro de Vigo, yo miraba perpleja las calles. Es una situación surrealista, el ver tu ciudad, la que conoces como la palma de tu mano, pero a la vez ya no la reconoces como propia. Te sientes extraña, como dentro de un pantalón prestado, que no es de tu talla.

– ¿Te llevo a algún lado o prefieres ir directamente a tu casa a ver a tu padre?

Yo me quedé en silencio, mordiéndome el labio inferior, que es el gesto instintivo, que evidencia que quiero decir algo pero por algún motivo no me atrevo.

Ana supo interpretarlo a la primera.

– ¿Quieres que pare un momento en tu playa?

– Bueno, si no es molestia… Total, creo que mi padre no estará en casa.

– Pero que molestia ni molestia, no seas tonta.

Ella seguía hablandome de sus planes y proyectos, pero cuando aparcó el coche delante del azul del mar, yo ya no era capaz de escucharla. Bajé y me adentré en mi playa, descalza. Cuando sentí el mar lamiéndome los pies, cerré los ojos y respiré profundo. Estaba en casa.

Eché a andar hacia la Fontaíña. Miles de recuerdos invadieron de inmediato mi mente.

Yo con cinco años sentada junto a mi madre mirando el mar en silencio.

Yo con siete años vestida con el disfraz que mi madre me había cosido con esmero. Y en las rocas se empeñaba en retratarnos juntos a mi padre y a mi, de perfil. Yo no podía para de reír, porque en el momento en que mi madre contaba hasta tres, y apretaba el botón, mi padre hacía algo que provocaba mi interminable risa, y en consecuencia, la desesperación y enfado de ella.

Yo con diecisiete años, escuchando el discurso de Manu de que el cuerpo era algo natural y hermoso. Ese día nos desnudamos todos los del grupo. Yo empecé a aceptarme. Nadé desnuda y sequé mi cuerpo al sol por primera vez. Sentí tanto placer y libertad, que ya nunca he podido renunciar a esas dos sensaciones.

Yo con treinta y uno, comiendo helado de madrugada con él. Moviéndome encima de él. Mi tanga mojado. Su polla dura. Mi boca fría. Su lengua caliente. Yo sonriendo. Él mirándome. Fuegos artificiales…

Sacudí mi cabeza intentando apartar ese último recuerdo de mi cabeza.

Tantas, tantas cosas vivídas, que a veces sentía que era imposible que todo hubiera pasado en el transcurso de una sola vida.

Mis pies se detuvieron donde se varan las gamelas, y justo delante mía, la de mi abuelo. Mis dedos acariciaron la madera gris, agrietada de sal, perfumada de brea. Quise llorar y gritar, exigir un porqué, pero me quedé paralizada ante mi pasado, mis raíces lograban enmudecerme hasta la asfixia.

Ana me miraba desde el paseo, solté el aire de todos mis recuerdos de golpe, y me reuní con ella.

– Llévame a mi ghetto Ani.

– ¿Estás bien?

– Si, sólo quiero ver a mi padre.

Metí la llave en la cerradura, y allí, estaba él de pie tras el umbral del sexto b. Yo pronuncié su nombre como la más dulce de las declaraciones de amor.

Suso.

Mi padre.

Mi cura.

Me miró de arriba abajo, y sentenció a modo de saludo, un rotundo:

– No estás comiendo, y no intentes mentirme, que no te parí pero casi.

Así es el padre que me parió, poco dado a las muestras de cariño, pero pragmático y sincero hasta el escarnio más absoluto.

No se cuánto tiempo estuvimos hablando de la vida y sus bandazos. Pero yo ya no me acordaba de Londres, ni de su eterno gris.

Dejé la maleta en mi habitación. Todo estaba tal y como yo lo había dejado. La escultura en la mesilla. El cuadro de Frida en la esquina. Un dibujo de Sara Herranz en el centro de la pared, y en la cama un paquete.

– Mi padre me observaba desde cierta distancia.

– ¿Y éste paquete?

– Es un regalo.

– Muy hábil padre. Eso ya lo veo. ¿Pero porqué?

– Porque si. Cállate ya, y ábrelo de una vez -En sus ojos brillaba un destello de ilusión.

Era un libro de Patty Smith, que yo quería desde hace tiempo. Él lo sabía y sabía también de mi admiración por esa mujer. Creo que fue amor a primera oída. a los once años, en la cocina de casa me había puesto Horses por primera vez. Nos recuerdo bailando al ritmo de esa leyenda. Años después pude verla en concierto en Castrelos y me terminé de enamorar del todo, de su exquisita humildad, de la fuerza de su mirada, de su firmeza.

Supongo que no había sido fácil para ella, cuando de joven, tan alta y desgarbada se presentó con sus gafas oscuras y su pelo despeinado dispuesta a hacer ese tipo de punk- rock salvaje, una vida. No era guapa como Deborah Harris ni Chrissie Hynde. Pero tenía algo amigos, algo más poderoso que la belleza, y menos efímero. Esa luz que desprenden las mujeres que hacen lo que les sale del coño, sin pedir permiso ni perdón.

– Vas morrer Suso! -Dije al fin sin salir de mi asombro.

– ¿Te gusta?

– Claro que me gusta, pero me parece muy raro. Tu no eres detallista. Si que me has echado de menos entonces…

No dijo nada, pero sus cansados ojos verdes, hablaban sin necesidad de sílabas. Una punzada de culpabilidad recorrió mi espina dorsal.

A las seis de la tarde yo ya estaba lista para ir a pasear con él.

– ¿Donde quieres ir?

– A donde tú vayas me viene bien. He venido a estar contigo todo el tiempo que pueda.

– Yo voy desde aquí al centro andando, tomo un café, leo un poco el Faro y me vengo a cenar y ver una película.

– Me viene bien.

– ¿Y tienes que venir así vestida? Ésto no es Londres Andrea.

– Yo voy vestida como me sale del coño.

– Si, como te sale del coño si, pero luego te mira todo dios por la calle, y a mi me gusta pasar desapercibido. ¿No te puedes poner un pantalón vaquero? Como hacen todas las chicas, que vas con esa ropa que yo no se de donde la sacas. Yo no veo esa ropa que usas tú en los escaparates de las tiendas.

Lo miré muy tranquila, haciendo caso omiso. Divertida.

– Yo no soy todas las chicas Suso.

– Bueno va, anda. Si es que al final haces siempre lo que te da la gana…

Por las mañanas dormíamos hasta tarde. Yo me colaba a hurtadillas en su cuarto. Me abrazaba a su espalda, y hablábamos de la vida, de rock, de su enfermedad, de Cristina.

Después de comer veíamos el telediario, saber y ganar, y el documental de la Dos. Yo flipaba con todo lo que sabía sobre animales. Dando todo tipo de nombres de especies, detalles curiosos y lugares de origen.

Yo siempre acababa quedándome dormida contra su rodilla derecha.

– Y así, ya soy feliz Andre.

Por las tardes siempre paseábamos por sitios diferentes, que el escogía siempre, sabiendo que habría en ese emplazamiento algo que podría gustarme.

Por las noches sacaba una peli de su colección, que aseguraba que yo tenía que ver, y su porqué. Vimos Dead Proof, Jackie Brown, Paseando a Miss Daisy, Tarde para la ira, Una Jaula de Grillos, etc…

A veces discutíamos. A veces tenía dolor. A veces yo lloraba de impotencia. Y la mayor parte del tiempo nos reíamos de todo y de todos.

El fin de semana salí Viernes y Sábado por la noche. Tocaba vida social y relacionarme. Había quedado con Juan e Israa.

Bebimos de pura alegría de vernos. A ella le regalé un libro de feminismo que a mi me cambió la vida. A él lo abracé sin decir nada, en un abrazo sentido y sincero. Intentando borrar el último recuerdo que habíamos compartido juntos seis meses atrás.

Yo borracha de dolor y cerveza, llorando sin parar como un dique roto, preguntándole qué tenía de malo. El con sus ojos tristes, asegurándome que no tenía nada de malo.

Las horas volaron como vuelan los colibríes en verano. Israa me abrazaba y bebía vodka a pelo. Yo bailaba sin música y Juan nos sacaba fotos y se reía con mis bromas hasta convertir sus ojos en una fina línea.

Corrimos por Principe, al grito de “feminismo o muerte”, con el puño en alto y el corazón en la boca. Muertos de risa y vida.

Al llegar a Churruca Juan nos metió en la Fiesta de los Maniquíes. Irrumpimos como un vendaval bailando y saltando. Yo no me di ni cuenta de donde estábamos hasta que el complacido dueño me vino a dar los dos besos de rigor a modo de saludo. Tampoco se a cuantas cervezas me invitó Juan. Sólo se que creamos una atmósfera poderosa entre los tres, que se contagiaba a todo el que atravesaba la puerta. Y se empezó a llenar tanto que acabamos en las escaleras de fuera todos. Charlando y bromeando.

El sábado ya fue distinto, yo tenía una sensación extraña. Y empeoró cuando me crucé mientras daba vueltas con el coche intentando aparcar a la altura de La Juakina, con un grupo de amigos de la última persona que yo quería ver; Él.

El único artículo determinado singular, que se había convertido en nombre propio.

Uno de sus amigos giró la cabeza en dirección a la música que salía de mi coche. Pero no podía ser, ese chico estaba recorriendo Australia o Indonesia… No podía ser él. No eran ellos. Probablemente me estaría confundiendo.

– Me cago en Dios! bramé bajando la canción de Led Zeppelin que sonaba a toda ostia.

– Por favor no. por favor… Repetí en bajito. Que no esté. Que no me lo encuentre por favor.

Pasé toda la noche distraída y con cierta incomodidad en el cuerpo. Sin ser capaz de concentrarme en lo que mi amigo me contaba.

En Churruca, me dijo que tenía que pasar por el mismo local donde habíamos estado la noche anterior, porque tenía que hablar unas cosas de trabajo con el dueño. Yo temblaba.

– ¿Tienes frio?

– Si, supongo que si.

No me atreví a decirle lo que pensaba.

Y justo en la puerta, sus amigas. Una pareja de tías geniales, que mi ex artículo determinado, me había presentado, hace ya como lo que yo sentía una vida.

Me quedé sin respiración. Cómo si me dieran de lleno en el estómago. No por ellas, que me caían genial. Tan simpáticas, tan abiertas, de esa gente con la que te puedes pasar una noche entera arreglando el mundo.

Empecé a repetir mentalmente ésta vez, la misma plegaria; Por favor no, Por favor…

Ellas me miraron, y pude leer en sus pupílas un reflejo de pena. Un, lo sabemos.

Yo por mi parte me sentía como si tuviera un cartel luminoso donde se podía leer; Demasiado intensa, razón aquí.

Me apoyé en la pared, porque me sentía mareada, pero fue algo que creo que nadie percibió.

Empezamos a hablar, y me hicieron sentir cómoda de inmediato, cosa que yo agradecí. Juan charlaba sin parar. Yo estaba algo distraída, aunque me reí bastante con ellas. Al rato se fueron. Y nosotros también.

Una chica me paró delante de lo que era el Rass para decirme que le encantaba mi estilo. Que de verdad, pero de verdad, que le encantaba mi look. Yo le di las gracias y dedicándole una sonrisa a medias, me fui.

Quería volver a casa, abrazar a mi padre y desaparecer.

No volví a pensar en él, pero os mentiría si dijese que esa noche no tuve pesadillas, y el resto de noches que vinieron después también.

Demasiado intensa si, pero mentirosa yo no…

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Praefatio

 

Había hecho la maleta dos horas antes, obligada por mi gran amiga Moldovan. Y eso que me había mentalizado previamente, para tenerla lista al menos con dos días de antelación. Pues ni patrás.

Allí estaba yo, cuan larga soy, tirada en la cama y desnuda, boca abajo y con la cabeza metida debajo de la almohada.

  • Haz la maleta Andre, que se te van a olvidar cosas.
  • No quiero, me da igual, y además he decidido no ir. Seré una Hikikomori, y viviré para siempre en ésta habitación sin relacionarme con nadie.
  • Venga ya, que te vas de vacaciones, no a la guerra del Vietnam.
  • Vigo es la equivalencia en éstos momentos, a un campo de minas emocional. Un mal paso y mis piernas saltarán por los aires.
  • ¿Crees que te escribirá?
  • Sé que no. Es demasiado cobarde.
  • Pero vas a ver a tu padre Andre. Piensa en eso…

Saqué entonces lentamente la cabeza de debajo de la almohada, la tentativa de ver a mi padre, puso fin a mi ataque de pánico.

  • Tienes razón, voy a estar con mi padre. Voy a nadar desnuda. Y a comer empanada y croquetas mientras me bebo una Red Vintage, o tres.
  • Vale calla ya, que al final me deprimo yo. Joer con London Andre, que vida más triste.

A duras penas y con los nervios de punta terminé la maleta. Cagándome en todo y reivindicando mi sueño de viajar con una mochila que contenga una braga. Una sola, ya me las arreglaría.

Eran las 3:52 de la madrugada. Tenía que levantarme a las 6:00 de la mañana para coger a tiempo el bus, que pararía en la boca de metro, que me llevaría a la estación de autocares, donde cogería un autobús con destino al Stansted airport, donde un avión de Rayanair pondría rumbo a Santiago de Compostela. Allí mi leal Anita y su fabuloso Audi, me depositarían en Vigo.

Así que en vez de dormir, para ir descansada y fresca. Estaba escuchando a Sidonie. Siempre me ha parecido que el cantante guarda cierto parecido con Serge Gainsbourg. Quizá se lo hayan dicho ya más de mil veces. Como a mi, cuando me dicen que tengo unos preciosos ojos, y a continuación me preguntan si me lo han dicho antes.

Si hijo si, me lo han dicho unas quinientascuarenta veces a lo largo de mi vida. Y me parece una gilipollez. No son bonitos, sólo son azules.

La gente es así, más sensible al continente que al contenido.

Me despertó la deprimente alarma del móvil. Yo me sentía mareada, y tenía mucho frío. Como un robot me vestí, y casi me mato escaleras abajo con la puta maleta.

No había asientos libres en el autobús así que opté por dejar caer mi cuerpo en la maleta.

Tenía el típico aspecto de los que triunfan en la vida. Pelo despeinado, ausencia total de maquillaje que evidenciaba unos bonitos cercos alrededor de mis ojos.

Así iba yo por la vida, ataviada con un arrugado vestido verde menta de seda. Sentada sobre una maleta con las piernas abiertas. Porque si. Porque me siento cómoda, y porque me jode el hecho de que un hombre pueda llevar las piernas separadas como si tuviera dos sandías a modo de testículos. Sin embargo, la mujeres, no. Hay que juntar rodilla con rodilla aunque estés incomodísima, o caigan las moscas por el calor. Que parece que tenemos el mal entre las piernas joder, o un arma de destrucción masiva.

Mi telefóno sonó, era una notificación de Instagram. Uno de esos mensajes que a veces te manda la gente;

<Me flipa tu última foto. Tú mano hurgando en tu entrepierna como un animal hambriento. Me excita la idea de poder follarte en algún momento>

Yo tecleé un gracias, apagué el móvil, y lo guardé en el bolsillo.

Ya empezaba a estar un poco cansada de ser el detonante de fantasías ajenas, que a mi, ni me iban ni me venían. No es que haya asumido lo que me quieran decir, y por tanto acepte que lo que dicen de mi, sea lo que yo pretendo, ya que yo, nunca pretendo. Más bien me he cansado de explicar, que una mujer, puede ser sexy, y tener credibilidad. Que puedes mostrarte desnuda y puede ser un acto de sinceridad propio y no una imagen meramente sexual. Quizá no quiera la aprobación estética de otros. Ya que no soy mejor ni peor, sólo intento ser consecuente, y hacer lo que me apetece.

Que el arte tiene múltiples manifestaciones. Lo sucio, lo oscuro, lo desagradable y crudo, es puro y bello en mi opinión.

Pero eso supongo que me importa a mí, nada más.

Ya en el aeropuerto y con Jimmy Hendrix follándose a una guitarra a través, de mis auriculares, el panel anunció mi puerta de embarque. Yo salí disparada al baño a vomitar. Tenía el estómago revuelto. Me encontraba francamente mal.

Me había tocado ventanilla, ya pesar de saber que en caso de accidente tienes más posibilidad de morir que alguien que viaje en pasillo. A mi me la sudaba. Me encantaba ver las nubes a través de ese trozo de plástico.

Cuando los motores se pusieron en marcha, mis piernas y mis labios se separaron a la vez. El despegue sacudió todo mi cuerpo, a través de mi coño.

Oniria e insomnia de Love of Lesbian sonaba ésta vez por mis auriculares.

Yo sonreía,

excitada.

Tranquila al fin.

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Londres, 4 de Mayo de 2017

 

No sabría explicarte. Es una sensación. Como cuando tienes el pelo largo, y de repente te da por cortarlo. Sigues sintiendo la melena rozándote los hombros a pesar de no tenerla ya.

Esa sensación de que me falta algo. A veces la noto más. A veces menos. Pero siempre está ahí. Latiéndome en el coño. Corriendo por mis venas.

No es como tú dices. No es que use el sexo como escape. Es que es la única puerta que tengo valor de cruzar.

No quiero hablar, ni que me conozcan. Ni tan siquiera me preocupa gustar. No quiero compañía. No sabría. No sería sincero, y ya hay bastante mentira en este mundo como para añadir más.

En cambio no hay falacia en los orgasmos. Es la única comunicación en la que creo. Así como un credo. Como el cuatro esquinitas tiene mi cama, con sus angelitos que me la guardaban, que mi abuela me repetía por las noches, intentando que creyera en un tal Jesús, que era niño como yo.  Lo repetía una y otra vez. Sin esperanza alguna. Sin convicción. La misma absurdez de quien le grita a un sordo.

Puede que para ti sea horrible, pero yo prefiero lo real de una lengua rozándome el clítoris, a un ramo de rosas blancas. Al menos esa primera acción, denota que sabe lo que me gusta, y por tanto me conoce.

No hay nada de malo en ello. En querer poseer al otro el rato que duren los espasmos de la vagina.

Luego ya está. No quiero oír ni sentir nada más. Cae el telón. Se acaba el truco de magia.

Las luces se encienden, y todo se ve.

Estás muy equivocada, no me aislo. Yo creo más bien, que a veces la vida en si, se encarga de apartarte. Y así estoy, un poco apartada. Pero todos sabéis que si me necesitáis ahí me tenéis. Y que cortaría caras por todos vosotros.

Hace poco discutí con una de mis mejores amigas, y tuve una sensación horrible que no logro quitarme de encima. No es decepción. Es cansancio quizá. Como si de un fuerte golpe en la cabeza, me hubiese dado cuenta de que estamos muy muy lejos la una de la otra.

Como la mujer que descubre después de catorce años de matrimonio, a su marido con otra en la cama. Y esa otra tiene el pelo más brillante. Y las tetas en el sitio donde van las tetas. Y la barriga plana.

Supongo que te extraña la comparación. Pero yo puedo ver a esa mujer, intentando descifrar el momento exacto en que todo cambió, y se tornó a algo que ya no reconoce ni distingue.

Puedo sentir esa falta de aire en el estómago. Esa opresión en el pecho. Puedo ver ese imperceptible pero latente cambio en el brillo de sus ojos.

No puedo decir que no pasa nada. Porque si pasa. Y ya no doy más. No me queda nada dentro. Puede que haya dado ya, lo mejor de mi. O al menos lo haya intentado. Ya no me sale lo que antes me brotaba de manera espontánea. Y me da igual.

Todo es muy confuso. Al mismo tiempo que siento lejos a todos los que han estado cerca por años. Siento muy cerca a mi madre por ejemplo, que siempre a estado lejos. Lo más lejos que se puede estar. En apenas un puñado de recuerdos polvorientos.

También me siento más cercana a mi padre. Siempre lo he entendido bien. Pero de un tiempo a ésta parte, sus palabras tornan más sentido que nunca.

Por eso voy esos días a Vigo. Sólo para ver como sus ojos brillan cuando le hablo. Sólo para escuchar el mundo, bajo su peculiar visión.

Y el mar. Te juro que lo segundo que haré al llegar, será nadar desnuda. Me voy a follar cada ola. Para llevármelas todas bien dentro.

Me imagino la cara que pondrás al leer todo ésto. Yo ya me rio de antemano. Porque se que no lo vas a entender. Y que fruncirás el ceño, tras tus enormes gafas de pasta azul.

No lo entenderás, porque simplemente a ti no te pasa. Nunca te han escupido en la cara. Ni te han juzgado por expresar lo que sientes de una manera poco usual. Tampoco te han mandado cada semana fotos de pollas, ni vídeos de masturbaciones. Porque al parecer, eso es lo que sugiero.

Cuando yo grito. Ellos escuchan sexo. Ellas escuchan zorra.

Siento no ser políticamente correcta, y poder expresarme de otro modo. Tal vez sea un sino, o una skill.

Honestamente puedo decirte, que antes de que me maten, yo pienso morirme tres veces.

 

 

Háblale a las plantas. Cuéntales historias, léeles a Lorca o se morirán de pena.

Yo a ti también tonta

Andrea Castro