Lo fascinante de los icebergs.

Lo fascinante de los icebergs, es que sólo dejan ver su 10%, el otro 90%, está oculto bajo del agua.

Así se sentía ella. Su mejor parte, la más importante estaba debajo, bien oculta, reservada a unos cuantos. Eran muy pocos, los que la conocían de verdad, y eso le gustaba. Quizá él era de esos que conocían el 90%, no estaba segura.

Un enorme bostezo se le escapó mientras tecleaba en su ordenador, últimamente, le costaba muchísimo dormir. Esa noche la había pasado en su casa. Y eso suponía no dormir más de tres horas seguidas.

Hubo un tiempo, en el que dormir con él era su pasatiempo favorito, desgraciadamente, aquello había quedado muy atrás.

Él la abrazaba, y respiraba pegado a su piel. Ella miraba al techo, a la pared, a la ventana, a él.

  • Me gusta tenerte aquí, me tranquiliza, tú me relajas. Contigo me siento en calma. Ven anda, acércate, quiéreme un poquito.

Un poquito…

Era extraño, tenerlo al lado, sin embargo le gustaba saltar de su casa a su cama. Mirarle a los ojos, hablar hasta las tantas de la madrugada. Sentir cómo su boca se enredaba en su cuello.

Esa manera tan peculiar de ponerla de los nervios, para luego acabar matándola de un taque de risa.

  • Es que no te entiendo -protestaba ella- Me frustras muchísimo.
  • Si, ya lo veo, pero te pones tan graciosa cuando te enfurruñas…
  • Vete al carallo.

Ella seguía tecleando, fuera, un día gris, y una lluvia que amenazaba con no disiparse en toda la semana.

En su cabeza un recuerdo la sacó de su ensimismamiento.

  • Que suave eres…

Tres palabras, tan poderosas, que eran capaz de repercutir en todo su cuerpo.

Basta! Eres idiota, concentrate joder, pareces gilipollas.

¿Será que el calor que encierran ciertas palabras dichas en el momento preciso, pueden derretir hasta el más grande de los icebergs?

Fuera seguiría lloviendo…

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—EL HOMBRE DE MI VIDA—

Había conocido muchos hombres a lo largo de su vida. Compañeros de clase, amigos, amantes, algún que otro novio. Pero sin duda alguna, ella sólo tenía ojos para uno.

Ése metódico, escrupulosamente ordenado, y desconfiado ser, su padre.

El que no la había parido, pero casi.

Cuándo venía del Gran Sol, moreno, barbudo y oliendo a sal, de aquellas interminables campañas de trabajo en alta mar. Ella corría a refugiarse entre las piernas de su madre, temerosa, pues no lo recordaba, y le daba miedo.

Al despedirse, triste, serio, ella siempre le obsequiaba con el mismo consejo;

  • Papi, tienes que buscarte un trabajo de esos con traje y corbata, así ya no tienes que ir más a la mar, y estás con mami y conmigo.

Creció un poco, y él pasaba más temporadas en casa. Era mágico ver la luz que irradiaban sus ojos, cuando miraba a su mujer bailando salsa y riéndose en el salón.

Sin duda fue quien le enseñó, desde muy pequeñita, que el amor no entiende de firmas en juzgados.

Que no hay mas Dios que uno mismo.

Que los únicos pecados son la corrupción, el racismo, la explotación infantil, el clasicismo, la prostitución, el machismo…

Que el amor y el sexo, no siempre van de la mano.

Que la familia más importante, se elige.

Que lo más valioso que poseemos, es nuestra libertad.

Le inculcó el sentido del humor, como el más valioso mandamiento;

  • Ríete de todo y de todos, empezando por ti misma.

Luego se quedaron solos, pero jamás una lágrima, nunca un lamento, pero si una bruma en la mirada, que ya jamás desaparecería.

Cada noche un cuento, y al acabar, ella le obligaba siempre a enumerarle todos los títulos que existían en la colección, y el pacientemente citaba:

Pulgarcito

El gato con botas

La princesa y el guisante…

Los veranos eran de parque, playa y helados de dos bolas.

Los inviernos de cine, paseos en coche y meriendas en el Flunch.

Las mañanas eran siempre de drama y súplica, por no querer ir primero al colegio, y años después, al instituto.

  • ¿Papá, tu crees que soy guapa?
  • A ver, guapa, guapa, lo que se dice guapa… Pero eres muy graciosa. Y rara, rara eres de cojones Andre.

Siempre cantando desde la cocina. Arreglando cualquier mal que ella pudiese tener, desde dolor de ovarios, hasta una gripe, con una manzanilla.

Así que ella se hizo mayor, y él no siempre entendió sus decisiones, pero siempre estuvo a su lado, para ayudarla a levantarse.

Y cuando las noches para ella se convirtieron en un infierno, y se despertaba de madrugada llorando, a causa de pesadillas tan constantes como crueles. Él se acostaba a su lado, para tranquilizarla con su silenciosa presencia, hasta que al fin lograba conciliar el sueño.

Mirándola siempre de reojo, cuando ella se arregla:

  • ¿Vas a salir así? Pero si se te transparenta la braga… Joder que presumida eres!

Él es la persona más importante de su vida, no es perfecto, pero es el hombre de su vida

  • Papá
  • ¿Que quieres?
  • ¿Me quieres?
  • No
  • Yo a ti tampoco

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UNA VIDA MEJOR.

Nunca había imaginado que fuese de esas personas.

Esas que caminan durante horas bajo la fría lluvia. Por el simple placer de estar sola, y pensar.

Cómo podría suponer que pasaría a estar horas frente al mar, escuchando el sonido que emitían las olas al chocar con las rocas.

Era difícil suponer, que se convertiría en ese tipo de persona, que poseída por la repentina inspiración nocturna, se tiraría noches en vela, pintando.

Sí, era de esas personas. De las que sonríen a la luna, y temen a los niños.

Su padre interrumpió, sus ensoñaciones abruptamente:

  •  Si hubieras ahorrado, como yo te enseñé de pequeña, ahora no estarías en esta situación, y podrías llevar una vida mejor. -¿ Me estás escuchando?

Una vida mejor… Esas tres palabras quedaron resonando en su cabeza.

Cómo explicarle , que llevaba justo, la vida que quería llevar.

Había visto y vivido cosas que jamás olvidaría.

Había recorrido las calles de París en bicicleta. Se había emocionado al ver asomar la punta de la torre Eiffel, entre los grises edificios, y allí mismo había gritado y saltado ante la sorpresa de los cientos de turistas japoneses, que se escondían tras sus aparatosas cámaras fotográficas. Había visitado el Moma. Se había probado unos Manolos de 800 dólares. Y había comprado en Tiffany.

Ahora tan sólo se dejaba llevar.

  • Hola. ¿ Cómo estás? Me preguntaba si hoy tienes clase a las 16:00, y si podía pasarme a escribir un post, y pedir un poco de asilo político…
  • ¿Te va bien a las 16:30?
  • Me va genial. Gracias.
  • Las que tú tienes corazón.

Decidió ir andando, ya que hacía un día fabuloso, más digno de la primavera, que del otoño en que vivía. Así podría pensar en lo que escribir.

  • Bien. ¿Y tú cómo te sientes después de todo?
  • Pues bien, no sé, anestesiada. Es como si estuviera vacía por dentro, y el hueco, estuviera relleno de viento.

Así era, no sentía nada, ni pensaba en nada cuando estaba con él. Sólo se dejaba llevar, y hacía y hablaba sólo lo que le apetecía.

No se sentía parte de él, no sentía romanticismo alguno.

Era extraño sentir de nuevo el roce de sus labios, la intensidad de su mirada cada vez que la acariciaba.

  • Es que no quiero soltarte -Murmuró él, atrapándola con fuerza entre sus brazos.

Ella se dejaba hacer, pero respondía con sus ojos.

  • Tal vez nunca lo hayas hecho, el problema es que quizá con el tiempo, yo me he vuelto resbaladiza como jabón en tus caprichosas manos.

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ºººUNIVERSO PARALELOººº

  • Te irá genial, te mereces ser feliz. Lo vas a lograr, no me cabe duda. Eres muy fuerte…

Todas esas palabras le sonaban como eco. Un eco salido de aquellos labios, que tiempo atrás tanto había besado.

Era fuerte, si. Lo sabía de sobra. A veces sentía el peso de cien años en su cuerpo.

No era elección propia, era algo que le vino impuesto ya desde niña.

  • ¿Tú que vas a ser de mayor?
  • Yo voy a ser fuerte.

Así pues, ya desde la más tierna infancia, aprendió a lidiar con ambientes hostiles, mentes obtusas, y un pueblo en donde las apariencias, y el que dirán dominan las vidas ajenas.

Después creció, y fue fuerte por cabezonería. No quería dale el gusto, a aquellos que esperaban con impaciencia, a que todo le saliera mal, a que se rindiera. Que se torciera del camino.

Siguió adelante pisando con determinación, con la cabeza alta, y mirando siempre a los ojos. Como bien le había enseñado su padre y su madre.

  • Lucha, se fuerte e independiente siempre cariño.

Luego siguió luchando, ya por costumbre. Luchó por dolor, con un corazón destrozado dentro del pecho. Sus amigas estaban lejos. No podían consolarla, hablar frente a una taza de té, o secarle las lágrimas.

En ese año, iba a clases por la mañana, por la tarde. Estudiaba de noche, y también trabajaba cuatro días por semana.

Dio a conocer su talento, su pasión. Garabateaba una libreta, y luego lo transcribía en su blogg.

Hizo nuevas amistades, algunas, de las que ya nunca podría separarse. Fue a desfiles. Le hicieron sesiones de fotos. La entrevistaron. Vio como algunas personas se emocionaban con sus diseños.

La felicitaron; Profesores, modelos, colegas, clientes.

Sintió el orgullo en los ojos de su padre.

Era fuerte, siempre lo había sido, y siempre lo sería. No necesitaba oírselo decir.

Había dejado de creer en él, de necesitarlo, de esperar nada suyo. Sus palabras le sonaban muy lejos, normal, pues ella ya estaba, en un universo paralelo.

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Gracias a la gran Megan Alonso, por ésta tarde de risas, y fotos.