UNA VIDA MEJOR.

Nunca había imaginado que fuese de esas personas.

Esas que caminan durante horas bajo la fría lluvia. Por el simple placer de estar sola, y pensar.

Cómo podría suponer que pasaría a estar horas frente al mar, escuchando el sonido que emitían las olas al chocar con las rocas.

Era difícil suponer, que se convertiría en ese tipo de persona, que poseída por la repentina inspiración nocturna, se tiraría noches en vela, pintando.

Sí, era de esas personas. De las que sonríen a la luna, y temen a los niños.

Su padre interrumpió, sus ensoñaciones abruptamente:

  •  Si hubieras ahorrado, como yo te enseñé de pequeña, ahora no estarías en esta situación, y podrías llevar una vida mejor. -¿ Me estás escuchando?

Una vida mejor… Esas tres palabras quedaron resonando en su cabeza.

Cómo explicarle , que llevaba justo, la vida que quería llevar.

Había visto y vivido cosas que jamás olvidaría.

Había recorrido las calles de París en bicicleta. Se había emocionado al ver asomar la punta de la torre Eiffel, entre los grises edificios, y allí mismo había gritado y saltado ante la sorpresa de los cientos de turistas japoneses, que se escondían tras sus aparatosas cámaras fotográficas. Había visitado el Moma. Se había probado unos Manolos de 800 dólares. Y había comprado en Tiffany.

Ahora tan sólo se dejaba llevar.

  • Hola. ¿ Cómo estás? Me preguntaba si hoy tienes clase a las 16:00, y si podía pasarme a escribir un post, y pedir un poco de asilo político…
  • ¿Te va bien a las 16:30?
  • Me va genial. Gracias.
  • Las que tú tienes corazón.

Decidió ir andando, ya que hacía un día fabuloso, más digno de la primavera, que del otoño en que vivía. Así podría pensar en lo que escribir.

  • Bien. ¿Y tú cómo te sientes después de todo?
  • Pues bien, no sé, anestesiada. Es como si estuviera vacía por dentro, y el hueco, estuviera relleno de viento.

Así era, no sentía nada, ni pensaba en nada cuando estaba con él. Sólo se dejaba llevar, y hacía y hablaba sólo lo que le apetecía.

No se sentía parte de él, no sentía romanticismo alguno.

Era extraño sentir de nuevo el roce de sus labios, la intensidad de su mirada cada vez que la acariciaba.

  • Es que no quiero soltarte -Murmuró él, atrapándola con fuerza entre sus brazos.

Ella se dejaba hacer, pero respondía con sus ojos.

  • Tal vez nunca lo hayas hecho, el problema es que quizá con el tiempo, yo me he vuelto resbaladiza como jabón en tus caprichosas manos.

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