PROGRESSIO

Estaba delante de la cinta giratoria, esperando mi maleta. Detrás de mi se abrieron las puertas automáticas, y pude verla, en una esquina. Siempre ha habido una sosegada prudencia en su carácter, que me da mucha tranquilidad, supongo que porque yo soy la antítesis. El caos.

Grité, por que soy una loca incapaz de controlar mis emociones. Ella no decía nada, pero no hizo falta. Estaba emocionada por verme, y temblaba ligeramente. Me había echado de menos. Yo a ella también. En cuanto pude echarle mano a mi maleta metalizada, corrí en su dirección. Tiré el bolso al suelo y la levanté en peso. Nos miraban. Pero nosotras no mirábamos a nadie. Ella repetía mi nombre, yo aspiraba su olor, el olor de una hermana.

– Que delgada estás Andre!

– Y tú que guapa.

Me había traído una empanadilla de atún, siempre hemos tenido el don de convertir lo cotidiano en una fiesta inolvidable. Yo comía, hablaba, y sacaba medio cuerpo de la ventanilla como los perros. Ella me miraba de reojo, asegurándome, que nada era lo mismo sin mi. Y contándome con la comedida prudencia del que ha sufrido, que por fin era feliz.

Al llegar al centro de Vigo, yo miraba perpleja las calles. Es una situación surrealista, el ver tu ciudad, la que conoces como la palma de tu mano, pero a la vez ya no la reconoces como propia. Te sientes extraña, como dentro de un pantalón prestado, que no es de tu talla.

– ¿Te llevo a algún lado o prefieres ir directamente a tu casa a ver a tu padre?

Yo me quedé en silencio, mordiéndome el labio inferior, que es el gesto instintivo, que evidencia que quiero decir algo pero por algún motivo no me atrevo.

Ana supo interpretarlo a la primera.

– ¿Quieres que pare un momento en tu playa?

– Bueno, si no es molestia… Total, creo que mi padre no estará en casa.

– Pero que molestia ni molestia, no seas tonta.

Ella seguía hablandome de sus planes y proyectos, pero cuando aparcó el coche delante del azul del mar, yo ya no era capaz de escucharla. Bajé y me adentré en mi playa, descalza. Cuando sentí el mar lamiéndome los pies, cerré los ojos y respiré profundo. Estaba en casa.

Eché a andar hacia la Fontaíña. Miles de recuerdos invadieron de inmediato mi mente.

Yo con cinco años sentada junto a mi madre mirando el mar en silencio.

Yo con siete años vestida con el disfraz que mi madre me había cosido con esmero. Y en las rocas se empeñaba en retratarnos juntos a mi padre y a mi, de perfil. Yo no podía para de reír, porque en el momento en que mi madre contaba hasta tres, y apretaba el botón, mi padre hacía algo que provocaba mi interminable risa, y en consecuencia, la desesperación y enfado de ella.

Yo con diecisiete años, escuchando el discurso de Manu de que el cuerpo era algo natural y hermoso. Ese día nos desnudamos todos los del grupo. Yo empecé a aceptarme. Nadé desnuda y sequé mi cuerpo al sol por primera vez. Sentí tanto placer y libertad, que ya nunca he podido renunciar a esas dos sensaciones.

Yo con treinta y uno, comiendo helado de madrugada con él. Moviéndome encima de él. Mi tanga mojado. Su polla dura. Mi boca fría. Su lengua caliente. Yo sonriendo. Él mirándome. Fuegos artificiales…

Sacudí mi cabeza intentando apartar ese último recuerdo de mi cabeza.

Tantas, tantas cosas vivídas, que a veces sentía que era imposible que todo hubiera pasado en el transcurso de una sola vida.

Mis pies se detuvieron donde se varan las gamelas, y justo delante mía, la de mi abuelo. Mis dedos acariciaron la madera gris, agrietada de sal, perfumada de brea. Quise llorar y gritar, exigir un porqué, pero me quedé paralizada ante mi pasado, mis raíces lograban enmudecerme hasta la asfixia.

Ana me miraba desde el paseo, solté el aire de todos mis recuerdos de golpe, y me reuní con ella.

– Llévame a mi ghetto Ani.

– ¿Estás bien?

– Si, sólo quiero ver a mi padre.

Metí la llave en la cerradura, y allí, estaba él de pie tras el umbral del sexto b. Yo pronuncié su nombre como la más dulce de las declaraciones de amor.

Suso.

Mi padre.

Mi cura.

Me miró de arriba abajo, y sentenció a modo de saludo, un rotundo:

– No estás comiendo, y no intentes mentirme, que no te parí pero casi.

Así es el padre que me parió, poco dado a las muestras de cariño, pero pragmático y sincero hasta el escarnio más absoluto.

No se cuánto tiempo estuvimos hablando de la vida y sus bandazos. Pero yo ya no me acordaba de Londres, ni de su eterno gris.

Dejé la maleta en mi habitación. Todo estaba tal y como yo lo había dejado. La escultura en la mesilla. El cuadro de Frida en la esquina. Un dibujo de Sara Herranz en el centro de la pared, y en la cama un paquete.

– Mi padre me observaba desde cierta distancia.

– ¿Y éste paquete?

– Es un regalo.

– Muy hábil padre. Eso ya lo veo. ¿Pero porqué?

– Porque si. Cállate ya, y ábrelo de una vez -En sus ojos brillaba un destello de ilusión.

Era un libro de Patty Smith, que yo quería desde hace tiempo. Él lo sabía y sabía también de mi admiración por esa mujer. Creo que fue amor a primera oída. a los once años, en la cocina de casa me había puesto Horses por primera vez. Nos recuerdo bailando al ritmo de esa leyenda. Años después pude verla en concierto en Castrelos y me terminé de enamorar del todo, de su exquisita humildad, de la fuerza de su mirada, de su firmeza.

Supongo que no había sido fácil para ella, cuando de joven, tan alta y desgarbada se presentó con sus gafas oscuras y su pelo despeinado dispuesta a hacer ese tipo de punk- rock salvaje, una vida. No era guapa como Deborah Harris ni Chrissie Hynde. Pero tenía algo amigos, algo más poderoso que la belleza, y menos efímero. Esa luz que desprenden las mujeres que hacen lo que les sale del coño, sin pedir permiso ni perdón.

– Vas morrer Suso! -Dije al fin sin salir de mi asombro.

– ¿Te gusta?

– Claro que me gusta, pero me parece muy raro. Tu no eres detallista. Si que me has echado de menos entonces…

No dijo nada, pero sus cansados ojos verdes, hablaban sin necesidad de sílabas. Una punzada de culpabilidad recorrió mi espina dorsal.

A las seis de la tarde yo ya estaba lista para ir a pasear con él.

– ¿Donde quieres ir?

– A donde tú vayas me viene bien. He venido a estar contigo todo el tiempo que pueda.

– Yo voy desde aquí al centro andando, tomo un café, leo un poco el Faro y me vengo a cenar y ver una película.

– Me viene bien.

– ¿Y tienes que venir así vestida? Ésto no es Londres Andrea.

– Yo voy vestida como me sale del coño.

– Si, como te sale del coño si, pero luego te mira todo dios por la calle, y a mi me gusta pasar desapercibido. ¿No te puedes poner un pantalón vaquero? Como hacen todas las chicas, que vas con esa ropa que yo no se de donde la sacas. Yo no veo esa ropa que usas tú en los escaparates de las tiendas.

Lo miré muy tranquila, haciendo caso omiso. Divertida.

– Yo no soy todas las chicas Suso.

– Bueno va, anda. Si es que al final haces siempre lo que te da la gana…

Por las mañanas dormíamos hasta tarde. Yo me colaba a hurtadillas en su cuarto. Me abrazaba a su espalda, y hablábamos de la vida, de rock, de su enfermedad, de Cristina.

Después de comer veíamos el telediario, saber y ganar, y el documental de la Dos. Yo flipaba con todo lo que sabía sobre animales. Dando todo tipo de nombres de especies, detalles curiosos y lugares de origen.

Yo siempre acababa quedándome dormida contra su rodilla derecha.

– Y así, ya soy feliz Andre.

Por las tardes siempre paseábamos por sitios diferentes, que el escogía siempre, sabiendo que habría en ese emplazamiento algo que podría gustarme.

Por las noches sacaba una peli de su colección, que aseguraba que yo tenía que ver, y su porqué. Vimos Dead Proof, Jackie Brown, Paseando a Miss Daisy, Tarde para la ira, Una Jaula de Grillos, etc…

A veces discutíamos. A veces tenía dolor. A veces yo lloraba de impotencia. Y la mayor parte del tiempo nos reíamos de todo y de todos.

El fin de semana salí Viernes y Sábado por la noche. Tocaba vida social y relacionarme. Había quedado con Juan e Israa.

Bebimos de pura alegría de vernos. A ella le regalé un libro de feminismo que a mi me cambió la vida. A él lo abracé sin decir nada, en un abrazo sentido y sincero. Intentando borrar el último recuerdo que habíamos compartido juntos seis meses atrás.

Yo borracha de dolor y cerveza, llorando sin parar como un dique roto, preguntándole qué tenía de malo. El con sus ojos tristes, asegurándome que no tenía nada de malo.

Las horas volaron como vuelan los colibríes en verano. Israa me abrazaba y bebía vodka a pelo. Yo bailaba sin música y Juan nos sacaba fotos y se reía con mis bromas hasta convertir sus ojos en una fina línea.

Corrimos por Principe, al grito de “feminismo o muerte”, con el puño en alto y el corazón en la boca. Muertos de risa y vida.

Al llegar a Churruca Juan nos metió en la Fiesta de los Maniquíes. Irrumpimos como un vendaval bailando y saltando. Yo no me di ni cuenta de donde estábamos hasta que el complacido dueño me vino a dar los dos besos de rigor a modo de saludo. Tampoco se a cuantas cervezas me invitó Juan. Sólo se que creamos una atmósfera poderosa entre los tres, que se contagiaba a todo el que atravesaba la puerta. Y se empezó a llenar tanto que acabamos en las escaleras de fuera todos. Charlando y bromeando.

El sábado ya fue distinto, yo tenía una sensación extraña. Y empeoró cuando me crucé mientras daba vueltas con el coche intentando aparcar a la altura de La Juakina, con un grupo de amigos de la última persona que yo quería ver; Él.

El único artículo determinado singular, que se había convertido en nombre propio.

Uno de sus amigos giró la cabeza en dirección a la música que salía de mi coche. Pero no podía ser, ese chico estaba recorriendo Australia o Indonesia… No podía ser él. No eran ellos. Probablemente me estaría confundiendo.

– Me cago en Dios! bramé bajando la canción de Led Zeppelin que sonaba a toda ostia.

– Por favor no. por favor… Repetí en bajito. Que no esté. Que no me lo encuentre por favor.

Pasé toda la noche distraída y con cierta incomodidad en el cuerpo. Sin ser capaz de concentrarme en lo que mi amigo me contaba.

En Churruca, me dijo que tenía que pasar por el mismo local donde habíamos estado la noche anterior, porque tenía que hablar unas cosas de trabajo con el dueño. Yo temblaba.

– ¿Tienes frio?

– Si, supongo que si.

No me atreví a decirle lo que pensaba.

Y justo en la puerta, sus amigas. Una pareja de tías geniales, que mi ex artículo determinado, me había presentado, hace ya como lo que yo sentía una vida.

Me quedé sin respiración. Cómo si me dieran de lleno en el estómago. No por ellas, que me caían genial. Tan simpáticas, tan abiertas, de esa gente con la que te puedes pasar una noche entera arreglando el mundo.

Empecé a repetir mentalmente ésta vez, la misma plegaria; Por favor no, Por favor…

Ellas me miraron, y pude leer en sus pupílas un reflejo de pena. Un, lo sabemos.

Yo por mi parte me sentía como si tuviera un cartel luminoso donde se podía leer; Demasiado intensa, razón aquí.

Me apoyé en la pared, porque me sentía mareada, pero fue algo que creo que nadie percibió.

Empezamos a hablar, y me hicieron sentir cómoda de inmediato, cosa que yo agradecí. Juan charlaba sin parar. Yo estaba algo distraída, aunque me reí bastante con ellas. Al rato se fueron. Y nosotros también.

Una chica me paró delante de lo que era el Rass para decirme que le encantaba mi estilo. Que de verdad, pero de verdad, que le encantaba mi look. Yo le di las gracias y dedicándole una sonrisa a medias, me fui.

Quería volver a casa, abrazar a mi padre y desaparecer.

No volví a pensar en él, pero os mentiría si dijese que esa noche no tuve pesadillas, y el resto de noches que vinieron después también.

Demasiado intensa si, pero mentirosa yo no…

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