FINEM

Los días antes son una mierda, desde siempre. Me imagino a Eva en el Edén nerviosica perdida, la noche antes de sentir el jugo de la ácida manzana del pecado corriendo por su mentón.

Esa intranquilidad que sientes cuando sabes que algo va a pasar, y que no puedes hacer mucho por evitarlo.

Así estaba yo esa mañana de Mayo, escondida debajo del edredón, y rezando para que cayese una plaga de langosta que me impidiera regresar al sucio y gris London.

Saqué la cabeza para echar un ojo y comprobar a través de la visión que me ofrecía mi ventana, que mis plegarias aún no habían sido escuchadas.

Salí de la cama y de puntillas me colé en la penumbra de la habitación de mi padre. Muy despacito me metí como una ladrona experta en su cama. Como cuando era niña y me aterraba que se muriese.

Con ocho años desrrollé un pánico horrible, a que el muriera, y me colaba en su cama temblando. El me abrazaba y le sacaba hierro al asunto.

La muerte forma parte de la vida Andre. Las personas no desaparecen aunque se mueran, porque siguen viviendo dentro nuestra. Una persona vive mientras se sienta querida de verdad. Yo se que tú me vas a querer toda la vida, por eso no me voy a morir nunca.

Yo lo miraba con los ojos como platos, no entendía como no era capaz de dibujarme una tortuga, pero si de explicarme el sentido de la vida con un par de frases.

– ¿Qué haces aquí?

– No puedo dormir más.

– Pues yo si, ésta noche me han dolido mucho las piernas y no he podido dormir, así que no hables mucho.

– Vale.

El silencio volvía a colmar la estancia de nuevo. Yo apoyaba mi cabeza contra su cálida espalda. Lo abrazaba y aspiraba su aroma, cerrando los ojos.

– Antes de comer te voy a llevar a una playa que conozco. En ésta época no hay nadie, y se conserva casi virgen, te va a gustar.

– Que bien Suso.

– ¿Bueno y cómo vas de amores? ¿Aquel chico que…?

– ¿En serio ha salido esa pregunta de tu boca?

– Será que me hago mayor. Vas a contestar o no!

– Ya no hay nadie. Me limito a tener sexo cuando me apetece y punto. No lo soporto más papá. Estoy cansada de intentarlo, y sentir cuando acaba que se quedan con un trozo de mi. Creo que no soy la típica mujer que pueda estar en pareja. Hay algo en mi que no…

– Claro que no eres la típica, y menos mal. ¿Que quieres casarte y tener hijos? No eres así, buscas otras cosas en la vida, disfrutas y te nutres de otros modos. La gente no siempre lo entiende Andre, pero no hay nada de malo, y acabarás topando con alguien que no sólo no tenga miedo, sino que no quiera estar sin ti.

– No sé.

Nos quedamos en silencio, y al rato nos dormimos. Me sorprendió notar como por primera vez en la vida, no se sentía feliz ante mi soltería.

Antes de comer recordé que tenía que devolver el libro que había cogido prestado en la biblioteca, y que no me había dado tiempo a terminar.

Me puse un vestido y unos tenis, metí en el bolso las llaves del coche y salí disparada.

– Mierda, el puto libro! Yo soy gilipollas! Exclamé en el portal.

Después de dar media vuelta y asegurarme tres veces de que ésta vez si llevaba conmigo, el motivo de mi salida, me fui.

Mientras esperaba el ascensor podía escuchar la amenaza de mi padre de que si llegaba tarde, se comería toda la tortilla, y que yo, tendría que comer mierda. Así es él. Cariño en capital letters.

Después de cumplir mi cívica obligación, y caminando hacia al coche a paso rápido para no perder la delicatessen que Suso estaría cocinando en nuestro pisito de protección oficial, me lo topé. Literalmente.

Caminaba mirando la acera, pensando en la ocasión propicia para dar el golpe y robar un barco, y cuando alcé la mirada, ahí estaba Luis paralizado.

No nos veíamos desde antes de irme a Londres. Luis había sido el primer hombre en mi vida que me había dicho con sinceridad, que yo podría lograr cualquier cosa que me propusiera. También había sido el primero en follarme.

Ahora parecía el la niña de dieciocho.

-Andrea, repetía en murmullos, como si no terminara de creerse lo que veía.

-Hola Luis. Me acerqué para besarle ambas mejillas, y pude palpar su nerviosismo.

– ¿Que tal estás? ¿Has vuelto? Estás más delgada, dijo agarrándome las manos y demorando la vista en mi cuerpo más de lo protocolariamente aceptado.

– Vai a merda. Estoy bien. He venido unos días de vacaciones. Y antes de escuchar quejas por no haber ido a verlo añadí; Necesitaba pasar tiempo con mi padre.

– Comprendo, dijo sonriendo.

-Tengo que irme ya. Cuidese mucho Luis Roberto.

– Me alegro de verte Andre, dijo cogiendome cariñosamente por el mentón. Estás… estás…

– Viva, añadí yo, con las mejillas ardiendo. Chao, dije evitando sus ojos, y seguí mi camino. Podía notar sus ojos clavados en mi espalda. En ella o quizá un poco más abajo. Me eché a reír, pensando que hay cosas que nunca cambian. Por muchos años que pasen.

La playa no podía ser más de mi agrado. No había nadie, estaba limpia y había plantas y dunas. Me quedé un instante atónita viendo el mar. Lancé los zapatos al aire y eché a correr hacia la orilla. La arena era suave y podía sentir la calidez del sol colándose entre los dedos de mis pies. Yo gritaba y saltaba en la orilla mojándome de espuma y sal el vestido que ondulaba al viento.

– Estás como una puta cabra. Decía Suso con el ceño fruncido, pero con una media sonrisa en los labios.

Nos sentamos en la arena a mirar el mar en silencio.

Suso comenzó a hablarme de la gran fuga de Alcatraz que es una historia que le fascina. Yo lo escuchaba tumbada sobre la arena, mientras observaba las nubes moverse. Cerré los ojos para grabar ese momento, el tono exacto de la voz de mi padre, el azul del cielo, la velocidad de las nubes al ser empujadas por el viento, el carácter salvaje de un mar que siempre me acogía como un amante anhelante. Allí, en ese mismo instante, al sentir la suave caricia del sol sobre mi piel, determiné que probablemente no sería más feliz en la vida. Y quizá tampoco necesitara más.

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