No me llames Medusa, llámame Gorgona.

Quiero que te pongas aquí, en el centro de la cama, me ordenó Adri, sólo voy a probar la luz, pero creo que puede salir algo muy interesante.

Yo obedecí vehemente, y me dejé hacer y guiar en todas sus indicaciones. Me resultaba muy fácil posar para él.

Después de medir la iluminación y tomarme algunos retratos de prueba, empezó a disparar en serio, su transformación era evidente. De repente, su rostro y su cara se sumergen de lleno en un mundo que sólo él puede ver. Encaramado en el quicio de la ventana, me observaba muy quieto.

Dios mío Andrea, emanas una fuerza, algo tan poderoso… Eres preciosa, ojalá pudieras verte como yo te veo a ti. Sus palabras lograron emocionarme, pero lo disimulé bien.

Tumbada en la cama boca arriba mi pelo caía desparramado en todas las direcciones.  Él continuaba observándome siempre desde el silencio.

Te pareces a Medusa, dijo al fin. Medusa, repetí muy bajito, me sonaba lejanamente ese nombre, y sin embargo no sabía de qué.

Sí, la semana pasada fui a una exposición en el Tate, Medusa fue una Diosa de la mitología griega, una mujer de las que te gustan a ti. Deberías ir a verla, estoy seguro de que te gustará su historia. En su melena, en vez de cabello, la representan con una salvaje melena de serpientes, y en éstos momentos, me recuerdas a ella.

Belleza, ese animal de dos caras y afiladas fauces. Es importante ser bella, la fealdad es considerada desafío, insulto. A pesar de que no nos pertenece, es ajeno a nuestra voluntad. Uno no decide nacer bello, sin embargo si se nos castiga, se nos aparta o se nos devalúa si no somos poseedores o perdemos con el paso del tiempo ese preciado don.

Siempre he desconfiado de ella. Desde pequeña, conozco de cerca los estragos que puede provocar.

Lo he vivido con mi madre, cuando una tarde al volver de la peluquería se encerró en el baño, y no salía. Mi padre me puso los dibujos en la tele, a un elevado volumen que yo no entendí.

Me agazapé tras la puerta del salón para intentar averiguar cual era el motivo de tanto comportamiento extraño. Le susurraba dulcemente. Ella lloraba.

– Cris, que pasa, vamos abre la puerta, déjame entrar. Venga anda, que se va a asustar la niña.

Esas últimas palabras parecieron persuadirla e hicieron que el pomo se girara. Su pelo estaba totalmente despeinado. Mi padre la abrazó y la peinó con los dedos.

– La peluquera no ha dejado de decirme que se me cae mucho el pelo, que qué me pasa, que como siga así me voy a quedar calva y que es una pena con lo bonita que había sido siempre, decía mi madre temblando y con los ojos llenos de lágrimas.

– Pero vamos a ver Cris, ¿ Le vas a hacer caso a esa piojosa que lo único que sabe hacer en la vida es cotillear? ¿ Que lo más lejos que ha estado es en Canido? ¿Que lo único que ha leído en su vida son revistas del corazón? Mírame,  le agarró suavemente la cabeza posando ambas manos a cada lado de su cara, para elevarla. Tú eres preciosa. Eres una artista Cris, me oyes, una ar-tis-ta, estás por encima de toda esa mierda. No necesitas vestidos, ni maquillaje, ni tan siquiera una melena de lechera como tanto desea tu madre. Cristina empezó a reírse entonces.

Mira que sonrisa. Eres tremendamente hermosa. Es imposible Cris, escúchame bien, imposible no mirarte, no desearte, porque eres luz, esa pura y brillante luz que lo llena todo. Y después de haberte visto así, como yo te veo, es imposible apartar los ojos de ti.

Mi madre ya no sonreía, sólo se miraban el uno al otro en silencio, de un complejo modo que yo jamás he vuelto a ver.

Ella sabía que mi padre sentía cada palabra que decía, yo a pesar de mi corta edad, también lo sentía.

Años más tarde lo viví con mi padre. Yo estaba en el instituto, en plena adolescencia y ebullición hormonal.

Su cara y su cuerpo sufrieron un deterioro importante. La gente nos miraba como si tuviésemos tres cabezas. Los vecinos murmuraban a nuestro paso. Vivir en un pueblo, nunca nos ha favorecido, era como estar metidos en una pequeña caja de cartón, ambos sentíamos la asfixia atenazándonos.

Una tarde sentados en una cafetería un niño muy pequeño se acercó a nuestra mesa a recoger un balón que se le había escapado. Al ver a mi padre el niño tornó el gesto y empezó a llorar. La imagen de mi padre lo aterraba.

Yo vi el dolor en el gesto de mi padre, y empecé a hablar y hablar para intentar aturdirlo con mis tonterías y evitar que pensara en lo ocurrido.

Pero ya por la noche, lo encontré mirándose en el espejo del baño. Me acerqué hasta quedarme a su lado, ambos reflejados en ese cruel rectángulo de cristal.

Los niños me tienen miedo Andre, mi cara los asusta como si fuese un monstruo. Soy incapaz de reconocerme, ya no queda nada de lo que algún día fui.

Eso no es verdad, te queda la nariz. Contesté yo rápidamente y con el gesto serio, para intentar desviar el dolor que mi padre sentía, y que a mi misma me hacía sangrar el alma. Nos miramos un segundo, y estallamos a la vez en un ataque de risa tan fuerte, que nos dejó tirados en el suelo del baño durante media hora. Siempre me he sentido orgullosa de tener su nariz, y de usar el humor como cura y antídoto de los mayores pesares de la vida.

También lo he visto en alguna de mis amigas que ha llorado tardes enteras después de ahogar su vómito en la ducha, porque no era lo suficientemente delgada. Porque el chico que le gustaba, le había dicho que la quería pero que le daba vergüenza que sus amigos lo vieran con ella.

Si eres mujer naces con una carga mayor. Agradar, como si estuvieras en ésta vida para anteponer las necesidades de los demás a las tuyas propias.  Sonreir, como si la vida fuese un chiste o el Instagram de Laura Escanes tolrrato.

Competir con el resto de mujeres, como si fuésemos enemigas en vez de compañeras. Si no eres guapa no te querrán, como si la única valía de la mujer fuese temporal y estética.

No debes llamar la atención, ni hablar demasiado alto. No debes hablar de sexo de forma explícita, no debes vestir así o asá. Debes depilarte, porque las mujeres no deben tener vello en zonas donde a los hombres les abunda. Porque serás juzgada y sometida por hombres y mujeres al mismo tiempo.

Por tus amigas, que te dirán que si no tienes hijos te vas a arrepentir, como si sólo existiese un único modelo de vida posible. Por tus padres que creen que tu vida les pertenece, e insistirán en que estudies la carrera que a ellos les parezca más oportuna. Serás sometida por un cura que te dirá como y cuando debes usar tu cuerpo, ese que te pertenece sólo a ti amparándose en un supuesto pecado que tan sólo ellos tienen en su cabeza. Serás sometida por tu novio, que probablemente te diga que ese vestido es demasiado corto, y que vas demasiado maquillada.

Las fotos me parecieron sumamente potentes, crudas y dotadas de cierta fuerza impactante. Ambos quedamos muy satisfechos ante el resultado, y nos despedimos, contentos y emocionados con lo que éramos capaces de crear juntos.

De camino a casa, en un sucio vagón de la Victoria Line fui elucubrando sobre cómo redactaría el post para esas fotos, y en cuanto tuve señal en mi teléfono, tecleé las seis letras: MEDUSA.

La Diosa Atenea, decidió castigar a la bella Medusa, convirtiéndola en un monstruo, al enterarse de que su hijo Poseidón estaba enamorado de ella. La despojó de todos sus atributos de belleza. Su hermosa melena fue sustituída por cientos de serpientes. de sus labios entreabiertos sobresalían unos terroríficos colmillos. No contenta con eso, le robó también la capacidad de ser amada, por tanto, cada vez que alguien miraba a Medusa, éste se convertiría en piedra, o acabaría muerto.

No importó que se sospechara que Poseidón no la había seducido, sino que la había violado. La ira de Atenea, hizo que Medusa terminara literalmente despedazada, por el único pecado de ser hermosa.

Entonces recordé perfectamente, porqué me sonaba tanto el nombre de la Diosa de Grecia.

Yo era muy pequeña, y jugaba en el salón de casa junto a mi madre, que trabajaba en un enorme encargo que le había hecho una mujer del pueblo. A mi madre no le caía bien, pero decidió aceptar el encargo, porque no andábamos bien de dinero. La mujer iba a abrir una cafetería cerca de la iglesia, y por eso, le pidió a mi madre que le hiciese varios cuadros. entre ellos,  un retrato de su diosa de la mitología griega preferida, y que daría nombre a la cafetería, Atenea. También le encargó un óleo enorme, un árbol genealógico que había visto en un libro con todos los dioses y diosas de la Antigua Grecia.

Mi madre se obsesionó con la enorme pintura. Trabajaba sin descanso durante largas jornadas.  En aquella época empezaba a perder la visión del ojo izquierdo. El cuadro contaba con muchísimos detalles, meticulosamente plasmados, por lo que su esfuerzo aún era mayor.

La mujer del encargo había encontrado desorbitado el precio de veinte mil pesetas del último cuadro. Mi madre se había mantenido firme, y la compradora finalmente aceptó el trato.

Mi padre le suplicaba que no lo vendiese. Necesitamos el dinero, sentenciaba categórica mi madre. Sólo es un cuadro Suso. No lo fue. Fue su último encargo, después de eso decidió que no volvería a pintar para nadie más que para nosotros.

A mi me fascinaba verla pintar y solía sentarme junto a ella muy quieta a observarla trabajar en los pequeños rostros del árbol genealógico.

– ¿Que te parece Andre, te gusta?

– Me gusta mucho. ¿ Quien es esa de ahí mami?

– Oh, esa es Medusa, es la Diosa que más me gusta.

– Pero si no es guapa mami, me da miedo.

– No debe darte miedo, la belleza es desconsiderada y pasajera, no siempre es algo bueno. Hay una diferencia Andre, entre ser guapa y ser bella. Y Medusa era la más bella, a pesar de ese aspecto amenazante, ¿Sabes porqué?

– No mami.

– Porque era fuerte, era una luchadora, y en la vida no hay mayor belleza que esa.

 

 

A Cristina.

 

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