Todo es mentira

 

LONDON.

 

La flemática luz de Londres no conoce persiana, así que aquel jueves a las siete y treinta y cuatro de la mañana mis párpados se entreabren.

Hum.

Joder.

Bostezo. Me froto los ojos. Me atraganto con mi propia saliva. Toso.

Me pongo sobre mi blanco cuerpo mi también blanca bata, la amarro con un lazo a la cintura, se me ven un poco las tetas, me miro y decido aprobar la imagen. Me da igual. Sólo son tetas. Y de dudosa belleza. Ok.

Arrastro ruidosamente los pies en un ejercicio que pretende emular al caminar humano, abro el armarito de la cocina que me corresponde, cuatro botes de cola cao de 800 gramos me sonrien. Gracias.

 

OPORTO.

 

Me veo a mi misma con las mejillas encendidas disculpandome ante la azafata del mostrador de Ryanair. LLevo tres kilos de más en mi maleta. La abro, delante de unas quince personas que lanzan sus ojos ávidos al contenido destripado de mi equipaje abierto. Libros. Comida. Un sujetador. Enough.

Saco los cuatro botes de Cola cao y los meto en una bolsa rehusada del Froiz.

Paseo por el aeropuerto tras facturar y con la bolsa del Cola cao a cuestas, me rio para mis adentros de lo que cutre y surrealista de la escena. La gente me mira. Yo a la gente no. Me aburren. Busco un rincón alejado donde poder tomar asiento. De lejos sólo alcanzo ver a dos hippies, con una botella en la mano que parece calimocho. Bien.

Me siento en el suelo con las piernas cruzadas y abro el libro de Zahara, no leo ni cinco páginas cuando una niña de edad indeterminada pero muy bajita se me sienta al lado.

Unos rizos desordenados se le pegan a la frente y le caen sobre unos de sus enormes ojos. Comienza a soltarme una retahíla de algo parecido a palabras en un idioma que desconozco. Yo la miro y no puedo evitar reírme, ella también se ríe.

Estás loca hermana, le digo. Pone cara de meditar mis palabras y me planta un beso en el centro de mi mejilla izquierda. Me la quedo mirando sorpendida por el gesto, sin reacción.

La que supongo que es la madre la llama a gritos mirando en nuestra dirección, mechas de raíz para intentar ser rubia. Uñas acrílicas esmaltadas a la francesa. Gafas de sol en la cabeza, a modo de diadema. Ains. Huele a clase media con asias de alta y a Allur desde siete metros.

Me lanza una mirada rápida grumosa de rimmel y frunce la boca en un imperceptible pero inconfudible signo de desaprobación. Coge a la loquita del brazo y se la lleva. La niña rompe a llorar sin dejar de mirar en mi dirección.

Eso es. no dejes que te jodan, le digo, que tú eres tuya y de nadie más, le digo mentalmente a modo de despedida. Levanto mi puño izquierdo. Estalla en risas otra vez, y la pierdo de vista.

Me quedo mirando el extraño paisaje sin pensar en nada y en todo al mismo tiempo.

Me levanto con una pierna dormida y el hormigueo que conlleva. Tengo la vejiga llena de todos los líquidos que no podré pasar por el control de segurança.

Me lavo las manos mirándome al espejo.

No quiero irme, me digo en voz alta a mi misma.

No quiero irme.

No quiero irme.

No quiero irme y me voy. Shit.

Mis ojos se cristalizan, conozco esa sensación que me sube por la garganta. La aplaco.

Me siento muy sola.

NO.

Basta. No vas a llorar, que se llora por un cáncer, no por ésto.

Un ramillete de flores de plástico en la pared me distraen, están metidas en un jarroncillo anclado a la pared, me recuerda a lo que ponen en los nichos de Coruxo  a los seres queridos.

Pues igual mucho no querías a tu padre si le pones esa mierda en la lápida. Tus hijos, tus nietos y tu esposa no te olvidan y por eso te ponen esa mierda que compraron en el hiper chino de San Andrés.

Río mi cinísmo. Yo puedo hacerlo. Yo sé lo que es.

Carta astral: Géminis, descendente huérfana.

Preparo la cafetera. Agua. café. Enrosco. nada de cápsulas de colores en máquinas de diseño ni trapalladas similares.

Agua. Café. Fuego. Listo.

Me siento y abro el envase de un donut pantera rosa que mi padre me compró en mi ciudad.

 

VIGO.

 

La estación de autobúses de Vigo es jodidamente deprimente, estoy destemplada y la luz me hace daño en los ojos. Me he pasado todo el viaje desde el aeropuerto durmiendo, llego como siempre. Destrozada de trabajar y con frío.

Miro en todas las direcciones menos en una, y cuando me percato, allí está él, sonriendo.

Suso me saluda agitando una mano.

– Qué, ti qué, xa pensabas que non viña a buscarte.

-Nah, xa sabía que estarías aquí, polo menos vinte minutos antes.

Lo miro. Me mira. No hay nada más que decir, las cosas con Suso son así de sencillas.

Al acomodarnos en nuestros sendos asientos del viejo Saxo me informa de que ha comprado una empanada de atún en la panadería de Navia que tanto me gusta, también ha hecho una tortilla de patatas con espinacas frescas, y me ha comprado Donuts de esos de los que me gustan.

¿Fixen ben ou mal?

Fixéches ben. Digo yo con una sonrisa que no me entra en la cara. Me mira de reojo.

-¿Quéres que colla pola Praza de España pa que míres a fonte dos cabalos?

-Si, porfa.

Atravesamos las Plaza de España, los caballos cabalgan hacia el cielo, me parece verlos sonreírme.

Mi padre me cuenta las novedades, la mancha de humedad en el baño, que van a inaugurar unas escaleras mecánicas, que pusieron otra vez mal las placas del nuevo campo del Celta, que él está bien, que no me preocupe.

Yo tengo la cabeza apoyada en mis manos por fuera de la ventanilla, aspiro el olor de mi Vigo, donde nunca pasa nada, pero donde cabe todo lo que siento.

Sonrio al ver el graffitti de la mujer guerrillera que hace ángulo entre la que va hacia el Casto y la Zamora.

Mi ciudad puede que duerma, pero eso no significa que deje de latir.

Bajamos Gran Vía, el sonido de las guitarras de Boston se mezcla con la voz de mi padre.

Pasamos la casa de Mariló, las Jesuitinas con su enseñanza concertada y bilingüe, donde las niñas de siete años saben más palabras en inglés que en Gallego. Vergüenza.

LLegamos a la Plaza de América, el padre que me parió dice que hizo un frio de carallo toda la semana.

Observo en círculo el viejo Santa Irene, el Centro Comercial Camelias, y subimos por Coya. En Coya me siento segura, Coya obrera, sufrida, amplia y llena de árboles.

Damos la vuelta en la rotonda del Alcampo, la rotonda de la discordia, donde el Alcalde decidió insalar el Alfajeme, un barco de pesca insignia, alegándo que en el puerto el gasto de mantenimiento era desorbitado. Por la noche unas luces rezan: A xente do mar.

A mi me encanta.

Qué, ahí tes O Baco, dice mi padre.

O Baco, repito yo.

-Ti tes que sacar o título de patrona de ría Andre, a ti gústache o mar.

Tenía razón, aprender a navegar siempre ha sido una de mis cuentas pendientes.

Ti o sacas fácil que ti es espabilada, non me fodas, se calquera de Coruxo poido, ti tamén, eu axúdote, pódote explicar.

Los días transcurren tranquilos. Por las mañanas me cuelo en la cama de mi padre como una niña de treinta y dos años, él protesta, pero siempre me deja y hablámos de la vida, de política, de feminismo.

Él me cuenta sobre pelis de Buñuel, yo le explico la de Call me by your name.

Antes de que nos levantemos, me propone tapiar puerta y ventanas, yo apoyo la moción sin vacilar.

Por las tardes vemos cifras y mierdas, yo le digo que Jordi Huntado perece un robot y el me responde torciendo el hocico

– Se llama Jordi Hurtado y es el mejor programa de la televisión.

Me quedo dormida cada tarde con el especial La India; Tierra de Monzón, acurrucada contra su rodilla.

Siempre le propongo irnos al Valmiñor, a hacer el paseo de la marisma de Gondomar. Cuanto menos gente más luz.

Cuanta menos gente más yo.

Más él.

Mejor.

Yo me cuelgo de su brazo. Se pone rígido. Non me ajarres coño, que non me justa.

Por la noche vemos Fariña, mi padre me explica como serprenteaban con las planeadoras por la ría de Arousa para introducir la merca.

Yo pienso que no me importaría nada marcarme un trío con el Sito Miñanco de la ficcion y con Roque. Hum. Galiza calidade neno.

O que teño que facer pra non ter que ir o mar. Sobra peixe que vender e fariña pra amasar.

 

 

LONDON.

 

 

Engullo dos Donuts, mojados en el Cola cao y me quedo mirando los azulejos que hay encima del fregadero.

Me siento sola, pienso, y es una jodido monstruo hambriento que te clava los dientes en el cuello para chuparte la sangre. Y es un secreto que no puedes reconocer en voz alta.

Y la gente no lo entiende. Piensan que lo contrario a la soledad es tener una pareja, quizá a los demás eso les funcione. Yo sé que a mi no.

– ¿Qué tal por Londres?

– Pues es una ciudad totalmente sobrevalorada, fría y rápida. Siento que no pertenezco allí, pero cuando vengo a Vigo también siento que no hay espacio para mi. Todo el mundo tiene su vida establecida, y la mía me da la sensación de que está en barbecho, suspendida en el aire. Hecha un mess.

Y me da mucho miedo, y a veces me siento sola y lloro por las noches. Por que no recuerdo con exactitud el último abrazo sentido que me han dado, ni la última vez que me han hecho el amor.

Hace siglos que no mantengo una conversación que realmente me estimule o me interese. Pero nada eh, yo palante, intentando medrar en mi trabajo, a pesar de que tengo una vm que se siente amenazada por mi, y me maltrata e intenta humillar.

Pero del resto todo OK, salgo, bebo todo lo que me ponen por delante y bailo, hasta que no recuerdo mi nombre, entonces me vuelvo a casa, eso sí, siempre hay algún grupo de tíos que como llevo las piernas al aire se sienten con el derecho de decirme babosadas y faltarme al respeto, y cuando me enfrento a ellos pues me llaman puta, se ríen y me graban con el móvil.

Yo me alejo y sopeso la posibilidad de tirarme a las vías del metro, porque me siento muy cansada. Mucho. Demasiado.

Y veo a una que era mi amiga cotilleando sobre mi con otra chica.

Y veo a mi madre que no se puede levantar de la cama, y que habla muy bajito.

Y veo a mi ex novio diciéndome que soy demasiado intensa pero que follo fetén sin mirarme a los ojos.

Y veo con dieciséis años a un chico gritándome delante de mis amigas que si adelgazo igual estoy buena.

Y me veo a mi misma gritándole a una profesora de Teis, que no tiene ni puta idea de enseñar.

Y me veo a mi misma con ocho años pidiéndole a mi padre que no se vaya, que se quede conmigo.

El metro penetra con violencia en la estación de Picadilly Circus, y sus luces me ciegan y me quedo paralizada como una gata asustada.

Tranquila Andrea

Calma

Respira

Respira

Respira

Respira.

 

 

Mañana es lunes y vuelvo a Vigo.

 

 

VIGO.

 

 

– Cuánto tiempo Andrea, ¿Qué tal te va? ¿Has adelgazado verdad? Estás muy guapa ¿Qué tal por Londres? Y qué, cuenta ¿Tienes novio?

– Pues muy bien la verdad, Londres es una ciudad fabulosa…

 

 

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