Mientras tanto.

Hay cosas que por mucho que intente no puedo evitar. Lo intento, os juro que lo intento con todas mis fuerzas. Las imágenes se suceden una y otra vez.

Una y otra vez.

¿Cómo no me di cuenta de que me seguía? ¿Por qué tuve que salir esa noche si ni siquiera me apetecía celebrar mi maldito cumpleaños?

En milésimas de segundos se lo noté en la cara, sentí lo que iba a pasar, y comencé a tener frío. un frío que no había sentido en mi vida, y del que aún no he podido deshacerme.

Corrí con todas mis fuerzas, pero él también corrió.

Rompí la llave en la cerradura de la puerta pero logré abrir, y grité, grité con toda mi alma.

La devastación es un sentimiento cruel y tenaz, te aprieta la garganta hasta asfixiarte, y ya no hay aire que te llene los pulmones.

Ya no.

Temblaba y lloraba. Temblaba y lloraba.

Temblaba y lloraba.

No he vuelto a salir por la noche. Tampoco puedo hablar del tema,  paso miedo cuando algún hombre se me acerca, y me pongo muy tensa si alguien me intenta abrazar, o dar un beso en la mejilla.

 

– Ey, ¿Qué tal tu cumple Andrea?

– Bien, gracias.

–  Madre mía, tienes una carita… Como se nota que no has dormido nada, fue buena la fiesta, eh…

 

Pero yo lo intento. No soy ninguna víctima, soy una luchadora.

Me pongo a leer, veo muchos documentales y entrevistas y algún que otro vídeo de Youtube en las que esas chicas que están prometidas y tienen el pelo brillante, van a sesiones de presoterapia, y hacen un room tour, en los que sus casa están inmaculadas y huelen a las velas de vainilla caras del Zara Home. Porque aunque por la pantalla del Mac no pueda olerlas, seguro que es así.

Tienen una rutina de ejercicios, van a yoga, saben hacer centros de mesa y hablar francés. Muestran la compra del mes, y en ella nunca hay tampones o helado de crema de cacahuete con chocolate.

Ellas no tienen tangas robados del Primark de esos que se les da la goma de si, lucen conjuntos de culotte y sujetador de encaje push up de Intimmisimi, y no beben cerveza para no eructar.

¡Damn it!

Me temo que nunca voy a poder llegar a jugar en esa liga.

Pero siempre llega la noche, aunque te escondas de ella, te cae como una maldición.

Y yo rompo el techo con mi imaginación, y crecen buganvillas de siete metros y medio. Pájaros de colores tiñen el cielo. Pequeños peces nadan entre las estrellas, y puedo ver pasear a algún planeta. Hay sirenas que cantan divertidas sobre las rocas, haciendo encallar a los barcos. Estrellas de San Lorenzo se cruzan entre si, dejando su estela de caricias, pero yo ya no le pido ningún deseo.

Ya no creo en nada ni en nadie.

Estoy vacía, solo queda el hueco que me dejó en el pecho el viento, con su ferocidad caprichosa.

Mientras tanto y para no renunciar completamente a la cordura, hago lo que tengo que hacer.

Me despierto como un autómata, y a veces estreno algún vestido nuevo. Cuando me miro en el espejo intento alejar ese pensamiento de mi mente. Siento que despierto lo peor en la gente, algo oscuro y silencioso, que por apoderarse de mi, acabará conmigo.

Recorro el pasillo que separa la Victoria Line de la Central. Odio esos azulejos blancos asépticos, parece el pasillo de un hospital. La gente camina a mi alrededor, algunos me miran el culo, buena suerte con eso amigos.

Las mujeres me miran en conjunto, de arriba a abajo. Apartan la mirada, y me vuelven a mirar.

Yo sigo caminando a paso rápido, inexpresiva, intento adelantar a todas las personas que caminan zarandeando los brazos como si fueran figurantes en The Walking Dead. Ese tipo de persona que se cree que viven solos en el planeta.

Los sorteo evitando que me arreen una hostia con su puto brazo laxo.

Gilipollas.

Dejo que se suba todo el ganado al vagón. No pienso pelearme por conseguir un asiento.

Hace un calor horrible, no hay ventilación, y huele a sudor. Me cago en dios.

Me siento al lado de un tipo que lleva las piernas abiertas como si dieran las dos y cuarto en el reloj de sus huevos.

Estoy media aprisionada entre la mampara de cristal y su jodida rodilla. Maldita sea tu puta estampa cabrón.

Me suda el interior de los muslos a pesar de que llevo un vestido de tela fina. No lo soporto. No tengo porqué soportarlo.

Pongo una mano entre mis piernas, para sujetar el vestido y que el viejo que está sentado enfrente, no me mire la entrepierna, a pesar de que ya no ha intentado sin cortarse ni un pelo al menos tres veces.

Abro las piernas hasta que consigo hacérselas cerrar al subnormal de al lado.

Se me queda mirando sorprendidísimo, pero no me dice nada, se revuelve incómodo y permanece con las piernas cerradas todo el viaje.

Una chica muy delgada y bajita se ríe a carcajadas, y me mira cómplice. yo también sonrío triunfal.

A la hora de empezar la jornada, ya no quiero estar allí, y empiezo a contar los minutos que me separan de la libertad.

 

– Oye, ¿Te apetece hacer algo al salir? Podríamos ir al parque.

– Joé también tú, podías haberme avisado, que hoy vengo con el uniforme puesto.

– No sé, se me acaba de ocurrir.

– Venga va.

 

Me hace mucha gracia, me interesa mucho ese punto de vista suyo ante la vida, práctica hasta la saciedad y con un toquecito de pasotismo que la hace entrañable. Siempre le digo que es mi ejemplo a seguir y mi referente en la vida, le hace mucha gracia.

– Mira, yo no he llamao la atención en mi vida. Yo entro en un bar y nadie se gira a mirarme. Todos los tios a los que les he gustado, no se han impresionado de primeras, luego al conocerme ya si, gusto, pero de primeras, como que no impacto.

– Yo soy todo lo contrario, he llamado la atención toda mi puta vida, da igual como vista, creo que va en mi carga genética, las ojeras y llamar la atención. Pero lo hago casi como un insulto, a veces me odian sólo por como camino yo creo. También se lo achaco a que soy tipo mostrenco, por eso les impacto, no por mi belleza, está claro. Pero no es algo bueno nena, yo desearía que me dejasen en paz, que no me dijeran nada, ni me silvaran ni nada, aunque fuese con las nalgas al aire tía, nadie tiene derecho a decirme nada. No esa algo bueno. Al contrario. Les llamo la atención por lo que creen que soy o por lo que quieren que sea.

– Eso me recuerdo a una frase que me dijsite un día que me impactó mucho.

– ¿Yo? ¿Seguro que no estaba borracha? Mira que soy muy Bukowski, me bebo dos cervezas y te saco un Factotum.

– No. Fue un día que te pregunté que había pasado con tu ex novio, y me dijiste que el problema estaba en que te deseaba más de lo que le interesabas.

– A veces pasa.

 

Ando con la cabeza medio disociada de mi cuerpo, y me siento muy cansada. Hoy al despertar estaba desorientada, y creí por un momento que estaba en Vigo. Me gustaría estar allí. Dormiría al menos una semana entera acurrucada en la rodilla de mi padre, mientras me habla sobre el mono araña. Por la tarde comeríamos pipas mientras vemos a los barcos soltar amarras.

Puede que Juan me preparara un vaso de Cola Cao frio, para reírnos viendo alguna vieja serie colombiana, o la primera temporada de Skins en bucle.

Podría beber vino tinto con Ana a horas en las que no se bebe vino, y reír hasta teñir mis labios del color de la uva, hasta que la vida me pese poco, tan poco que se me haga liviana, tan liviana que se me olvide.

Podría ir a escribir a la biblioteca y tirarme horas eligiendo libros al azar. Leerlos en la bañera mientras todos duermen.

Podría nadar desnuda, dejarme querer, por el amor incondicional de las olas del mar. Porque yo soy mareas, y yo misma me ahogo sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo. Jamás lo permitiría.Faltaría más. Tamaña desfachatez. Tremenda vulgaridad.

Y allí, desnuda y enajenada, maldecir a dios con todas mis fuerzas.

Como una niña enfurruñada.

Como una mujer suicida.

 

 

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