OBSESIoNES

Una vez una mujer me dijo que yo subía fotos desnuda con el propósito de ganar un puñado de seguidores, me lo escribió tal cual, a cara perro.

Es asqueroso lo que haces, subir una foto desnuda para obtener algunos likes. No os voy a engañar y algunxs conocéis mi mala hostia. Cuando ya estaba empezando a confeccionar la muñeca de vudú para calzarle mis agujas de calcetar bufanda de punto gordo, caí en la cuenta.

Hay una percepción tan errada como popular de que lo que la mujer viste o enseña va enfocado al agrado ajeno, y más concretamente al oprimido género masculino. Por eso algunas personas como esa mujer, cree que yo, en éste caso, me perfumo, maquillo, respiro o desnudo, PARA, y efectivamente, hago todo eso PARA MI.

Esa sería una explicación obvia y rápida, pero si miramos un poquito más allá, nos encontramos con todo tipo de opiónes de mierda. Últimamente he estado pensando mucho en la facilidad con la que a menudo ofrecemos perdigonazos a modo de opinión.

¿Hay necesidad de enseñar las tetas para ser una feminista? Esa perlita también me la han lanzado en numerosas ocasiones. Quizá si la haya, quizá si exista la necesidad de mostrar y visibilizar el cuerpo de la mujer como algo hermoso, sin necesidad de sexualizarlo. Porque desde el momento en el que una red social censura los pezones de las mujeres, lanzan el mensaje de que es algo sucio, malo, que debe ser ocultado, el del hombre no, a el no se le sexualiza.

Y en general le gritaría al mundo que sí, que hay la más básica necesidad de hacer lo que nos salga del mismo coño.

Obviamos a la ligera el ejercicio tan grande que supone observarte desnuda ante el espejo.

Centrarte en la esbeltez de tu cuello. La perfecta redondez de tus hombros. Tantos lunares como estrellas en las noches de verano. La fingida aristocracia de tus dos clavículas. Unos afluentes azules se transparentan en tus senos. Los pezones, suaves, pétalos de flor rosa.

Estrías tan blancas como tú, te recuerdan la transición física que has sufrido al crecer, en las caderas y los pechos.

Están demasiado caídas mis tetas, me digo siempre con cierta vergüenza. Me topo con mi ombligo, redondo y diminuto recuerdo que me muestra por donde pude alimentarme y sobrevivir durante nueve meses en cuerpo de Cristina.

Mi pubis es como los campos de trigo cuando cae el sol. Misteriosa ostra que guarda recelosa una perla. El ojo por el que puedo llegar a ver el universo, pasillito oscuro que te transporta a lugares que nunca has visitado pero a los que estás seguro que quieres volver. Agua tibia que te refleja lo que alguna vez fuiste cuando eras feliz. La llave de las siete puertas de Jerusalén.

Dime una cosa, tú que estás leyendo estas palabras y has estado allí, ¿Aún sigues soñando con ello?

El Santo Grial se encuentra situado entre mis piernas. Largas. Interminables columnas de una civilización más antigua y desconocida que la Minoica.

Eres todo pernas, decía mi abuela con desprecio. Lo que soy es toda mía. Soy libre.

Al final me encuentro con una maraña de pelo rubio que enmarca mi rostro de mejillas sonrosadas. Unos ojos con tantos destellos como lucecitas brillan en el mar, y debajo unos cercos negros me recuerdan todos los cafés que no me tomo cuando voy a trabajar a las cinco de la mañana.

La boca entreabierta que a veces calla, otras veces ríe, besa o es besada, pero que siempre, siempre, pide más.

Dicen que somos la suma de nuestros errores, yo diría que más bien somos la suma de nuestras obsesiones. Dime lo que te obsesiona y te diré quien eres. A Yayoi Kusama le obsesionaban las repeticiones. Su obra en si, es una suma de todas sus obsesiones.

Para mi las obsesiones son como los sentimientos, cuanto más los trates de esconder, más intensos y dañinos se volverán.

Me han dicho mil veces, que si, que muy bien lo que hago, eso que escribo, pero que no debería exponerme tanto, mostrarme tanto, ya que me vulnerabiliza.

¿ Es a los sentimientos a lo que debemos temer, o a la falta de ellos? ¿Quién es más vulnerable, el que se esconde o el que muestra?

Cuando era pequeña me obsesioné con la idea de la muerte. Con lo que conlleva la inexistencia, la nada, un tema bastante complejo para una niña de ocho años. Para tranquilizarme me miraba al espejo, era mi manera de asegurarme que estaba viva, que seguía aquí, en el planeta, en la vida.

Viendo el documental sobre la vida de la peculiar artista japonesa, me he dado cuenta de que no hay nada malo en las obsesiones. De que lo malo está en la falta de sinceridad hacia ti misma.

Desnudarse ante un espejo y mirarse es un ejercicio de sinceridad, y mostrarlo un acto de valentía.

No pretendo adoctrinar, cada cual que entienda lo que quiera, yo no tengo tiempo para más charadas, al final si no me mata el cáncer, me matará la pereza que me da éste jodido mundo.

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Las Fotografías son de Bernard Betancourt  http://bernardbetancourt.tumblr.com/

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