Mientras tanto.

Hay cosas que por mucho que intente no puedo evitar. Lo intento, os juro que lo intento con todas mis fuerzas. Las imágenes se suceden una y otra vez.

Una y otra vez.

¿Cómo no me di cuenta de que me seguía? ¿Por qué tuve que salir esa noche si ni siquiera me apetecía celebrar mi maldito cumpleaños?

En milésimas de segundos se lo noté en la cara, sentí lo que iba a pasar, y comencé a tener frío. un frío que no había sentido en mi vida, y del que aún no he podido deshacerme.

Corrí con todas mis fuerzas, pero él también corrió.

Rompí la llave en la cerradura de la puerta pero logré abrir, y grité, grité con toda mi alma.

La devastación es un sentimiento cruel y tenaz, te aprieta la garganta hasta asfixiarte, y ya no hay aire que te llene los pulmones.

Ya no.

Temblaba y lloraba. Temblaba y lloraba.

Temblaba y lloraba.

No he vuelto a salir por la noche. Tampoco puedo hablar del tema,  paso miedo cuando algún hombre se me acerca, y me pongo muy tensa si alguien me intenta abrazar, o dar un beso en la mejilla.

 

– Ey, ¿Qué tal tu cumple Andrea?

– Bien, gracias.

–  Madre mía, tienes una carita… Como se nota que no has dormido nada, fue buena la fiesta, eh…

 

Pero yo lo intento. No soy ninguna víctima, soy una luchadora.

Me pongo a leer, veo muchos documentales y entrevistas y algún que otro vídeo de Youtube en las que esas chicas que están prometidas y tienen el pelo brillante, van a sesiones de presoterapia, y hacen un room tour, en los que sus casa están inmaculadas y huelen a las velas de vainilla caras del Zara Home. Porque aunque por la pantalla del Mac no pueda olerlas, seguro que es así.

Tienen una rutina de ejercicios, van a yoga, saben hacer centros de mesa y hablar francés. Muestran la compra del mes, y en ella nunca hay tampones o helado de crema de cacahuete con chocolate.

Ellas no tienen tangas robados del Primark de esos que se les da la goma de si, lucen conjuntos de culotte y sujetador de encaje push up de Intimmisimi, y no beben cerveza para no eructar.

¡Damn it!

Me temo que nunca voy a poder llegar a jugar en esa liga.

Pero siempre llega la noche, aunque te escondas de ella, te cae como una maldición.

Y yo rompo el techo con mi imaginación, y crecen buganvillas de siete metros y medio. Pájaros de colores tiñen el cielo. Pequeños peces nadan entre las estrellas, y puedo ver pasear a algún planeta. Hay sirenas que cantan divertidas sobre las rocas, haciendo encallar a los barcos. Estrellas de San Lorenzo se cruzan entre si, dejando su estela de caricias, pero yo ya no le pido ningún deseo.

Ya no creo en nada ni en nadie.

Estoy vacía, solo queda el hueco que me dejó en el pecho el viento, con su ferocidad caprichosa.

Mientras tanto y para no renunciar completamente a la cordura, hago lo que tengo que hacer.

Me despierto como un autómata, y a veces estreno algún vestido nuevo. Cuando me miro en el espejo intento alejar ese pensamiento de mi mente. Siento que despierto lo peor en la gente, algo oscuro y silencioso, que por apoderarse de mi, acabará conmigo.

Recorro el pasillo que separa la Victoria Line de la Central. Odio esos azulejos blancos asépticos, parece el pasillo de un hospital. La gente camina a mi alrededor, algunos me miran el culo, buena suerte con eso amigos.

Las mujeres me miran en conjunto, de arriba a abajo. Apartan la mirada, y me vuelven a mirar.

Yo sigo caminando a paso rápido, inexpresiva, intento adelantar a todas las personas que caminan zarandeando los brazos como si fueran figurantes en The Walking Dead. Ese tipo de persona que se cree que viven solos en el planeta.

Los sorteo evitando que me arreen una hostia con su puto brazo laxo.

Gilipollas.

Dejo que se suba todo el ganado al vagón. No pienso pelearme por conseguir un asiento.

Hace un calor horrible, no hay ventilación, y huele a sudor. Me cago en dios.

Me siento al lado de un tipo que lleva las piernas abiertas como si dieran las dos y cuarto en el reloj de sus huevos.

Estoy media aprisionada entre la mampara de cristal y su jodida rodilla. Maldita sea tu puta estampa cabrón.

Me suda el interior de los muslos a pesar de que llevo un vestido de tela fina. No lo soporto. No tengo porqué soportarlo.

Pongo una mano entre mis piernas, para sujetar el vestido y que el viejo que está sentado enfrente, no me mire la entrepierna, a pesar de que ya no ha intentado sin cortarse ni un pelo al menos tres veces.

Abro las piernas hasta que consigo hacérselas cerrar al subnormal de al lado.

Se me queda mirando sorprendidísimo, pero no me dice nada, se revuelve incómodo y permanece con las piernas cerradas todo el viaje.

Una chica muy delgada y bajita se ríe a carcajadas, y me mira cómplice. yo también sonrío triunfal.

A la hora de empezar la jornada, ya no quiero estar allí, y empiezo a contar los minutos que me separan de la libertad.

 

– Oye, ¿Te apetece hacer algo al salir? Podríamos ir al parque.

– Joé también tú, podías haberme avisado, que hoy vengo con el uniforme puesto.

– No sé, se me acaba de ocurrir.

– Venga va.

 

Me hace mucha gracia, me interesa mucho ese punto de vista suyo ante la vida, práctica hasta la saciedad y con un toquecito de pasotismo que la hace entrañable. Siempre le digo que es mi ejemplo a seguir y mi referente en la vida, le hace mucha gracia.

– Mira, yo no he llamao la atención en mi vida. Yo entro en un bar y nadie se gira a mirarme. Todos los tios a los que les he gustado, no se han impresionado de primeras, luego al conocerme ya si, gusto, pero de primeras, como que no impacto.

– Yo soy todo lo contrario, he llamado la atención toda mi puta vida, da igual como vista, creo que va en mi carga genética, las ojeras y llamar la atención. Pero lo hago casi como un insulto, a veces me odian sólo por como camino yo creo. También se lo achaco a que soy tipo mostrenco, por eso les impacto, no por mi belleza, está claro. Pero no es algo bueno nena, yo desearía que me dejasen en paz, que no me dijeran nada, ni me silvaran ni nada, aunque fuese con las nalgas al aire tía, nadie tiene derecho a decirme nada. No esa algo bueno. Al contrario. Les llamo la atención por lo que creen que soy o por lo que quieren que sea.

– Eso me recuerdo a una frase que me dijsite un día que me impactó mucho.

– ¿Yo? ¿Seguro que no estaba borracha? Mira que soy muy Bukowski, me bebo dos cervezas y te saco un Factotum.

– No. Fue un día que te pregunté que había pasado con tu ex novio, y me dijiste que el problema estaba en que te deseaba más de lo que le interesabas.

– A veces pasa.

 

Ando con la cabeza medio disociada de mi cuerpo, y me siento muy cansada. Hoy al despertar estaba desorientada, y creí por un momento que estaba en Vigo. Me gustaría estar allí. Dormiría al menos una semana entera acurrucada en la rodilla de mi padre, mientras me habla sobre el mono araña. Por la tarde comeríamos pipas mientras vemos a los barcos soltar amarras.

Puede que Juan me preparara un vaso de Cola Cao frio, para reírnos viendo alguna vieja serie colombiana, o la primera temporada de Skins en bucle.

Podría beber vino tinto con Ana a horas en las que no se bebe vino, y reír hasta teñir mis labios del color de la uva, hasta que la vida me pese poco, tan poco que se me haga liviana, tan liviana que se me olvide.

Podría ir a escribir a la biblioteca y tirarme horas eligiendo libros al azar. Leerlos en la bañera mientras todos duermen.

Podría nadar desnuda, dejarme querer, por el amor incondicional de las olas del mar. Porque yo soy mareas, y yo misma me ahogo sin que nadie pueda hacer nada por evitarlo. Jamás lo permitiría.Faltaría más. Tamaña desfachatez. Tremenda vulgaridad.

Y allí, desnuda y enajenada, maldecir a dios con todas mis fuerzas.

Como una niña enfurruñada.

Como una mujer suicida.

 

 

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Todo es mentira

 

LONDON.

 

La flemática luz de Londres no conoce persiana, así que aquel jueves a las siete y treinta y cuatro de la mañana mis párpados se entreabren.

Hum.

Joder.

Bostezo. Me froto los ojos. Me atraganto con mi propia saliva. Toso.

Me pongo sobre mi blanco cuerpo mi también blanca bata, la amarro con un lazo a la cintura, se me ven un poco las tetas, me miro y decido aprobar la imagen. Me da igual. Sólo son tetas. Y de dudosa belleza. Ok.

Arrastro ruidosamente los pies en un ejercicio que pretende emular al caminar humano, abro el armarito de la cocina que me corresponde, cuatro botes de cola cao de 800 gramos me sonrien. Gracias.

 

OPORTO.

 

Me veo a mi misma con las mejillas encendidas disculpandome ante la azafata del mostrador de Ryanair. LLevo tres kilos de más en mi maleta. La abro, delante de unas quince personas que lanzan sus ojos ávidos al contenido destripado de mi equipaje abierto. Libros. Comida. Un sujetador. Enough.

Saco los cuatro botes de Cola cao y los meto en una bolsa rehusada del Froiz.

Paseo por el aeropuerto tras facturar y con la bolsa del Cola cao a cuestas, me rio para mis adentros de lo que cutre y surrealista de la escena. La gente me mira. Yo a la gente no. Me aburren. Busco un rincón alejado donde poder tomar asiento. De lejos sólo alcanzo ver a dos hippies, con una botella en la mano que parece calimocho. Bien.

Me siento en el suelo con las piernas cruzadas y abro el libro de Zahara, no leo ni cinco páginas cuando una niña de edad indeterminada pero muy bajita se me sienta al lado.

Unos rizos desordenados se le pegan a la frente y le caen sobre unos de sus enormes ojos. Comienza a soltarme una retahíla de algo parecido a palabras en un idioma que desconozco. Yo la miro y no puedo evitar reírme, ella también se ríe.

Estás loca hermana, le digo. Pone cara de meditar mis palabras y me planta un beso en el centro de mi mejilla izquierda. Me la quedo mirando sorpendida por el gesto, sin reacción.

La que supongo que es la madre la llama a gritos mirando en nuestra dirección, mechas de raíz para intentar ser rubia. Uñas acrílicas esmaltadas a la francesa. Gafas de sol en la cabeza, a modo de diadema. Ains. Huele a clase media con asias de alta y a Allur desde siete metros.

Me lanza una mirada rápida grumosa de rimmel y frunce la boca en un imperceptible pero inconfudible signo de desaprobación. Coge a la loquita del brazo y se la lleva. La niña rompe a llorar sin dejar de mirar en mi dirección.

Eso es. no dejes que te jodan, le digo, que tú eres tuya y de nadie más, le digo mentalmente a modo de despedida. Levanto mi puño izquierdo. Estalla en risas otra vez, y la pierdo de vista.

Me quedo mirando el extraño paisaje sin pensar en nada y en todo al mismo tiempo.

Me levanto con una pierna dormida y el hormigueo que conlleva. Tengo la vejiga llena de todos los líquidos que no podré pasar por el control de segurança.

Me lavo las manos mirándome al espejo.

No quiero irme, me digo en voz alta a mi misma.

No quiero irme.

No quiero irme.

No quiero irme y me voy. Shit.

Mis ojos se cristalizan, conozco esa sensación que me sube por la garganta. La aplaco.

Me siento muy sola.

NO.

Basta. No vas a llorar, que se llora por un cáncer, no por ésto.

Un ramillete de flores de plástico en la pared me distraen, están metidas en un jarroncillo anclado a la pared, me recuerda a lo que ponen en los nichos de Coruxo  a los seres queridos.

Pues igual mucho no querías a tu padre si le pones esa mierda en la lápida. Tus hijos, tus nietos y tu esposa no te olvidan y por eso te ponen esa mierda que compraron en el hiper chino de San Andrés.

Río mi cinísmo. Yo puedo hacerlo. Yo sé lo que es.

Carta astral: Géminis, descendente huérfana.

Preparo la cafetera. Agua. café. Enrosco. nada de cápsulas de colores en máquinas de diseño ni trapalladas similares.

Agua. Café. Fuego. Listo.

Me siento y abro el envase de un donut pantera rosa que mi padre me compró en mi ciudad.

 

VIGO.

 

La estación de autobúses de Vigo es jodidamente deprimente, estoy destemplada y la luz me hace daño en los ojos. Me he pasado todo el viaje desde el aeropuerto durmiendo, llego como siempre. Destrozada de trabajar y con frío.

Miro en todas las direcciones menos en una, y cuando me percato, allí está él, sonriendo.

Suso me saluda agitando una mano.

– Qué, ti qué, xa pensabas que non viña a buscarte.

-Nah, xa sabía que estarías aquí, polo menos vinte minutos antes.

Lo miro. Me mira. No hay nada más que decir, las cosas con Suso son así de sencillas.

Al acomodarnos en nuestros sendos asientos del viejo Saxo me informa de que ha comprado una empanada de atún en la panadería de Navia que tanto me gusta, también ha hecho una tortilla de patatas con espinacas frescas, y me ha comprado Donuts de esos de los que me gustan.

¿Fixen ben ou mal?

Fixéches ben. Digo yo con una sonrisa que no me entra en la cara. Me mira de reojo.

-¿Quéres que colla pola Praza de España pa que míres a fonte dos cabalos?

-Si, porfa.

Atravesamos las Plaza de España, los caballos cabalgan hacia el cielo, me parece verlos sonreírme.

Mi padre me cuenta las novedades, la mancha de humedad en el baño, que van a inaugurar unas escaleras mecánicas, que pusieron otra vez mal las placas del nuevo campo del Celta, que él está bien, que no me preocupe.

Yo tengo la cabeza apoyada en mis manos por fuera de la ventanilla, aspiro el olor de mi Vigo, donde nunca pasa nada, pero donde cabe todo lo que siento.

Sonrio al ver el graffitti de la mujer guerrillera que hace ángulo entre la que va hacia el Casto y la Zamora.

Mi ciudad puede que duerma, pero eso no significa que deje de latir.

Bajamos Gran Vía, el sonido de las guitarras de Boston se mezcla con la voz de mi padre.

Pasamos la casa de Mariló, las Jesuitinas con su enseñanza concertada y bilingüe, donde las niñas de siete años saben más palabras en inglés que en Gallego. Vergüenza.

LLegamos a la Plaza de América, el padre que me parió dice que hizo un frio de carallo toda la semana.

Observo en círculo el viejo Santa Irene, el Centro Comercial Camelias, y subimos por Coya. En Coya me siento segura, Coya obrera, sufrida, amplia y llena de árboles.

Damos la vuelta en la rotonda del Alcampo, la rotonda de la discordia, donde el Alcalde decidió insalar el Alfajeme, un barco de pesca insignia, alegándo que en el puerto el gasto de mantenimiento era desorbitado. Por la noche unas luces rezan: A xente do mar.

A mi me encanta.

Qué, ahí tes O Baco, dice mi padre.

O Baco, repito yo.

-Ti tes que sacar o título de patrona de ría Andre, a ti gústache o mar.

Tenía razón, aprender a navegar siempre ha sido una de mis cuentas pendientes.

Ti o sacas fácil que ti es espabilada, non me fodas, se calquera de Coruxo poido, ti tamén, eu axúdote, pódote explicar.

Los días transcurren tranquilos. Por las mañanas me cuelo en la cama de mi padre como una niña de treinta y dos años, él protesta, pero siempre me deja y hablámos de la vida, de política, de feminismo.

Él me cuenta sobre pelis de Buñuel, yo le explico la de Call me by your name.

Antes de que nos levantemos, me propone tapiar puerta y ventanas, yo apoyo la moción sin vacilar.

Por las tardes vemos cifras y mierdas, yo le digo que Jordi Huntado perece un robot y el me responde torciendo el hocico

– Se llama Jordi Hurtado y es el mejor programa de la televisión.

Me quedo dormida cada tarde con el especial La India; Tierra de Monzón, acurrucada contra su rodilla.

Siempre le propongo irnos al Valmiñor, a hacer el paseo de la marisma de Gondomar. Cuanto menos gente más luz.

Cuanta menos gente más yo.

Más él.

Mejor.

Yo me cuelgo de su brazo. Se pone rígido. Non me ajarres coño, que non me justa.

Por la noche vemos Fariña, mi padre me explica como serprenteaban con las planeadoras por la ría de Arousa para introducir la merca.

Yo pienso que no me importaría nada marcarme un trío con el Sito Miñanco de la ficcion y con Roque. Hum. Galiza calidade neno.

O que teño que facer pra non ter que ir o mar. Sobra peixe que vender e fariña pra amasar.

 

 

LONDON.

 

 

Engullo dos Donuts, mojados en el Cola cao y me quedo mirando los azulejos que hay encima del fregadero.

Me siento sola, pienso, y es una jodido monstruo hambriento que te clava los dientes en el cuello para chuparte la sangre. Y es un secreto que no puedes reconocer en voz alta.

Y la gente no lo entiende. Piensan que lo contrario a la soledad es tener una pareja, quizá a los demás eso les funcione. Yo sé que a mi no.

– ¿Qué tal por Londres?

– Pues es una ciudad totalmente sobrevalorada, fría y rápida. Siento que no pertenezco allí, pero cuando vengo a Vigo también siento que no hay espacio para mi. Todo el mundo tiene su vida establecida, y la mía me da la sensación de que está en barbecho, suspendida en el aire. Hecha un mess.

Y me da mucho miedo, y a veces me siento sola y lloro por las noches. Por que no recuerdo con exactitud el último abrazo sentido que me han dado, ni la última vez que me han hecho el amor.

Hace siglos que no mantengo una conversación que realmente me estimule o me interese. Pero nada eh, yo palante, intentando medrar en mi trabajo, a pesar de que tengo una vm que se siente amenazada por mi, y me maltrata e intenta humillar.

Pero del resto todo OK, salgo, bebo todo lo que me ponen por delante y bailo, hasta que no recuerdo mi nombre, entonces me vuelvo a casa, eso sí, siempre hay algún grupo de tíos que como llevo las piernas al aire se sienten con el derecho de decirme babosadas y faltarme al respeto, y cuando me enfrento a ellos pues me llaman puta, se ríen y me graban con el móvil.

Yo me alejo y sopeso la posibilidad de tirarme a las vías del metro, porque me siento muy cansada. Mucho. Demasiado.

Y veo a una que era mi amiga cotilleando sobre mi con otra chica.

Y veo a mi madre que no se puede levantar de la cama, y que habla muy bajito.

Y veo a mi ex novio diciéndome que soy demasiado intensa pero que follo fetén sin mirarme a los ojos.

Y veo con dieciséis años a un chico gritándome delante de mis amigas que si adelgazo igual estoy buena.

Y me veo a mi misma gritándole a una profesora de Teis, que no tiene ni puta idea de enseñar.

Y me veo a mi misma con ocho años pidiéndole a mi padre que no se vaya, que se quede conmigo.

El metro penetra con violencia en la estación de Picadilly Circus, y sus luces me ciegan y me quedo paralizada como una gata asustada.

Tranquila Andrea

Calma

Respira

Respira

Respira

Respira.

 

 

Mañana es lunes y vuelvo a Vigo.

 

 

VIGO.

 

 

– Cuánto tiempo Andrea, ¿Qué tal te va? ¿Has adelgazado verdad? Estás muy guapa ¿Qué tal por Londres? Y qué, cuenta ¿Tienes novio?

– Pues muy bien la verdad, Londres es una ciudad fabulosa…

 

 

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MI PROPIA DECISIÓN

 

A veces algo te hace click en la cabeza, y las piezas de un inexistente puzzle por fin encajan.

 

 

 

Habría sido un insípido Domingo más, pero no fue así.

Me desperté bastante temprano pero decidí quedarme en la cama, los Domingos están diseñados para la desidia, y yo no tenía ninguna intención de luchar contra ella.

Mi teléfono comenzó a vibrar, era Trevor, el primer hombre con el que estuve al llegar a Londres.

Iba a pasar por la ciudad esa semana por temas de trabajo, y quería verme.

Hum…

¿Porqué dejé de quedar con éste chico? Hasta donde la mente me alcanzaba a recordar lo habíamos pasado bien juntos, era inteligente y me hacía reír.

Después de un rato intercambiando Whatsapps, el tono de la conversación cambió.

 

-He visto tu Instagram, en la foto de la ducha, ¿Lo que tienes en la boca es semen?

Se me encogió el estómago de repente y en seguida contesté.

– ¿Te estás burlando de mi? Por supuesto que no lo es, es pasta dental.

– Pues parece semen.

– Oh, gracias por la información, pero creo recordar como es el semen.

– La gente va a pensar que lo es.

– Mira Trevor, no tengo el menor interés en lo que la gente pueda o no pensar, el arte tiene libre interpretación, no obstante no entiendo la necesidad de sexualizarlo todo.

– ¿Arte? ¿Eso te parece arte? ¿Entonces si yo ahora te mando una foto de mi inodoro, también lo considerarías arte?

– El arte es un concepto abstracto, y por ende nadie está capacitado para decidir que es arte o que no lo es. Yo mediante lo que escribo y mediante la fotografía, me expreso libremente, y eso, también es una forma artística.

– Pues a mi no me gustaría que mi chica subiera fotos así.

– Lamento decirte, que yo soy mi propia chica, y ejerzo y ejerceré mi libertad hasta que me muera.

– Dime una cosa, ¿Qué opinas del aborto?

– ¿Qué opinas tú sobre Siria?

– Opino que son un montón de gente loca corriendo de un lado para otro.

 

El móvil se me cayó al suelo, me incorporé de un salto, me latían las sienes, y me costaba respirar, no podía creer lo que mis ojos estaban leyendo.

 

¿Como dices? ¿Denominas a las víctimas de una guerra como gente loca? ¿Estás loco o eres gilipollas!

– Yo a ti no te he insultado, y además mi pregunta no tiene nada que ver con la política.

– Opino que cada mujer es libre de decidir sobre su cuerpo, sin tener que recurrir a la aprobación de nadie. Opino que debería ser legal y gratis, y apoyo y respeto a todas y cada una de las mujeres que desean ser madres al igual que a las que eligen no serlo.

– Pues lo siento pero creo que no podemos vernos más. Ese es uno de mis principios y no tiene sentido continuar viendo a una persona que opina algo tan terrible.

 

 

Me quedé en la cama mirando al techo. Os mentiría si os dijera que es la primera vez que me sucede algo así. De un tiempo a ésta parte parece que se ha puesto de moda rechazarme, y el rechazo en sí, no es lo peor, lo peor, son las razones. A veces demasiado intensa, a veces impongo y asusto, a veces demasiado sincera en cuanto al sexo, demasiado liberal.

¿Qué hombre querría sentarme a la mesa de sus amigos que recién acaban de tener un bebé?

¿Qué podría aportar a una conversación sobre maternidad y recetas de thermomix? ¿Cum shots y bukakes?

Y si fuera semen lo de la foto, ¿Que pasa? Soy peor persona que los demás, carezco de los requisitos requeridos para ser una ciudadana ejemplar?

Se me dio por pensar en Amarna Miller, o en Valerie Tasso, ambas trabajadoras sexuales, en la actualidad una, en su momento otra. ¿Qué no habrán tenido que escuchar esas mujeres, sobre su vida, sus principios, su futuro o la tan mentada moral?

¿Y si llegas a tener un hijo, no te da miedo lo que pueda pensar o le puedan decir? Seguro que estarán hartas de escuchar.

Esa es la más repugnante.

¿Qué diferencia hay entre una puta y un banquero? ¿O entre una doctora y una mecánico? ¿Y entre una trabajadora del hogar y un profesor? La respuesta es simple, no hay ninguna.

El juzgar y la crítica. Recuerdo con claridad una noche en la que salí con mi primer novio, yo tenía diecinueve años recién cumplidos, y él me sacaba unos cuántos.

Bebimos unas copas y empezamos a hablar de sexo, yo le dije muy tranquila y con toda sinceridad, que algún día me gustaría acostarme con una mujer, que hasta la fecha no me había atraído sexualmente ninguna, pero que sabía que algún día así sería. Le dije también que me encantaría tener sexo con varias personas a la vez. Su expresión cambió radicalmente y me dijo que no se esperaba que fuera una chica ¨así¨.

Durante la noche le pregunté dos cosas, si se drogaba, y si alguna vez había estado con una prostituta. Se ofendió muchísimo, y me dijo muy serio que no. A mi me hubiera dado igual la respuesta, pero necesitaba saberlo.

Años más tarde, y estando en casa de uno de sus amigos, el amigo relató con lujo de detalles, una noche de juerga en la que se habían ido juntos de putas y puestos hasta arriba de merca.

Yo me levanté y me fui, de la casa de su amigo, y de la relación. Había estado casi cuatro años con una persona a la que no conocía, y me había juzgado por ser honesta, sexual y libre.

 

 

 

La vida es para lucharla pero hasta la más fuerte a veces se cansa.

Me levanté y me quedé desnuda delante del espejo, antes de que me diera cuenta, mis ojos empezaron a gritar lo que mi boca no podía, mojando mis mejillas con su estela de dolor.

Cogí el móvil, me hice una foto y la subí a instagram. Recibí muchos likes y mensajes de hombres, y alguna pregunta podrida sobre la necesidad de mostrarme desnuda de alguna mujer.

Poso desnuda porque así nací, así moriré, y así me siento.

Soy mi propia decisión, y no la vuestra.

 

 

 

-Voy a raparme la cabeza, le espeté a bocajarro a Moldovan.

– Pero que dices Andre, no lo hagas, te va a quedar fatal, te vas a deprimir, y luego te voy a tener que aguantar yo. Tú no eres Cara Delevine.

– Eso es precisamente lo que quiero. Estoy harta de intentar que los demás vean que soy bonita. Yo ya soy hermosa, pero soy hermosa por mi libertad, porque tengo capacidad de decisión y la ejerzo. Porque puedo pensar y expresar lo que pienso. Porque amo, me río, lucho, me equivoco, caigo y aprendo.

¿Porque tenemos asimilado que para que una mujer sea guapa tiene que tener pelo largo?

¿Y si tienes vello en las axilas o en las piernas dejas de ser sexy? Para mi no es así, son cánones rancios que hay que cambiar. Quien no lo pueda entender, que se haga a un lado en mi camino, estoy harta.

 

El ocho de Marzo quedará grabado en mi memoria como un recuerdo a fuego. Se llevaría acabo una huelga mundial, las mujeres saldríamos a las calles, para ser oídas.

Mis pechos rebotaban dentro de la camiseta de strong as a woman con cada traqueteo de la línea Picadilly. Había una concentración en Russell Square, y yo no recordaba sentirme tan emocionada y eufórica en mucho tiempo.

Al salir por fin de la estación, cientos de mujeres llenaban las calles, con sus banderas y pancartas. El ambiente era festivo y alegre. Todas nos sonreíamos con camaradería. Decenas de colectivos llegaban de diferentes puntos de la ciudad. Trabajadoras sexuales, mujeres musulmanas feministas, estudiantes, ancianas, madres, mujeres queer, mujeres trans. Todas mujeres, todas con el mismo brillo en los ojos, riendo, bailando,  y gritándole al mundo, que somos la mitad de éste, que estamos unidas y que no permitiremos que nos asesinen, que nos violen, que nos infravaloren, que nos paguen menos, que nos acosen, que decidan sobre nuestro cuerpo, sobre nuestras vidas.

Nunca han faltado los motivos.

 

Yo levantaba mi puño al aire y gritaba los mismos cánticos de mis compañeras. La emoción era palpable. Cada discurso era más sentido que el anterior.

No recuerdo la cantidad de fotos que me hicieron para trabajos universitarios y revistas feministas.

Me uní a la protesta de las mujeres Polacas a favor del aborto, y me hice amiga de una chica alemana, que cuando nos despedimos me dio un abrazo largo y dulce, y sentí el calor en mis huesos, en mi espina dorsal.

Me subí al vagón bajo su atenta mirada, ya dentro levanté de nuevo el puño y ella imitó mi gesto con una sonrisa ancha

 

 

 

A veces algo te hace click en la cabeza, y las piezas de un inexistente puzzle por fin encajan…

 

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ENTRE LAS PIERNAS

El vapor de agua lamía los azulejos dejando húmedas estelas en forma de lágrimas. Yo estaba teniendo uno de esos momentos raros que me dan, en los que mi cabeza sufre de una extraña hiperactividad, y mi cuerpo no aguanta las concecuencias.

Decidí sentarme en la bañera, y llenarla. Miraba con atención el techo de pintura desconchada. Este techo es una perfecta metáfora sobre mi vida, pensé de repente. Un blanco y desconchado techo.

 

 

La tarde anterior había tenido una agotadora conversación con un nuevo compañero de trabajo. Hablámos de su religión, la musulmana. Me explicaba eso de que todo comedimiento tiene recompensa final; El paraíso.

Yo le miraba en silencio, dejando que acabara de hablar, entristecida ante su pobre argumentación. Mi cerebro funciona de un modo atípico, por eso he tenido tantos problemas con los estudios. Soy de esas personas que como no captures mi atención en los tres primeros segundos de conversación, lo tienes difícil para que retenga lo que me dices, o para que sienta el mínimo interés.

¿Cómo rebatir algo a alguien, que se lo llevan insertando, familia, entorno, colegio toda su vida?, ¿Cómo aprender a pensar por ti mismo, si nunca has tenido en consideración otra visión? Si no te enseña nadie a cuestionarte las cosas, como vas a lograr tu propia opinión.

 

Mira, dije al fin, digamos que soy la opinión más radical que ahora te puedes encontrar. No sólo no creo en Dios, sino que condeno cualquier religión que exponga a la mujer por debajo del hombre, como agitadora o incitadora de malos sentimientos. Sea la religión que sea, repito.

No creo que haya que ocultar el cuerpo de la mujer, todo lo contrario, creo que es algo a celebrar, al igual que el cuerpo del hombre. El desnudo no es una ofensa, es algo hermoso. Carente de maldad o de sexualidad.

No me gusta que una mujer musulmana tenga que cubrir su belleza con la explicación de evitar que el hombre no tenga ¨malos pensamientos¨,  porque amigo, el deseo no es un mal pensamiento, es algo natural. Y las mujeres sentimos exactamente el mismo deseo que un hombre puede sentir cuando conoce o simplemente ve a una mujer que le gusta. El mismo. El deseo no es intrínseco de la genitalidad, va con la persona, hay gente más sexual que otra, y ambas opciones son respetables y válidas.

Desapruebo las restricciónes e imposiciónes, creo que cada uno debemos leer, sentir, escuchar, pensar, viajar, probar y conocer, y sólo así podremos construirnos a nosotros mismos

La vida hay que vivirla en vida, no esperando una promesa post mortem. El pecado es una invención para restarnos libertad, lo único valioso que posee el ser humano.

Se quedó mirándome con una sonrisa en los labios que no acerté a entender y dijo. Y eso que eres rubia.

Me suelo hacer la tonta, es mi secreto. Y ésta es la primera y última vez que tú y yo hablamos de religión, sentencié categórica, ya conocemos nuestras opiniones, así que si quieres ser mi amigo, vamos a dejar éste tema de lado.

Me tendió la mano, me ofreció un chicle, y continuamos hablando de literatura y mascando ruidosamente la goma con sabor a menta.

 

 

La bañera estaba llena, siempre me ha dado una pereza horrible esperar a que el agua me cubra lo suficiente como para poder sumergirme, y me pongo a hacer algo mientras tanto y termino olvidando las ganas que tenía del baño.

Me estiré todo lo que el espacio me permitió, en el insípido útero blanco y respiré hondo. Mi caja torácica se llenó de aire, y se elevó. Pasé mis dedos por mis costillas. Que huesos tan raros y simétricos las costillas, que genialidad musical de la evolución. Darwin decía que el hombre viene del mono, supongo que debemos esperar otros cien años para que alguien averigüe de donde viene la mujer, porque al bueno de Darwin se le llenaba la boca al hablar del hombre, pero de la mujer ni pío.

Mi tórax seguía elevándose con cada inhalación, mi pelvis, descarada también se izaba como si una mano tirase de una invisible cuerda. Ofreciéndose muy bien no se a quién. Podía ver un puñado de vello rubio ondeando como algas en un mar de calma.

Qué ganas tengo de follar, pensé. ¿Cuánto tiempo hace que no follo?, ¿Cuatro meses? Nah, la última vez no cuenta, ni siquiera me corrí. Si no te corres no es sexo, es sólo cardio.

Qué mal estipulado está éste mundo, y creo que se debe a lo mal que folla la gente. Los hombres y los nombro e incluyo a todos, así como una masa genérica, se creen que una mujer se corre con recibir su polla dentro. Cinco empujones y ya. Satisfecha.

Mis pobres camaradas las mujeres, en cambio, a fuerza de tantos siglos de silencio, falsa moral aprendida y represión, preferirían cortarse un brazo, antes de reconocer que se masturban tres veces al día. Que les gusta chupar una polla porque les excita el tener el poder en la boca, al mismo tiempo que humillan la cabeza, se les moja la entrepierna. Decir tranquilamente que cuando tienes la regla te mueres por un buen polvo.

 

¡Es tan agotador educar! Supongo que por eso los profesores de instituto están tan deprimidos.

Sin duda alguna tienen miedo. Los hombres temen los coños. Sí, eso es lo que pasa. Me acaricié los pechos y bajé hasta mis labios.

Mira cielo, esto es un coño. Por aquí nos corremos, damos a luz, meamos, y sangramos las mujeres, y no pasa nada, es natural y hasta poético. No hay nada que temer o repudiar.

Me imaginé a mi misma dando una magistral clase, delante de un tembloroso pupilo.

Éstos son los labios mayores, indicaría con mi índice. Estos delgaditos son los labios menores. La bolita que ves aquí, en éste vértice, es crucial. Se llama clítoris, y es el centro de mi cuerpo, donde tengo infinidad de terminaciones nerviosas. Es el encargado de que viaje a la Luna y regrese. Así que míralo bien, respétalo y quiérelo, porque su poder es ilimitado. Puedes acariciarlo, succionarlo, lamerlo o rozarlo. No te de miedo ni asco, descubrirás nuevas texturas. Te sorprenderá comprobar como aumenta de tamaño con la excitación.

Aquí tienes la entrada de la vagina. Ni más arriba ni más abajo. Aquí. En ese túnel, tu meterás tu pene, y lo moverás hacia dentro y hacia fuera, puedes hacerlo muy lento al principio, y luego muy rápido. Puedes ser delicado o puedes hacerlo más duro, y de las dos maneras me va a gustar. No pongas esa cara, vas a notarlo en todo mi cuerpo. En mi respiración, en mis expresiones faciales, en la humedad y el calor que mi coño te va a ofrecer. Lo tensaré y notarás presión, y te va a gustar.

Cálmate, respira. Yo te guiaré,  te besaré el cuello, rodearé mis pechos con tus manos y te diré que me chupes los pezones mientras me acaricio el clítoris para correrme. Porque no debes olvidarte que la piel es el mayor órgano que tiene el ser humano. Reacciona de manera inmediata a éstímulos que van directamente a nuestro cerebro.

Y cuando me corra, va a ser hermoso. Una divinidad. Mi cuerpo se va a agitar, y yo ya no estaré en él, porque por un momento, estaré muerta cariño. Habré dejado de existir para simplemente sentir. Mi vagina se contraerá y te apretará de un modo que te volverá loco. Tú querrás gemir, gritar, y decirme cosas feas, y te dará miedo que me ofendan, pero no debes controlarte porque en el sexo todo vale siempre que estemos de acuerdo. No hay moral, ni Dios, ni infierno. Es la sarna que te mueres por rascar una y otra y otra vez.

Hay origen y pureza. Hay música y sinceridad. 

Quizá debería ir por los ayuntamientos de España en furgoneta, dando charlas sexuales a grupos de hombres. En el costado del vehículo rezaría un slogan; Aprende a follar con Andrea. El coño es tu amigo.

Me dio tal ataque de risa que me atraganté con la saliva, temí por mi vida. Menuda forma más tonta de morir hubiera sido.

Mis elucubraciones hicieron que me corriera dos veces en la bañera, así que creo que salí de la tibieza del baño más sucia de lo que había entrado. Cosas de la vida.

 

 

Qué puto dolor de piernas. ¡Pero esto qué mierda es!

Fijo que la edad, que mucho no los aparento pero mi coño, los años y todas las historias detrás no los puedo borrar, por suerte o no.

¿Será que me estoy quedando paralítica?

Para – lítica. Menuda palabra. ¿Será políticamente correcto decir paralítica?

¡Que ignorante soy ostias! Y donde demonios puedo aprender éste tipo de cosas. ¿Dónde se estudia eso? ¿Habrá tesinas de jóvenes estudiantes de pelo brillante que traten éste tipo de cuestiones? ¡Pero que digo!

¡Ay, estoy gilipollas! me regañé agachándome para sacar la ropa de la lavadora.

Tenía un aspeto gracioso con mi pijama de unicornio. Que pollo montara en el Primark cuando fui decidida a comprar un pijama de invierno.

– ¿Pero tú para que quieres un pijama si siempre duermes desnuda? me preguntaba Moldovan.

– Pues para estar cómoda en casa. Para escribir en la cocina, calentita mientras me tomo un café.

En la sección asignada a los pijamas empezó mi horror: Disney everywhere.

– ¿¡Pero ésto que cojones es?!

– ¿Qué pasa? preguntó Moldovan con ingenuidad sabiendo que se avecinaba el drama.

– Quién diseña ésta mierda y qué pretende. Cual es el jodido mensaje, que seas como seas, mientras tengas vagina vas a querer enfundarte en un estampado de la Dama y el Vagabundo o la Bella y la Bestia. Tengo treinta y dos jodidos años y no quiero un maldito pijama de La Cenicienta. Disney ya bastante daño nos ha hecho a las mujeres como para tenernos que acostar también con él. ¡Y una polla!

Me parece genial que haya pijamas, batas y zapatillas de todas las películas de Disney, ¿Pero todos? no había otra opción, otro estampado. Revolviendo vi uno con unicornios y fue como hallar un rayo de luz entre el gris de una tormenta.

Bajando las escalera Moldovan me miraba de reojo mientras yo sonreía de oreja a oreja.

– Osea, que Disney no, pero unicornios si.

– Exacto

– Madre mia Andre… sentenció por lo bajo Moldovan tapándose media cara con el dorso de la mano.

 

 

Acabé de tender la ropa recién lavada y saqué una cerveza de la nevera.

Me desnudé y doblé con esmero mi nueva adquisición.

Desnuda en a cama, encendí el ordenador y di un trago largo a la cerveza. Deliciosa de frío la bebida erizó de inmediato mi piel.

¨El coño es tu amigo¨, tecleé con decisión, y estallé en una sonora carcajada con la espuma de cerveza aún en mis labios.

 

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Las flores que crecen en las cunetas

Eché a andar en dirección al metro, tenía dinero en la Oyster card pero prefería ir caminando a pesar del trecho. Siempre me ha parecido que una de las cosas buenas del invierno, es poder sentir el frío en la cara. Nada como una bofetada climática en cada carrillo para hacerte sentir viva. El cielo estaba gris pero no llovía, me miré de reojo en el escaparate de un destartalado locutorio etíope. Me puse los auriculares y me subí las solapas de mi raído abrigo de paño marrón.

Me sentía muy triste, como el día que el Partido Popular ganó las elecciones, quizá más.

No podía sacar de mi cabeza decenas de imágenes de policías agrediendo a ciudadanos por el delito de querer votar. Mujeres arrastradas brutalmente escaleras abajo armadas tan solo con una arrugada papeleta en la mano.

Y en la capital una muchedumbre oscura sacando el pecho y cantando el ¨Cara al sol¨ con la mano alzada.

Que dolor.

Que rabia.

Que vergüenza.

La ley es la ley, y está para cumplirse, dicen. Pues quizá hay que cambiar la ley. Un país se sustenta de su pueblo, y éste debe ser escuchado y respetado siempre. ¿Cuál es el miedo de ser escuchados? De que voten pacíficamente. ¿Porqué negar el diálogo?

Que sarta de infamias la democracia. Que decepcionante espejismo. Una democracia a punta de porrazos para intentar parar lo que es imparable. Para dominar mentes e ideales a base de patadas. La dignidad no la pierde el agredido, la pierde el cobarde con casco que golpea,cumpliendo como sicario las órdenes de un mafioso ensordecido de poder.

Un PP orgulloso de lo sucedido, las fuerzas de orden han hecho gala de una actuación ejemplar, recalcó Soraya Sáenz de Santamaría. Ejemplar debe de ser para la señora vicepresidenta que un policía te rompa los dedos de una mano uno a uno y te manosee los pechos, esos que se supone que están para defender a la ciudadanía.

Un PSOE que nada tiene de social pero mucho menos de obrero. Coca-cola y Coca-cola Zero. La misma mierda en lata. En vez de azúcar edulcorante E952, E950 y aspartamo.

Y un Rey que nos calzaron porque sí, ejerciendo de Houdini,

La situación ha pasado de ser una pueril discusión entre Puigdemont y Rajoy para ver quien la tiene más grande, ahora es cosa de las mujeres y hombres que ayer ejercieron un derecho, el de expresar pacíficamente su decisión. Su sentimiento.

Ese mismo día pude leer también como recientemente Laura Escanes decía que se había comprado unas gafas de ver de esas con cristal de postureo, para ponerse los días que no iba maquillada, y supe que estamos jodidos de verdad. No es que el país se vaya a la mierda como muchos vaticinan, es que ya estamos viviendo en ella. Nos encanta.

 

 

Cambié dos veces de línea de metro, el pasillo de la central line me recuerda a los eternos corredores que hay en los hospitales. Serpenteé  apresuradamente a las gentes que caminaban en mi misma dirección.

Nadie miraba al pobre violinista de sonrisa heladora que tocaba en una esquina. Yo reparaba en sus hábiles dedos, ese prodigio de tendones y huesos. Me interesaba más su sincronizada destreza, que la música que salía través del instrumento. A mi me fascina la vibración de esa madera de caoba. No importa la melodía. Lo verdaderamente atrayente, lo asombroso, es esa obscena fricción entre las cuerdas tensadas a mano, no la manida pieza que aquel hombre reinterpretaba de manera cansina.

Volver al inicio, a la sencillez. La completa ignorancia que ciega y hace libre. Libre de percibir las cosas como tal, de manera pura y carente de significado predeterminado. Mesa. Flor. Gato. Sólo así creo que podremos alcanzar sabiduría. Esa de la que gozan los locos o las niñas.

Tristemente dura poco. Te haces mayor o tienes momentos de lucidez. Entonces aprendes para desaprender, y ya no hay vuelta atrás. No sé muy bien el porqué, pero así es, como todo en la vida. Como un estornudo. Simplemente sucede, es inevitable.

Como cuando en verano ibas a que te depilasen. Un poco de cera caliente y pegajosa en el coño, casi da gusto sentir esa inquietante tibieza resbalando por tus labios. Aprietas los dientes. Tiran. La piel se tensa, se estira. Allí está la carne rosa, caliente, hinchada. Deslizas con fascinación el dedo por la nueva superficie, y ya no recuerdas lo que era enredar tus yemas en el suave vello. Sientes el deleite de lo nuevo. Hasta que vuelve a crecer. Entonces ya no recuerdas el susto del dolor momentáneo. La carne caliente, hinchada. Es un truco, una quimera.

 

 

En el andén, calculé las paradas que me separaban del destino. Siete.

Estaba atestado de gente, un chico se paró a mi lado. Olía a jabón y a loción para después del afeitado. Me miró sonriéndome, sus ojos brillaban. Me acordé de ti. Y en mi cabeza sonó una pregunta que me hiciste una vez. ¿Cómo es Londres? A pesar de ser una pregunta tan necesaria supongo, como carente de originalidad, no supe cómo contestarla en su momento.

Ahora si sabría.

Te explicaría que aquí los amaneceres se producen cada tres minutos. El sol sale indistintamente desde el norte o desde el sur. Puedes verlo entre dos vías iluminando el túnel en un estado casi celestial.

Penetra sin titubeos, alargado, pleno de horizontalidad lo llena todo dejando viento a su paso. Con esa seguridad del que sabe que es esperado.

No puedes eludir su hipnótica luz. La deseas. La corriente arremolina mi falda entre mis piernas, cuando se produce su prodigiosa entrada.

Mi cabello se desordena jugando a esconder mi rostro. Sin duda hay milagros eléctricos sobre los sucios raíles de la ciudad de Londres.

Eso es lo que más me gusta, sus amaneceres.

Ahora ya lo sabes, o quizá no, que más da.

El traqueteo del vagón mecía mi cuerpo, incitándome al abandono del sueño.

 

 

¿A ti que te gusta hacer? Me preguntaron en la última fiesta en la que estuve.

A mi lo que verdaderamente me gusta es masturbarme antes de desayunar. Eso y cortarme las uñas. Respondí yo, muy seria. ¿ Y a ti?

La gente no quiere oír la verdad, prefieren una mentira bien contada, y yo ya tengo la nariz demasiado larga, y la vergüenza demasiado puta.

La gente, ese individuo plural de diferente cara pero de similar pensar, te va a decir que le gusta viajar. Que recientemente se ha ido a Tailandia. Te enseñará fotos de paisajes idílicos y turísticos. Posando tipo zen, a pesar de la obviedad de que alguien no tan zen le toma la foto porque hay que repetir el patrón que otro gilipollas ha marcado anteriormente. No sabes lo que es meditar, ni siquiera piensas mucho en la vida o en lo que quieres, si no, probablemente no estarías haciendo cola en el nuevo Starbucks de Vigo. hay que ir a Tailandia como antes hubo que ir a Nueva York, o a Punta Cana.

Hay que tener hijos como hubo que casarse.

¿Porqué?

Pues porque sí. Porque es así. Y más te vale no cuestionarte las cosas. Sigue las normas y ya está. No hay nada más aterrador que alguien que cuestiona lo predeterminado. El amor. La Constitución. La vida. La educación. La ley.

A mi no me gusta viajar, lo que me gusta es escapar y poner tierra de por medio. Alejarme hasta de mi misma. No me des Riviera Maya, dame Serbia, desolación palpable, cicatriz, añicos de URSS.

Algo real dentro de un mar de espejos sin reflejo. Entramos en el juego de mostrar lo que comemos. Enseñamos los libros que leémos,  las películas vemos. Somos sanos, cultos. Metemos barriga  para la foto, y vamos al gym o a hacer running. Somos guapos. Y así proyectamos una imagen que no existe, y alguien le dará like, a pesar de que se la sude. Pero eso nos hará sentir mejor.

¿Por eso lo hacemos no?

Para ser reconocidos, para agradar y encajar en lo que tiene que ser.

Kendrick Lamar dice en su último disco que está harto de tanto photoshop, que quiere que le muestren algo real. Un culo marcado por estrías.

Somos luz dicen algunas, somos energía dicen otros, y lo rematan con el consabido. ¨La energía no se destruye, se transforma¨. ¿Dónde lo habrán aprendido? ¿En la clase de Tecnología en la ESO?

No somos luz, mucho menos energía, somos un concepto mal aprendido. Una generación inflada en ego, que cree que merece todo por el hecho de respirar. No hemos luchado por nada ni conseguido nada tampoco. Nos consideramos especiales y sentimos la necesidad de mostrarlo, en fotos, en vídeos, en ciento cincuenta caracteres.

Somos efímeros, puede que incluso fraudulentos, como las estrellas del firmamento, que han muerto hace cientos de años, pero sin embargo aún podemos ver la estela de su luz.

 

 

Llegué al Barbican Center. Habían inaugurado una exposición sobre Jean Michel Basquiat. Y pensé que al menos me distraería por un rato de lo que estaba sucediendo en el mundo. Ninguno de mis amigos había querido acompañarme, lo cierto es que el precio de la entrada era algo elevado, no más que un mojito en el Soho, pero chica, cada uno a sus prioridades. Éste artista se había convertido unos años atrás en pintor de moda, el equivalente masculino a Frida Kalho. No hay moderno que no luzca en su pisíto de Malasaña una imagen de éstos dos artistas.

En la entrada un grupo de mujeres y hombres fumaban apresurados cigarrillos. Tragan el humo mezcla de tabaco, alquitrán e incertidumbre. Yo no los juzgo. Me da igual. Siempre estamos tragando algo, al fin y al cabo así es la vida. Somos un no parar de tragar. Tragar las opiniones. El semen agrio. Tragar el dolor. El problema surge cuando te haces adicto a tragar, porque entonces no habrá vuelta atrás.

Me tiré como unas tres horas y media en la exposición, buena parte del tiempo, escribiendo en mi libreta, sentada junto al cuadro que más me había gustado.

Pensé en un joven Basquiat postrado en una cama de hospital, ojeando el libro de anatomía que su madre de había regalado. Pensé en como con timidez, empezaría a bocetar, huesos y músculos, para terminar algún día, siendo un reconocido artista mundial y atemporal.

Lo que es la vida…

¿Qué pensaría Jean Michel de Laura Escanes?

¿Que pensaría del procés catalá?

¿Qué pensaría de todos las personas asesinadas en las cunetas durante una dictadura que mi país pretende negar y arrojar en una fosa común, bajo la tierra marrón del olvido?

Quizá Soraya Sáez le podría explicar al atractivo pintor, que todas aquellas torturas, asesinatos y vejaciones fueron fruto de una actuación ejemplar, y le mostraría orgullosa el Valle de los caídos.

Quién sabe. Lo que si sé, es que siempre habrá flores que crezcan en las cunetas. Fíjate. No es casualidad.

 

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No me llames Medusa, llámame Gorgona.

Quiero que te pongas aquí, en el centro de la cama, me ordenó Adri, sólo voy a probar la luz, pero creo que puede salir algo muy interesante.

Yo obedecí vehemente, y me dejé hacer y guiar en todas sus indicaciones. Me resultaba muy fácil posar para él.

Después de medir la iluminación y tomarme algunos retratos de prueba, empezó a disparar en serio, su transformación era evidente. De repente, su rostro y su cara se sumergen de lleno en un mundo que sólo él puede ver. Encaramado en el quicio de la ventana, me observaba muy quieto.

Dios mío Andrea, emanas una fuerza, algo tan poderoso… Eres preciosa, ojalá pudieras verte como yo te veo a ti. Sus palabras lograron emocionarme, pero lo disimulé bien.

Tumbada en la cama boca arriba mi pelo caía desparramado en todas las direcciones.  Él continuaba observándome siempre desde el silencio.

Te pareces a Medusa, dijo al fin. Medusa, repetí muy bajito, me sonaba lejanamente ese nombre, y sin embargo no sabía de qué.

Sí, la semana pasada fui a una exposición en el Tate, Medusa fue una Diosa de la mitología griega, una mujer de las que te gustan a ti. Deberías ir a verla, estoy seguro de que te gustará su historia. En su melena, en vez de cabello, la representan con una salvaje melena de serpientes, y en éstos momentos, me recuerdas a ella.

Belleza, ese animal de dos caras y afiladas fauces. Es importante ser bella, la fealdad es considerada desafío, insulto. A pesar de que no nos pertenece, es ajeno a nuestra voluntad. Uno no decide nacer bello, sin embargo si se nos castiga, se nos aparta o se nos devalúa si no somos poseedores o perdemos con el paso del tiempo ese preciado don.

Siempre he desconfiado de ella. Desde pequeña, conozco de cerca los estragos que puede provocar.

Lo he vivido con mi madre, cuando una tarde al volver de la peluquería se encerró en el baño, y no salía. Mi padre me puso los dibujos en la tele, a un elevado volumen que yo no entendí.

Me agazapé tras la puerta del salón para intentar averiguar cual era el motivo de tanto comportamiento extraño. Le susurraba dulcemente. Ella lloraba.

– Cris, que pasa, vamos abre la puerta, déjame entrar. Venga anda, que se va a asustar la niña.

Esas últimas palabras parecieron persuadirla e hicieron que el pomo se girara. Su pelo estaba totalmente despeinado. Mi padre la abrazó y la peinó con los dedos.

– La peluquera no ha dejado de decirme que se me cae mucho el pelo, que qué me pasa, que como siga así me voy a quedar calva y que es una pena con lo bonita que había sido siempre, decía mi madre temblando y con los ojos llenos de lágrimas.

– Pero vamos a ver Cris, ¿ Le vas a hacer caso a esa piojosa que lo único que sabe hacer en la vida es cotillear? ¿ Que lo más lejos que ha estado es en Canido? ¿Que lo único que ha leído en su vida son revistas del corazón? Mírame,  le agarró suavemente la cabeza posando ambas manos a cada lado de su cara, para elevarla. Tú eres preciosa. Eres una artista Cris, me oyes, una ar-tis-ta, estás por encima de toda esa mierda. No necesitas vestidos, ni maquillaje, ni tan siquiera una melena de lechera como tanto desea tu madre. Cristina empezó a reírse entonces.

Mira que sonrisa. Eres tremendamente hermosa. Es imposible Cris, escúchame bien, imposible no mirarte, no desearte, porque eres luz, esa pura y brillante luz que lo llena todo. Y después de haberte visto así, como yo te veo, es imposible apartar los ojos de ti.

Mi madre ya no sonreía, sólo se miraban el uno al otro en silencio, de un complejo modo que yo jamás he vuelto a ver.

Ella sabía que mi padre sentía cada palabra que decía, yo a pesar de mi corta edad, también lo sentía.

Años más tarde lo viví con mi padre. Yo estaba en el instituto, en plena adolescencia y ebullición hormonal.

Su cara y su cuerpo sufrieron un deterioro importante. La gente nos miraba como si tuviésemos tres cabezas. Los vecinos murmuraban a nuestro paso. Vivir en un pueblo, nunca nos ha favorecido, era como estar metidos en una pequeña caja de cartón, ambos sentíamos la asfixia atenazándonos.

Una tarde sentados en una cafetería un niño muy pequeño se acercó a nuestra mesa a recoger un balón que se le había escapado. Al ver a mi padre el niño tornó el gesto y empezó a llorar. La imagen de mi padre lo aterraba.

Yo vi el dolor en el gesto de mi padre, y empecé a hablar y hablar para intentar aturdirlo con mis tonterías y evitar que pensara en lo ocurrido.

Pero ya por la noche, lo encontré mirándose en el espejo del baño. Me acerqué hasta quedarme a su lado, ambos reflejados en ese cruel rectángulo de cristal.

Los niños me tienen miedo Andre, mi cara los asusta como si fuese un monstruo. Soy incapaz de reconocerme, ya no queda nada de lo que algún día fui.

Eso no es verdad, te queda la nariz. Contesté yo rápidamente y con el gesto serio, para intentar desviar el dolor que mi padre sentía, y que a mi misma me hacía sangrar el alma. Nos miramos un segundo, y estallamos a la vez en un ataque de risa tan fuerte, que nos dejó tirados en el suelo del baño durante media hora. Siempre me he sentido orgullosa de tener su nariz, y de usar el humor como cura y antídoto de los mayores pesares de la vida.

También lo he visto en alguna de mis amigas que ha llorado tardes enteras después de ahogar su vómito en la ducha, porque no era lo suficientemente delgada. Porque el chico que le gustaba, le había dicho que la quería pero que le daba vergüenza que sus amigos lo vieran con ella.

Si eres mujer naces con una carga mayor. Agradar, como si estuvieras en ésta vida para anteponer las necesidades de los demás a las tuyas propias.  Sonreir, como si la vida fuese un chiste o el Instagram de Laura Escanes tolrrato.

Competir con el resto de mujeres, como si fuésemos enemigas en vez de compañeras. Si no eres guapa no te querrán, como si la única valía de la mujer fuese temporal y estética.

No debes llamar la atención, ni hablar demasiado alto. No debes hablar de sexo de forma explícita, no debes vestir así o asá. Debes depilarte, porque las mujeres no deben tener vello en zonas donde a los hombres les abunda. Porque serás juzgada y sometida por hombres y mujeres al mismo tiempo.

Por tus amigas, que te dirán que si no tienes hijos te vas a arrepentir, como si sólo existiese un único modelo de vida posible. Por tus padres que creen que tu vida les pertenece, e insistirán en que estudies la carrera que a ellos les parezca más oportuna. Serás sometida por un cura que te dirá como y cuando debes usar tu cuerpo, ese que te pertenece sólo a ti amparándose en un supuesto pecado que tan sólo ellos tienen en su cabeza. Serás sometida por tu novio, que probablemente te diga que ese vestido es demasiado corto, y que vas demasiado maquillada.

Las fotos me parecieron sumamente potentes, crudas y dotadas de cierta fuerza impactante. Ambos quedamos muy satisfechos ante el resultado, y nos despedimos, contentos y emocionados con lo que éramos capaces de crear juntos.

De camino a casa, en un sucio vagón de la Victoria Line fui elucubrando sobre cómo redactaría el post para esas fotos, y en cuanto tuve señal en mi teléfono, tecleé las seis letras: MEDUSA.

La Diosa Atenea, decidió castigar a la bella Medusa, convirtiéndola en un monstruo, al enterarse de que su hijo Poseidón estaba enamorado de ella. La despojó de todos sus atributos de belleza. Su hermosa melena fue sustituída por cientos de serpientes. de sus labios entreabiertos sobresalían unos terroríficos colmillos. No contenta con eso, le robó también la capacidad de ser amada, por tanto, cada vez que alguien miraba a Medusa, éste se convertiría en piedra, o acabaría muerto.

No importó que se sospechara que Poseidón no la había seducido, sino que la había violado. La ira de Atenea, hizo que Medusa terminara literalmente despedazada, por el único pecado de ser hermosa.

Entonces recordé perfectamente, porqué me sonaba tanto el nombre de la Diosa de Grecia.

Yo era muy pequeña, y jugaba en el salón de casa junto a mi madre, que trabajaba en un enorme encargo que le había hecho una mujer del pueblo. A mi madre no le caía bien, pero decidió aceptar el encargo, porque no andábamos bien de dinero. La mujer iba a abrir una cafetería cerca de la iglesia, y por eso, le pidió a mi madre que le hiciese varios cuadros. entre ellos,  un retrato de su diosa de la mitología griega preferida, y que daría nombre a la cafetería, Atenea. También le encargó un óleo enorme, un árbol genealógico que había visto en un libro con todos los dioses y diosas de la Antigua Grecia.

Mi madre se obsesionó con la enorme pintura. Trabajaba sin descanso durante largas jornadas.  En aquella época empezaba a perder la visión del ojo izquierdo. El cuadro contaba con muchísimos detalles, meticulosamente plasmados, por lo que su esfuerzo aún era mayor.

La mujer del encargo había encontrado desorbitado el precio de veinte mil pesetas del último cuadro. Mi madre se había mantenido firme, y la compradora finalmente aceptó el trato.

Mi padre le suplicaba que no lo vendiese. Necesitamos el dinero, sentenciaba categórica mi madre. Sólo es un cuadro Suso. No lo fue. Fue su último encargo, después de eso decidió que no volvería a pintar para nadie más que para nosotros.

A mi me fascinaba verla pintar y solía sentarme junto a ella muy quieta a observarla trabajar en los pequeños rostros del árbol genealógico.

– ¿Que te parece Andre, te gusta?

– Me gusta mucho. ¿ Quien es esa de ahí mami?

– Oh, esa es Medusa, es la Diosa que más me gusta.

– Pero si no es guapa mami, me da miedo.

– No debe darte miedo, la belleza es desconsiderada y pasajera, no siempre es algo bueno. Hay una diferencia Andre, entre ser guapa y ser bella. Y Medusa era la más bella, a pesar de ese aspecto amenazante, ¿Sabes porqué?

– No mami.

– Porque era fuerte, era una luchadora, y en la vida no hay mayor belleza que esa.

 

 

A Cristina.

 

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FINEM

Los días antes son una mierda, desde siempre. Me imagino a Eva en el Edén nerviosica perdida, la noche antes de sentir el jugo de la ácida manzana del pecado corriendo por su mentón.

Esa intranquilidad que sientes cuando sabes que algo va a pasar, y que no puedes hacer mucho por evitarlo.

Así estaba yo esa mañana de Mayo, escondida debajo del edredón, y rezando para que cayese una plaga de langosta que me impidiera regresar al sucio y gris London.

Saqué la cabeza para echar un ojo y comprobar a través de la visión que me ofrecía mi ventana, que mis plegarias aún no habían sido escuchadas.

Salí de la cama y de puntillas me colé en la penumbra de la habitación de mi padre. Muy despacito me metí como una ladrona experta en su cama. Como cuando era niña y me aterraba que se muriese.

Con ocho años desrrollé un pánico horrible, a que el muriera, y me colaba en su cama temblando. El me abrazaba y le sacaba hierro al asunto.

La muerte forma parte de la vida Andre. Las personas no desaparecen aunque se mueran, porque siguen viviendo dentro nuestra. Una persona vive mientras se sienta querida de verdad. Yo se que tú me vas a querer toda la vida, por eso no me voy a morir nunca.

Yo lo miraba con los ojos como platos, no entendía como no era capaz de dibujarme una tortuga, pero si de explicarme el sentido de la vida con un par de frases.

– ¿Qué haces aquí?

– No puedo dormir más.

– Pues yo si, ésta noche me han dolido mucho las piernas y no he podido dormir, así que no hables mucho.

– Vale.

El silencio volvía a colmar la estancia de nuevo. Yo apoyaba mi cabeza contra su cálida espalda. Lo abrazaba y aspiraba su aroma, cerrando los ojos.

– Antes de comer te voy a llevar a una playa que conozco. En ésta época no hay nadie, y se conserva casi virgen, te va a gustar.

– Que bien Suso.

– ¿Bueno y cómo vas de amores? ¿Aquel chico que…?

– ¿En serio ha salido esa pregunta de tu boca?

– Será que me hago mayor. Vas a contestar o no!

– Ya no hay nadie. Me limito a tener sexo cuando me apetece y punto. No lo soporto más papá. Estoy cansada de intentarlo, y sentir cuando acaba que se quedan con un trozo de mi. Creo que no soy la típica mujer que pueda estar en pareja. Hay algo en mi que no…

– Claro que no eres la típica, y menos mal. ¿Que quieres casarte y tener hijos? No eres así, buscas otras cosas en la vida, disfrutas y te nutres de otros modos. La gente no siempre lo entiende Andre, pero no hay nada de malo, y acabarás topando con alguien que no sólo no tenga miedo, sino que no quiera estar sin ti.

– No sé.

Nos quedamos en silencio, y al rato nos dormimos. Me sorprendió notar como por primera vez en la vida, no se sentía feliz ante mi soltería.

Antes de comer recordé que tenía que devolver el libro que había cogido prestado en la biblioteca, y que no me había dado tiempo a terminar.

Me puse un vestido y unos tenis, metí en el bolso las llaves del coche y salí disparada.

– Mierda, el puto libro! Yo soy gilipollas! Exclamé en el portal.

Después de dar media vuelta y asegurarme tres veces de que ésta vez si llevaba conmigo, el motivo de mi salida, me fui.

Mientras esperaba el ascensor podía escuchar la amenaza de mi padre de que si llegaba tarde, se comería toda la tortilla, y que yo, tendría que comer mierda. Así es él. Cariño en capital letters.

Después de cumplir mi cívica obligación, y caminando hacia al coche a paso rápido para no perder la delicatessen que Suso estaría cocinando en nuestro pisito de protección oficial, me lo topé. Literalmente.

Caminaba mirando la acera, pensando en la ocasión propicia para dar el golpe y robar un barco, y cuando alcé la mirada, ahí estaba Luis paralizado.

No nos veíamos desde antes de irme a Londres. Luis había sido el primer hombre en mi vida que me había dicho con sinceridad, que yo podría lograr cualquier cosa que me propusiera. También había sido el primero en follarme.

Ahora parecía el la niña de dieciocho.

-Andrea, repetía en murmullos, como si no terminara de creerse lo que veía.

-Hola Luis. Me acerqué para besarle ambas mejillas, y pude palpar su nerviosismo.

– ¿Que tal estás? ¿Has vuelto? Estás más delgada, dijo agarrándome las manos y demorando la vista en mi cuerpo más de lo protocolariamente aceptado.

– Vai a merda. Estoy bien. He venido unos días de vacaciones. Y antes de escuchar quejas por no haber ido a verlo añadí; Necesitaba pasar tiempo con mi padre.

– Comprendo, dijo sonriendo.

-Tengo que irme ya. Cuidese mucho Luis Roberto.

– Me alegro de verte Andre, dijo cogiendome cariñosamente por el mentón. Estás… estás…

– Viva, añadí yo, con las mejillas ardiendo. Chao, dije evitando sus ojos, y seguí mi camino. Podía notar sus ojos clavados en mi espalda. En ella o quizá un poco más abajo. Me eché a reír, pensando que hay cosas que nunca cambian. Por muchos años que pasen.

La playa no podía ser más de mi agrado. No había nadie, estaba limpia y había plantas y dunas. Me quedé un instante atónita viendo el mar. Lancé los zapatos al aire y eché a correr hacia la orilla. La arena era suave y podía sentir la calidez del sol colándose entre los dedos de mis pies. Yo gritaba y saltaba en la orilla mojándome de espuma y sal el vestido que ondulaba al viento.

– Estás como una puta cabra. Decía Suso con el ceño fruncido, pero con una media sonrisa en los labios.

Nos sentamos en la arena a mirar el mar en silencio.

Suso comenzó a hablarme de la gran fuga de Alcatraz que es una historia que le fascina. Yo lo escuchaba tumbada sobre la arena, mientras observaba las nubes moverse. Cerré los ojos para grabar ese momento, el tono exacto de la voz de mi padre, el azul del cielo, la velocidad de las nubes al ser empujadas por el viento, el carácter salvaje de un mar que siempre me acogía como un amante anhelante. Allí, en ese mismo instante, al sentir la suave caricia del sol sobre mi piel, determiné que probablemente no sería más feliz en la vida. Y quizá tampoco necesitara más.

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