No me llames Medusa, llámame Gorgona.

Quiero que te pongas aquí, en el centro de la cama, me ordenó Adri, sólo voy a probar la luz, pero creo que puede salir algo muy interesante.

Yo obedecí vehemente, y me dejé hacer y guiar en todas sus indicaciones. Me resultaba muy fácil posar para él.

Después de medir la iluminación y tomarme algunos retratos de prueba, empezó a disparar en serio, su transformación era evidente. De repente, su rostro y su cara se sumergen de lleno en un mundo que sólo él puede ver. Encaramado en el quicio de la ventana, me observaba muy quieto.

Dios mío Andrea, emanas una fuerza, algo tan poderoso… Eres preciosa, ojalá pudieras verte como yo te veo a ti. Sus palabras lograron emocionarme, pero lo disimulé bien.

Tumbada en la cama boca arriba mi pelo caía desparramado en todas las direcciones.  Él continuaba observándome siempre desde el silencio.

Te pareces a Medusa, dijo al fin. Medusa, repetí muy bajito, me sonaba lejanamente ese nombre, y sin embargo no sabía de qué.

Sí, la semana pasada fui a una exposición en el Tate, Medusa fue una Diosa de la mitología griega, una mujer de las que te gustan a ti. Deberías ir a verla, estoy seguro de que te gustará su historia. En su melena, en vez de cabello, la representan con una salvaje melena de serpientes, y en éstos momentos, me recuerdas a ella.

Belleza, ese animal de dos caras y afiladas fauces. Es importante ser bella, la fealdad es considerada desafío, insulto. A pesar de que no nos pertenece, es ajeno a nuestra voluntad. Uno no decide nacer bello, sin embargo si se nos castiga, se nos aparta o se nos devalúa si no somos poseedores o perdemos con el paso del tiempo ese preciado don.

Siempre he desconfiado de ella. Desde pequeña, conozco de cerca los estragos que puede provocar.

Lo he vivido con mi madre, cuando una tarde al volver de la peluquería se encerró en el baño, y no salía. Mi padre me puso los dibujos en la tele, a un elevado volumen que yo no entendí.

Me agazapé tras la puerta del salón para intentar averiguar cual era el motivo de tanto comportamiento extraño. Le susurraba dulcemente. Ella lloraba.

– Cris, que pasa, vamos abre la puerta, déjame entrar. Venga anda, que se va a asustar la niña.

Esas últimas palabras parecieron persuadirla e hicieron que el pomo se girara. Su pelo estaba totalmente despeinado. Mi padre la abrazó y la peinó con los dedos.

– La peluquera no ha dejado de decirme que se me cae mucho el pelo, que qué me pasa, que como siga así me voy a quedar calva y que es una pena con lo bonita que había sido siempre, decía mi madre temblando y con los ojos llenos de lágrimas.

– Pero vamos a ver Cris, ¿ Le vas a hacer caso a esa piojosa que lo único que sabe hacer en la vida es cotillear? ¿ Que lo más lejos que ha estado es en Canido? ¿Que lo único que ha leído en su vida son revistas del corazón? Mírame,  le agarró suavemente la cabeza posando ambas manos a cada lado de su cara, para elevarla. Tú eres preciosa. Eres una artista Cris, me oyes, una ar-tis-ta, estás por encima de toda esa mierda. No necesitas vestidos, ni maquillaje, ni tan siquiera una melena de lechera como tanto desea tu madre. Cristina empezó a reírse entonces.

Mira que sonrisa. Eres tremendamente hermosa. Es imposible Cris, escúchame bien, imposible no mirarte, no desearte, porque eres luz, esa pura y brillante luz que lo llena todo. Y después de haberte visto así, como yo te veo, es imposible apartar los ojos de ti.

Mi madre ya no sonreía, sólo se miraban el uno al otro en silencio, de un complejo modo que yo jamás he vuelto a ver.

Ella sabía que mi padre sentía cada palabra que decía, yo a pesar de mi corta edad, también lo sentía.

Años más tarde lo viví con mi padre. Yo estaba en el instituto, en plena adolescencia y ebullición hormonal.

Su cara y su cuerpo sufrieron un deterioro importante. La gente nos miraba como si tuviésemos tres cabezas. Los vecinos murmuraban a nuestro paso. Vivir en un pueblo, nunca nos ha favorecido, era como estar metidos en una pequeña caja de cartón, ambos sentíamos la asfixia atenazándonos.

Una tarde sentados en una cafetería un niño muy pequeño se acercó a nuestra mesa a recoger un balón que se le había escapado. Al ver a mi padre el niño tornó el gesto y empezó a llorar. La imagen de mi padre lo aterraba.

Yo vi el dolor en el gesto de mi padre, y empecé a hablar y hablar para intentar aturdirlo con mis tonterías y evitar que pensara en lo ocurrido.

Pero ya por la noche, lo encontré mirándose en el espejo del baño. Me acerqué hasta quedarme a su lado, ambos reflejados en ese cruel rectángulo de cristal.

Los niños me tienen miedo Andre, mi cara los asusta como si fuese un monstruo. Soy incapaz de reconocerme, ya no queda nada de lo que algún día fui.

Eso no es verdad, te queda la nariz. Contesté yo rápidamente y con el gesto serio, para intentar desviar el dolor que mi padre sentía, y que a mi misma me hacía sangrar el alma. Nos miramos un segundo, y estallamos a la vez en un ataque de risa tan fuerte, que nos dejó tirados en el suelo del baño durante media hora. Siempre me he sentido orgullosa de tener su nariz, y de usar el humor como cura y antídoto de los mayores pesares de la vida.

También lo he visto en alguna de mis amigas que ha llorado tardes enteras después de ahogar su vómito en la ducha, porque no era lo suficientemente delgada. Porque el chico que le gustaba, le había dicho que la quería pero que le daba vergüenza que sus amigos lo vieran con ella.

Si eres mujer naces con una carga mayor. Agradar, como si estuvieras en ésta vida para anteponer las necesidades de los demás a las tuyas propias.  Sonreir, como si la vida fuese un chiste o el Instagram de Laura Escanes tolrrato.

Competir con el resto de mujeres, como si fuésemos enemigas en vez de compañeras. Si no eres guapa no te querrán, como si la única valía de la mujer fuese temporal y estética.

No debes llamar la atención, ni hablar demasiado alto. No debes hablar de sexo de forma explícita, no debes vestir así o asá. Debes depilarte, porque las mujeres no deben tener vello en zonas donde a los hombres les abunda. Porque serás juzgada y sometida por hombres y mujeres al mismo tiempo.

Por tus amigas, que te dirán que si no tienes hijos te vas a arrepentir, como si sólo existiese un único modelo de vida posible. Por tus padres que creen que tu vida les pertenece, e insistirán en que estudies la carrera que a ellos les parezca más oportuna. Serás sometida por un cura que te dirá como y cuando debes usar tu cuerpo, ese que te pertenece sólo a ti amparándose en un supuesto pecado que tan sólo ellos tienen en su cabeza. Serás sometida por tu novio, que probablemente te diga que ese vestido es demasiado corto, y que vas demasiado maquillada.

Las fotos me parecieron sumamente potentes, crudas y dotadas de cierta fuerza impactante. Ambos quedamos muy satisfechos ante el resultado, y nos despedimos, contentos y emocionados con lo que éramos capaces de crear juntos.

De camino a casa, en un sucio vagón de la Victoria Line fui elucubrando sobre cómo redactaría el post para esas fotos, y en cuanto tuve señal en mi teléfono, tecleé las seis letras: MEDUSA.

La Diosa Atenea, decidió castigar a la bella Medusa, convirtiéndola en un monstruo, al enterarse de que su hijo Poseidón estaba enamorado de ella. La despojó de todos sus atributos de belleza. Su hermosa melena fue sustituída por cientos de serpientes. de sus labios entreabiertos sobresalían unos terroríficos colmillos. No contenta con eso, le robó también la capacidad de ser amada, por tanto, cada vez que alguien miraba a Medusa, éste se convertiría en piedra, o acabaría muerto.

No importó que se sospechara que Poseidón no la había seducido, sino que la había violado. La ira de Atenea, hizo que Medusa terminara literalmente despedazada, por el único pecado de ser hermosa.

Entonces recordé perfectamente, porqué me sonaba tanto el nombre de la Diosa de Grecia.

Yo era muy pequeña, y jugaba en el salón de casa junto a mi madre, que trabajaba en un enorme encargo que le había hecho una mujer del pueblo. A mi madre no le caía bien, pero decidió aceptar el encargo, porque no andábamos bien de dinero. La mujer iba a abrir una cafetería cerca de la iglesia, y por eso, le pidió a mi madre que le hiciese varios cuadros. entre ellos,  un retrato de su diosa de la mitología griega preferida, y que daría nombre a la cafetería, Atenea. También le encargó un óleo enorme, un árbol genealógico que había visto en un libro con todos los dioses y diosas de la Antigua Grecia.

Mi madre se obsesionó con la enorme pintura. Trabajaba sin descanso durante largas jornadas.  En aquella época empezaba a perder la visión del ojo izquierdo. El cuadro contaba con muchísimos detalles, meticulosamente plasmados, por lo que su esfuerzo aún era mayor.

La mujer del encargo había encontrado desorbitado el precio de veinte mil pesetas del último cuadro. Mi madre se había mantenido firme, y la compradora finalmente aceptó el trato.

Mi padre le suplicaba que no lo vendiese. Necesitamos el dinero, sentenciaba categórica mi madre. Sólo es un cuadro Suso. No lo fue. Fue su último encargo, después de eso decidió que no volvería a pintar para nadie más que para nosotros.

A mi me fascinaba verla pintar y solía sentarme junto a ella muy quieta a observarla trabajar en los pequeños rostros del árbol genealógico.

– ¿Que te parece Andre, te gusta?

– Me gusta mucho. ¿ Quien es esa de ahí mami?

– Oh, esa es Medusa, es la Diosa que más me gusta.

– Pero si no es guapa mami, me da miedo.

– No debe darte miedo, la belleza es desconsiderada y pasajera, no siempre es algo bueno. Hay una diferencia Andre, entre ser guapa y ser bella. Y Medusa era la más bella, a pesar de ese aspecto amenazante, ¿Sabes porqué?

– No mami.

– Porque era fuerte, era una luchadora, y en la vida no hay mayor belleza que esa.

 

 

A Cristina.

 

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FINEM

Los días antes son una mierda, desde siempre. Me imagino a Eva en el Edén nerviosica perdida, la noche antes de sentir el jugo de la ácida manzana del pecado corriendo por su mentón.

Esa intranquilidad que sientes cuando sabes que algo va a pasar, y que no puedes hacer mucho por evitarlo.

Así estaba yo esa mañana de Mayo, escondida debajo del edredón, y rezando para que cayese una plaga de langosta que me impidiera regresar al sucio y gris London.

Saqué la cabeza para echar un ojo y comprobar a través de la visión que me ofrecía mi ventana, que mis plegarias aún no habían sido escuchadas.

Salí de la cama y de puntillas me colé en la penumbra de la habitación de mi padre. Muy despacito me metí como una ladrona experta en su cama. Como cuando era niña y me aterraba que se muriese.

Con ocho años desrrollé un pánico horrible, a que el muriera, y me colaba en su cama temblando. El me abrazaba y le sacaba hierro al asunto.

La muerte forma parte de la vida Andre. Las personas no desaparecen aunque se mueran, porque siguen viviendo dentro nuestra. Una persona vive mientras se sienta querida de verdad. Yo se que tú me vas a querer toda la vida, por eso no me voy a morir nunca.

Yo lo miraba con los ojos como platos, no entendía como no era capaz de dibujarme una tortuga, pero si de explicarme el sentido de la vida con un par de frases.

– ¿Qué haces aquí?

– No puedo dormir más.

– Pues yo si, ésta noche me han dolido mucho las piernas y no he podido dormir, así que no hables mucho.

– Vale.

El silencio volvía a colmar la estancia de nuevo. Yo apoyaba mi cabeza contra su cálida espalda. Lo abrazaba y aspiraba su aroma, cerrando los ojos.

– Antes de comer te voy a llevar a una playa que conozco. En ésta época no hay nadie, y se conserva casi virgen, te va a gustar.

– Que bien Suso.

– ¿Bueno y cómo vas de amores? ¿Aquel chico que…?

– ¿En serio ha salido esa pregunta de tu boca?

– Será que me hago mayor. Vas a contestar o no!

– Ya no hay nadie. Me limito a tener sexo cuando me apetece y punto. No lo soporto más papá. Estoy cansada de intentarlo, y sentir cuando acaba que se quedan con un trozo de mi. Creo que no soy la típica mujer que pueda estar en pareja. Hay algo en mi que no…

– Claro que no eres la típica, y menos mal. ¿Que quieres casarte y tener hijos? No eres así, buscas otras cosas en la vida, disfrutas y te nutres de otros modos. La gente no siempre lo entiende Andre, pero no hay nada de malo, y acabarás topando con alguien que no sólo no tenga miedo, sino que no quiera estar sin ti.

– No sé.

Nos quedamos en silencio, y al rato nos dormimos. Me sorprendió notar como por primera vez en la vida, no se sentía feliz ante mi soltería.

Antes de comer recordé que tenía que devolver el libro que había cogido prestado en la biblioteca, y que no me había dado tiempo a terminar.

Me puse un vestido y unos tenis, metí en el bolso las llaves del coche y salí disparada.

– Mierda, el puto libro! Yo soy gilipollas! Exclamé en el portal.

Después de dar media vuelta y asegurarme tres veces de que ésta vez si llevaba conmigo, el motivo de mi salida, me fui.

Mientras esperaba el ascensor podía escuchar la amenaza de mi padre de que si llegaba tarde, se comería toda la tortilla, y que yo, tendría que comer mierda. Así es él. Cariño en capital letters.

Después de cumplir mi cívica obligación, y caminando hacia al coche a paso rápido para no perder la delicatessen que Suso estaría cocinando en nuestro pisito de protección oficial, me lo topé. Literalmente.

Caminaba mirando la acera, pensando en la ocasión propicia para dar el golpe y robar un barco, y cuando alcé la mirada, ahí estaba Luis paralizado.

No nos veíamos desde antes de irme a Londres. Luis había sido el primer hombre en mi vida que me había dicho con sinceridad, que yo podría lograr cualquier cosa que me propusiera. También había sido el primero en follarme.

Ahora parecía el la niña de dieciocho.

-Andrea, repetía en murmullos, como si no terminara de creerse lo que veía.

-Hola Luis. Me acerqué para besarle ambas mejillas, y pude palpar su nerviosismo.

– ¿Que tal estás? ¿Has vuelto? Estás más delgada, dijo agarrándome las manos y demorando la vista en mi cuerpo más de lo protocolariamente aceptado.

– Vai a merda. Estoy bien. He venido unos días de vacaciones. Y antes de escuchar quejas por no haber ido a verlo añadí; Necesitaba pasar tiempo con mi padre.

– Comprendo, dijo sonriendo.

-Tengo que irme ya. Cuidese mucho Luis Roberto.

– Me alegro de verte Andre, dijo cogiendome cariñosamente por el mentón. Estás… estás…

– Viva, añadí yo, con las mejillas ardiendo. Chao, dije evitando sus ojos, y seguí mi camino. Podía notar sus ojos clavados en mi espalda. En ella o quizá un poco más abajo. Me eché a reír, pensando que hay cosas que nunca cambian. Por muchos años que pasen.

La playa no podía ser más de mi agrado. No había nadie, estaba limpia y había plantas y dunas. Me quedé un instante atónita viendo el mar. Lancé los zapatos al aire y eché a correr hacia la orilla. La arena era suave y podía sentir la calidez del sol colándose entre los dedos de mis pies. Yo gritaba y saltaba en la orilla mojándome de espuma y sal el vestido que ondulaba al viento.

– Estás como una puta cabra. Decía Suso con el ceño fruncido, pero con una media sonrisa en los labios.

Nos sentamos en la arena a mirar el mar en silencio.

Suso comenzó a hablarme de la gran fuga de Alcatraz que es una historia que le fascina. Yo lo escuchaba tumbada sobre la arena, mientras observaba las nubes moverse. Cerré los ojos para grabar ese momento, el tono exacto de la voz de mi padre, el azul del cielo, la velocidad de las nubes al ser empujadas por el viento, el carácter salvaje de un mar que siempre me acogía como un amante anhelante. Allí, en ese mismo instante, al sentir la suave caricia del sol sobre mi piel, determiné que probablemente no sería más feliz en la vida. Y quizá tampoco necesitara más.

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PROGRESSIO

Estaba delante de la cinta giratoria, esperando mi maleta. Detrás de mi se abrieron las puertas automáticas, y pude verla, en una esquina. Siempre ha habido una sosegada prudencia en su carácter, que me da mucha tranquilidad, supongo que porque yo soy la antítesis. El caos.

Grité, por que soy una loca incapaz de controlar mis emociones. Ella no decía nada, pero no hizo falta. Estaba emocionada por verme, y temblaba ligeramente. Me había echado de menos. Yo a ella también. En cuanto pude echarle mano a mi maleta metalizada, corrí en su dirección. Tiré el bolso al suelo y la levanté en peso. Nos miraban. Pero nosotras no mirábamos a nadie. Ella repetía mi nombre, yo aspiraba su olor, el olor de una hermana.

– Que delgada estás Andre!

– Y tú que guapa.

Me había traído una empanadilla de atún, siempre hemos tenido el don de convertir lo cotidiano en una fiesta inolvidable. Yo comía, hablaba, y sacaba medio cuerpo de la ventanilla como los perros. Ella me miraba de reojo, asegurándome, que nada era lo mismo sin mi. Y contándome con la comedida prudencia del que ha sufrido, que por fin era feliz.

Al llegar al centro de Vigo, yo miraba perpleja las calles. Es una situación surrealista, el ver tu ciudad, la que conoces como la palma de tu mano, pero a la vez ya no la reconoces como propia. Te sientes extraña, como dentro de un pantalón prestado, que no es de tu talla.

– ¿Te llevo a algún lado o prefieres ir directamente a tu casa a ver a tu padre?

Yo me quedé en silencio, mordiéndome el labio inferior, que es el gesto instintivo, que evidencia que quiero decir algo pero por algún motivo no me atrevo.

Ana supo interpretarlo a la primera.

– ¿Quieres que pare un momento en tu playa?

– Bueno, si no es molestia… Total, creo que mi padre no estará en casa.

– Pero que molestia ni molestia, no seas tonta.

Ella seguía hablandome de sus planes y proyectos, pero cuando aparcó el coche delante del azul del mar, yo ya no era capaz de escucharla. Bajé y me adentré en mi playa, descalza. Cuando sentí el mar lamiéndome los pies, cerré los ojos y respiré profundo. Estaba en casa.

Eché a andar hacia la Fontaíña. Miles de recuerdos invadieron de inmediato mi mente.

Yo con cinco años sentada junto a mi madre mirando el mar en silencio.

Yo con siete años vestida con el disfraz que mi madre me había cosido con esmero. Y en las rocas se empeñaba en retratarnos juntos a mi padre y a mi, de perfil. Yo no podía para de reír, porque en el momento en que mi madre contaba hasta tres, y apretaba el botón, mi padre hacía algo que provocaba mi interminable risa, y en consecuencia, la desesperación y enfado de ella.

Yo con diecisiete años, escuchando el discurso de Manu de que el cuerpo era algo natural y hermoso. Ese día nos desnudamos todos los del grupo. Yo empecé a aceptarme. Nadé desnuda y sequé mi cuerpo al sol por primera vez. Sentí tanto placer y libertad, que ya nunca he podido renunciar a esas dos sensaciones.

Yo con treinta y uno, comiendo helado de madrugada con él. Moviéndome encima de él. Mi tanga mojado. Su polla dura. Mi boca fría. Su lengua caliente. Yo sonriendo. Él mirándome. Fuegos artificiales…

Sacudí mi cabeza intentando apartar ese último recuerdo de mi cabeza.

Tantas, tantas cosas vivídas, que a veces sentía que era imposible que todo hubiera pasado en el transcurso de una sola vida.

Mis pies se detuvieron donde se varan las gamelas, y justo delante mía, la de mi abuelo. Mis dedos acariciaron la madera gris, agrietada de sal, perfumada de brea. Quise llorar y gritar, exigir un porqué, pero me quedé paralizada ante mi pasado, mis raíces lograban enmudecerme hasta la asfixia.

Ana me miraba desde el paseo, solté el aire de todos mis recuerdos de golpe, y me reuní con ella.

– Llévame a mi ghetto Ani.

– ¿Estás bien?

– Si, sólo quiero ver a mi padre.

Metí la llave en la cerradura, y allí, estaba él de pie tras el umbral del sexto b. Yo pronuncié su nombre como la más dulce de las declaraciones de amor.

Suso.

Mi padre.

Mi cura.

Me miró de arriba abajo, y sentenció a modo de saludo, un rotundo:

– No estás comiendo, y no intentes mentirme, que no te parí pero casi.

Así es el padre que me parió, poco dado a las muestras de cariño, pero pragmático y sincero hasta el escarnio más absoluto.

No se cuánto tiempo estuvimos hablando de la vida y sus bandazos. Pero yo ya no me acordaba de Londres, ni de su eterno gris.

Dejé la maleta en mi habitación. Todo estaba tal y como yo lo había dejado. La escultura en la mesilla. El cuadro de Frida en la esquina. Un dibujo de Sara Herranz en el centro de la pared, y en la cama un paquete.

– Mi padre me observaba desde cierta distancia.

– ¿Y éste paquete?

– Es un regalo.

– Muy hábil padre. Eso ya lo veo. ¿Pero porqué?

– Porque si. Cállate ya, y ábrelo de una vez -En sus ojos brillaba un destello de ilusión.

Era un libro de Patty Smith, que yo quería desde hace tiempo. Él lo sabía y sabía también de mi admiración por esa mujer. Creo que fue amor a primera oída. a los once años, en la cocina de casa me había puesto Horses por primera vez. Nos recuerdo bailando al ritmo de esa leyenda. Años después pude verla en concierto en Castrelos y me terminé de enamorar del todo, de su exquisita humildad, de la fuerza de su mirada, de su firmeza.

Supongo que no había sido fácil para ella, cuando de joven, tan alta y desgarbada se presentó con sus gafas oscuras y su pelo despeinado dispuesta a hacer ese tipo de punk- rock salvaje, una vida. No era guapa como Deborah Harris ni Chrissie Hynde. Pero tenía algo amigos, algo más poderoso que la belleza, y menos efímero. Esa luz que desprenden las mujeres que hacen lo que les sale del coño, sin pedir permiso ni perdón.

– Vas morrer Suso! -Dije al fin sin salir de mi asombro.

– ¿Te gusta?

– Claro que me gusta, pero me parece muy raro. Tu no eres detallista. Si que me has echado de menos entonces…

No dijo nada, pero sus cansados ojos verdes, hablaban sin necesidad de sílabas. Una punzada de culpabilidad recorrió mi espina dorsal.

A las seis de la tarde yo ya estaba lista para ir a pasear con él.

– ¿Donde quieres ir?

– A donde tú vayas me viene bien. He venido a estar contigo todo el tiempo que pueda.

– Yo voy desde aquí al centro andando, tomo un café, leo un poco el Faro y me vengo a cenar y ver una película.

– Me viene bien.

– ¿Y tienes que venir así vestida? Ésto no es Londres Andrea.

– Yo voy vestida como me sale del coño.

– Si, como te sale del coño si, pero luego te mira todo dios por la calle, y a mi me gusta pasar desapercibido. ¿No te puedes poner un pantalón vaquero? Como hacen todas las chicas, que vas con esa ropa que yo no se de donde la sacas. Yo no veo esa ropa que usas tú en los escaparates de las tiendas.

Lo miré muy tranquila, haciendo caso omiso. Divertida.

– Yo no soy todas las chicas Suso.

– Bueno va, anda. Si es que al final haces siempre lo que te da la gana…

Por las mañanas dormíamos hasta tarde. Yo me colaba a hurtadillas en su cuarto. Me abrazaba a su espalda, y hablábamos de la vida, de rock, de su enfermedad, de Cristina.

Después de comer veíamos el telediario, saber y ganar, y el documental de la Dos. Yo flipaba con todo lo que sabía sobre animales. Dando todo tipo de nombres de especies, detalles curiosos y lugares de origen.

Yo siempre acababa quedándome dormida contra su rodilla derecha.

– Y así, ya soy feliz Andre.

Por las tardes siempre paseábamos por sitios diferentes, que el escogía siempre, sabiendo que habría en ese emplazamiento algo que podría gustarme.

Por las noches sacaba una peli de su colección, que aseguraba que yo tenía que ver, y su porqué. Vimos Dead Proof, Jackie Brown, Paseando a Miss Daisy, Tarde para la ira, Una Jaula de Grillos, etc…

A veces discutíamos. A veces tenía dolor. A veces yo lloraba de impotencia. Y la mayor parte del tiempo nos reíamos de todo y de todos.

El fin de semana salí Viernes y Sábado por la noche. Tocaba vida social y relacionarme. Había quedado con Juan e Israa.

Bebimos de pura alegría de vernos. A ella le regalé un libro de feminismo que a mi me cambió la vida. A él lo abracé sin decir nada, en un abrazo sentido y sincero. Intentando borrar el último recuerdo que habíamos compartido juntos seis meses atrás.

Yo borracha de dolor y cerveza, llorando sin parar como un dique roto, preguntándole qué tenía de malo. El con sus ojos tristes, asegurándome que no tenía nada de malo.

Las horas volaron como vuelan los colibríes en verano. Israa me abrazaba y bebía vodka a pelo. Yo bailaba sin música y Juan nos sacaba fotos y se reía con mis bromas hasta convertir sus ojos en una fina línea.

Corrimos por Principe, al grito de “feminismo o muerte”, con el puño en alto y el corazón en la boca. Muertos de risa y vida.

Al llegar a Churruca Juan nos metió en la Fiesta de los Maniquíes. Irrumpimos como un vendaval bailando y saltando. Yo no me di ni cuenta de donde estábamos hasta que el complacido dueño me vino a dar los dos besos de rigor a modo de saludo. Tampoco se a cuantas cervezas me invitó Juan. Sólo se que creamos una atmósfera poderosa entre los tres, que se contagiaba a todo el que atravesaba la puerta. Y se empezó a llenar tanto que acabamos en las escaleras de fuera todos. Charlando y bromeando.

El sábado ya fue distinto, yo tenía una sensación extraña. Y empeoró cuando me crucé mientras daba vueltas con el coche intentando aparcar a la altura de La Juakina, con un grupo de amigos de la última persona que yo quería ver; Él.

El único artículo determinado singular, que se había convertido en nombre propio.

Uno de sus amigos giró la cabeza en dirección a la música que salía de mi coche. Pero no podía ser, ese chico estaba recorriendo Australia o Indonesia… No podía ser él. No eran ellos. Probablemente me estaría confundiendo.

– Me cago en Dios! bramé bajando la canción de Led Zeppelin que sonaba a toda ostia.

– Por favor no. por favor… Repetí en bajito. Que no esté. Que no me lo encuentre por favor.

Pasé toda la noche distraída y con cierta incomodidad en el cuerpo. Sin ser capaz de concentrarme en lo que mi amigo me contaba.

En Churruca, me dijo que tenía que pasar por el mismo local donde habíamos estado la noche anterior, porque tenía que hablar unas cosas de trabajo con el dueño. Yo temblaba.

– ¿Tienes frio?

– Si, supongo que si.

No me atreví a decirle lo que pensaba.

Y justo en la puerta, sus amigas. Una pareja de tías geniales, que mi ex artículo determinado, me había presentado, hace ya como lo que yo sentía una vida.

Me quedé sin respiración. Cómo si me dieran de lleno en el estómago. No por ellas, que me caían genial. Tan simpáticas, tan abiertas, de esa gente con la que te puedes pasar una noche entera arreglando el mundo.

Empecé a repetir mentalmente ésta vez, la misma plegaria; Por favor no, Por favor…

Ellas me miraron, y pude leer en sus pupílas un reflejo de pena. Un, lo sabemos.

Yo por mi parte me sentía como si tuviera un cartel luminoso donde se podía leer; Demasiado intensa, razón aquí.

Me apoyé en la pared, porque me sentía mareada, pero fue algo que creo que nadie percibió.

Empezamos a hablar, y me hicieron sentir cómoda de inmediato, cosa que yo agradecí. Juan charlaba sin parar. Yo estaba algo distraída, aunque me reí bastante con ellas. Al rato se fueron. Y nosotros también.

Una chica me paró delante de lo que era el Rass para decirme que le encantaba mi estilo. Que de verdad, pero de verdad, que le encantaba mi look. Yo le di las gracias y dedicándole una sonrisa a medias, me fui.

Quería volver a casa, abrazar a mi padre y desaparecer.

No volví a pensar en él, pero os mentiría si dijese que esa noche no tuve pesadillas, y el resto de noches que vinieron después también.

Demasiado intensa si, pero mentirosa yo no…

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Praefatio

 

Había hecho la maleta dos horas antes, obligada por mi gran amiga Moldovan. Y eso que me había mentalizado previamente, para tenerla lista al menos con dos días de antelación. Pues ni patrás.

Allí estaba yo, cuan larga soy, tirada en la cama y desnuda, boca abajo y con la cabeza metida debajo de la almohada.

  • Haz la maleta Andre, que se te van a olvidar cosas.
  • No quiero, me da igual, y además he decidido no ir. Seré una Hikikomori, y viviré para siempre en ésta habitación sin relacionarme con nadie.
  • Venga ya, que te vas de vacaciones, no a la guerra del Vietnam.
  • Vigo es la equivalencia en éstos momentos, a un campo de minas emocional. Un mal paso y mis piernas saltarán por los aires.
  • ¿Crees que te escribirá?
  • Sé que no. Es demasiado cobarde.
  • Pero vas a ver a tu padre Andre. Piensa en eso…

Saqué entonces lentamente la cabeza de debajo de la almohada, la tentativa de ver a mi padre, puso fin a mi ataque de pánico.

  • Tienes razón, voy a estar con mi padre. Voy a nadar desnuda. Y a comer empanada y croquetas mientras me bebo una Red Vintage, o tres.
  • Vale calla ya, que al final me deprimo yo. Joer con London Andre, que vida más triste.

A duras penas y con los nervios de punta terminé la maleta. Cagándome en todo y reivindicando mi sueño de viajar con una mochila que contenga una braga. Una sola, ya me las arreglaría.

Eran las 3:52 de la madrugada. Tenía que levantarme a las 6:00 de la mañana para coger a tiempo el bus, que pararía en la boca de metro, que me llevaría a la estación de autocares, donde cogería un autobús con destino al Stansted airport, donde un avión de Rayanair pondría rumbo a Santiago de Compostela. Allí mi leal Anita y su fabuloso Audi, me depositarían en Vigo.

Así que en vez de dormir, para ir descansada y fresca. Estaba escuchando a Sidonie. Siempre me ha parecido que el cantante guarda cierto parecido con Serge Gainsbourg. Quizá se lo hayan dicho ya más de mil veces. Como a mi, cuando me dicen que tengo unos preciosos ojos, y a continuación me preguntan si me lo han dicho antes.

Si hijo si, me lo han dicho unas quinientascuarenta veces a lo largo de mi vida. Y me parece una gilipollez. No son bonitos, sólo son azules.

La gente es así, más sensible al continente que al contenido.

Me despertó la deprimente alarma del móvil. Yo me sentía mareada, y tenía mucho frío. Como un robot me vestí, y casi me mato escaleras abajo con la puta maleta.

No había asientos libres en el autobús así que opté por dejar caer mi cuerpo en la maleta.

Tenía el típico aspecto de los que triunfan en la vida. Pelo despeinado, ausencia total de maquillaje que evidenciaba unos bonitos cercos alrededor de mis ojos.

Así iba yo por la vida, ataviada con un arrugado vestido verde menta de seda. Sentada sobre una maleta con las piernas abiertas. Porque si. Porque me siento cómoda, y porque me jode el hecho de que un hombre pueda llevar las piernas separadas como si tuviera dos sandías a modo de testículos. Sin embargo, la mujeres, no. Hay que juntar rodilla con rodilla aunque estés incomodísima, o caigan las moscas por el calor. Que parece que tenemos el mal entre las piernas joder, o un arma de destrucción masiva.

Mi telefóno sonó, era una notificación de Instagram. Uno de esos mensajes que a veces te manda la gente;

<Me flipa tu última foto. Tú mano hurgando en tu entrepierna como un animal hambriento. Me excita la idea de poder follarte en algún momento>

Yo tecleé un gracias, apagué el móvil, y lo guardé en el bolsillo.

Ya empezaba a estar un poco cansada de ser el detonante de fantasías ajenas, que a mi, ni me iban ni me venían. No es que haya asumido lo que me quieran decir, y por tanto acepte que lo que dicen de mi, sea lo que yo pretendo, ya que yo, nunca pretendo. Más bien me he cansado de explicar, que una mujer, puede ser sexy, y tener credibilidad. Que puedes mostrarte desnuda y puede ser un acto de sinceridad propio y no una imagen meramente sexual. Quizá no quiera la aprobación estética de otros. Ya que no soy mejor ni peor, sólo intento ser consecuente, y hacer lo que me apetece.

Que el arte tiene múltiples manifestaciones. Lo sucio, lo oscuro, lo desagradable y crudo, es puro y bello en mi opinión.

Pero eso supongo que me importa a mí, nada más.

Ya en el aeropuerto y con Jimmy Hendrix follándose a una guitarra a través, de mis auriculares, el panel anunció mi puerta de embarque. Yo salí disparada al baño a vomitar. Tenía el estómago revuelto. Me encontraba francamente mal.

Me había tocado ventanilla, ya pesar de saber que en caso de accidente tienes más posibilidad de morir que alguien que viaje en pasillo. A mi me la sudaba. Me encantaba ver las nubes a través de ese trozo de plástico.

Cuando los motores se pusieron en marcha, mis piernas y mis labios se separaron a la vez. El despegue sacudió todo mi cuerpo, a través de mi coño.

Oniria e insomnia de Love of Lesbian sonaba ésta vez por mis auriculares.

Yo sonreía,

excitada.

Tranquila al fin.

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Londres, 4 de Mayo de 2017

 

No sabría explicarte. Es una sensación. Como cuando tienes el pelo largo, y de repente te da por cortarlo. Sigues sintiendo la melena rozándote los hombros a pesar de no tenerla ya.

Esa sensación de que me falta algo. A veces la noto más. A veces menos. Pero siempre está ahí. Latiéndome en el coño. Corriendo por mis venas.

No es como tú dices. No es que use el sexo como escape. Es que es la única puerta que tengo valor de cruzar.

No quiero hablar, ni que me conozcan. Ni tan siquiera me preocupa gustar. No quiero compañía. No sabría. No sería sincero, y ya hay bastante mentira en este mundo como para añadir más.

En cambio no hay falacia en los orgasmos. Es la única comunicación en la que creo. Así como un credo. Como el cuatro esquinitas tiene mi cama, con sus angelitos que me la guardaban, que mi abuela me repetía por las noches, intentando que creyera en un tal Jesús, que era niño como yo.  Lo repetía una y otra vez. Sin esperanza alguna. Sin convicción. La misma absurdez de quien le grita a un sordo.

Puede que para ti sea horrible, pero yo prefiero lo real de una lengua rozándome el clítoris, a un ramo de rosas blancas. Al menos esa primera acción, denota que sabe lo que me gusta, y por tanto me conoce.

No hay nada de malo en ello. En querer poseer al otro el rato que duren los espasmos de la vagina.

Luego ya está. No quiero oír ni sentir nada más. Cae el telón. Se acaba el truco de magia.

Las luces se encienden, y todo se ve.

Estás muy equivocada, no me aislo. Yo creo más bien, que a veces la vida en si, se encarga de apartarte. Y así estoy, un poco apartada. Pero todos sabéis que si me necesitáis ahí me tenéis. Y que cortaría caras por todos vosotros.

Hace poco discutí con una de mis mejores amigas, y tuve una sensación horrible que no logro quitarme de encima. No es decepción. Es cansancio quizá. Como si de un fuerte golpe en la cabeza, me hubiese dado cuenta de que estamos muy muy lejos la una de la otra.

Como la mujer que descubre después de catorce años de matrimonio, a su marido con otra en la cama. Y esa otra tiene el pelo más brillante. Y las tetas en el sitio donde van las tetas. Y la barriga plana.

Supongo que te extraña la comparación. Pero yo puedo ver a esa mujer, intentando descifrar el momento exacto en que todo cambió, y se tornó a algo que ya no reconoce ni distingue.

Puedo sentir esa falta de aire en el estómago. Esa opresión en el pecho. Puedo ver ese imperceptible pero latente cambio en el brillo de sus ojos.

No puedo decir que no pasa nada. Porque si pasa. Y ya no doy más. No me queda nada dentro. Puede que haya dado ya, lo mejor de mi. O al menos lo haya intentado. Ya no me sale lo que antes me brotaba de manera espontánea. Y me da igual.

Todo es muy confuso. Al mismo tiempo que siento lejos a todos los que han estado cerca por años. Siento muy cerca a mi madre por ejemplo, que siempre a estado lejos. Lo más lejos que se puede estar. En apenas un puñado de recuerdos polvorientos.

También me siento más cercana a mi padre. Siempre lo he entendido bien. Pero de un tiempo a ésta parte, sus palabras tornan más sentido que nunca.

Por eso voy esos días a Vigo. Sólo para ver como sus ojos brillan cuando le hablo. Sólo para escuchar el mundo, bajo su peculiar visión.

Y el mar. Te juro que lo segundo que haré al llegar, será nadar desnuda. Me voy a follar cada ola. Para llevármelas todas bien dentro.

Me imagino la cara que pondrás al leer todo ésto. Yo ya me rio de antemano. Porque se que no lo vas a entender. Y que fruncirás el ceño, tras tus enormes gafas de pasta azul.

No lo entenderás, porque simplemente a ti no te pasa. Nunca te han escupido en la cara. Ni te han juzgado por expresar lo que sientes de una manera poco usual. Tampoco te han mandado cada semana fotos de pollas, ni vídeos de masturbaciones. Porque al parecer, eso es lo que sugiero.

Cuando yo grito. Ellos escuchan sexo. Ellas escuchan zorra.

Siento no ser políticamente correcta, y poder expresarme de otro modo. Tal vez sea un sino, o una skill.

Honestamente puedo decirte, que antes de que me maten, yo pienso morirme tres veces.

 

 

Háblale a las plantas. Cuéntales historias, léeles a Lorca o se morirán de pena.

Yo a ti también tonta

Andrea Castro

El día que ya no soporté soportarlo

No recuerdo el día de la semana que fue. Sólo puedo deciros que ese día decidí que ya no soportaba soportarlo.

Dejé el trabajo. Me pasé cinco días en casa, lo único que me apetecía era escribir, así que eso hice. Escribí muchísimo, dormí poco, y comí menos aún, y empecé a pensar.

Me remonté a mi infancia, quizá todo comenzara ahí. .

A mi abuela le gustaba compararme con mis primos, diciéndome que ellos eran un modelo de conducta, y claro, yo no.

Era difícil competir con ellos, ya que mi prima era catequista, diez años mayor que yo, con grandes valores cristianos, aunque no le temblaba la mano para partirme la cara, cuando yo decía que no quería ir a la misa que mi abuela pagaba a Don Juan, el cura retrógrado del pueblo, por el alma de mi madre.

Mi abuela decía que era para recordarla, y yo en cambio, no entendía porqué jamás fue a verla al hospital cuando estuvo ingresada, o porqué en las temporadas que estaba en casa, se tapaba la boca para hablarle.

Así que allí iba toda la familia al completo, los que dejaron de hablarle cuando se quedó embarazada de mi, y los que jamás la visitaron cuando dejó de tener salud y el deterioro transformó su cuerpo perfecto y su hermosa cara. Allí lloraban todos a mares.

Mi primo era el adorado, el hombre. Daba patadas a un balón en el San Miguel, y jamás hacía la cama o fregaba los platos porque claro. Él é un home… Recuerdo que su madre le lavaba el pelo cuando ya tenía más de 17 años.

En esa época me di cuenta de que no existía ningún Dios.

El colegio me deprimía profundamente. Pasé por varios profesores, que no me enseñaron absolutamente nada. Todas las mañanas me agarraba al cuello de mi padre rogándole que no me llevara.

Pasé por varios profesores y profesoras que no me enseñaron nada en absoluto. Favoreciendo y prestándole más atención a los niños que tenían facilidad para los estudios, y pasando olímpicamente, y sentándonos en los pupitres de la parte trasera del aula a los que nos costaba más, como por ejemplo yo.

Aún puedo recordar las palabras de Don Ramón:

-Algunos valéis la pena, pero otros sois como tablas.

Ahí aprendí que el colegio no servía para nada.

El instituto fue toda una revelación. Compañeros de toda la vida y vecinos, dejaron hasta de saludarme como si yo tuviese la peste bubónica. Embebidos en popularidad, hormonas, aprobados y alguna que otra droga.

Esa fue una etapa absolutamente perdida de mi vida.

Comencé a suspender asignaturas y a repetir cursos. Mientras en secreto leía a Salinas, y escribía.

Tenía amigas que usaban la talla 34, y me decían mientras nos mirábamos al espejo, que estaban gordas mientras apuraban con desesperación sus cigarrillos. Yo las miraba ojiplática, mientras me ajustaba la cinturilla de mi pantalón ( elástico) de Bershka de la talla 40.

Ahí empecé a convertirme en una hater.

Años más tarde me vine a vivir a Londres, persiguiendo un sueño que no ya no recuerdo cual era.

Me convertí en una chica independiente. y a pesar de estar sola y sin la ayuda de los que se suponía que me iban a ayudar, salí adelante.

Conocí a gente que a pesar de no conocerme de nada, me lo dieron todo.

Aprendí lo que es la morriña, y el dolor de estar lejos de mi padre.

También me enamoré, y me tiré sin pensarlo a la piscina, para comprobar con cara de gilipollas, que la piscina estaba vacía.

El me dejó, y me dijo que jamás me había engañado ni había jugado con mis sentimientos.

Pero se pasó como tres meses, hablándome sólo cuando yo le hablaba, y respondiéndome con monosílabos.

Cuando yo le preguntaba si le pasaba algo o si quería dejar la relación, el decía que estaba loca, que era una exagerada, y que me quería.

Una día, después de que me preparara la comida, de que me regalara un collar , y de follar toda la tarde, le dije que quería hablar con él, que las cosas no podían seguir así. Al cabo de una media hora de facilitarle las cosas, me dijo algo así como que era maravillosa, y acto seguido me dio una patadita en la cona .

Ahora me escribe mucho. Dice que estoy buena, que soy muy interesante, que follo que te cagas, que se preocupa por mi, que no quiere que desaparezca de su vida.

En ese momento dejé de creer en  él.  (amor)

Ahora parto otra vez de cero, no sé muy bien quien soy ni lo que quiero hacer, pero no importa.

Escucho música mientras bebo un sorbo de cerveza,planeo mi siguiente huída, y algo tengo claro queridos amigos, ya no soporto soportarlo.

 

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FINJAMOS

Finjamos que ya no tropiezo con ese dichoso escalón, todas las mañanas medio dormida, cuándo subo las escaleras.

Finjamos que he matado a la niña asustada que a veces se asoma tras mi mirada de mujer adulta.

Finjamos que no te echo de menos, y que no hay día que me acuerdo de ti.

Finjamos que tanto si me pasa algo bueno, como algo malo, no siento la necesidad imperiosa de ir corriendo a contártelo.

¿Darías entonces marcha atrás?

¿Nos tragaríamos las palabras que nos disparamos en aquella maldita conversación?

Finjamos que por fin me atrevo a decirte como me siento. ¿ Recapacitarías? ¿ Te darías cuenta de que soy la que merece la pena? ¿ De que puedo hacer de tu vida la más divertida de las locuras?

Finjamos que no me has dicho todo lo que me has dicho.

Finjamos que no te he sacudido por dentro como un huracán.

Finjamos que no creías que iba a ser unos polvos, y he acabado marcada en tu piel.

Finjamos que el motivo por el que cuando cierras los ojos sólo me ves a mi, es que quizá me quieras y no como a una amiga.

Finjamos que empeñas tu orgullo al mejor postor.

Finjamos que desaparece aquella habitación de hotel y que aquello no acabó conmigo.

Finjamos que mi pasatiempo favorito, no era mirar el mar, sabiendo que tú me mirabas sólo a mi.

Finjamos que la decepción no me ha golpeado duro en la cara.

Yo por mi parte cielo, fingiré que soy importante para ti. Que aún no has olvidado el olor de mi pelo.

Que no has besado otros labios. que no has acariciado otro cuerpo desnudo.

Que tu intención no era matarme de hipotermia con tu invierno.

Fingiré que los milagros existen, que la gente cambia.

Y fingiré que sabes lo que quieres, y que lo que quieres, soy yo.

Fingiré que no me desvelo cada noche, porque ¿Sabes?, es imposible conciliar el sueño, cuando tú te los has llevado todos.

 

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